Adiós a las armas

Adiós a las armas
Director:

Título Original: A Farewell to Arms / Año: 1932 / País: Estados Unidos / Productora: Paramount Pictures / Duración: 78 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Benjamin Glazer, Oliver H.P. Garrett (Novela: Ernest Hemingway) / Fotografía: Charles Lang / Música: Ralph Rainger
Reparto: Helen Hayes, Gary Cooper, Adolphe Menjou, Mary Philips, Jack LaRue, Blanche Friderici, Mary Forbes, Gilbert Emery
Fecha estreno:  08/12/1932

No he leído la novela homónima de Ernest Hemingway en la que se basa Adiós a las armas y, por tanto, no puedo juzgar la fidelidad de la adaptación de Borzage de la mano de sus guionistas Benjamin Glazer y Oliver H.P. Garrett, aunque es fácil deducir que ésta sea más bien escasa (como suele suceder en estos casos), empezando por el retrato de su protagonista masculino, Frederic Henry (Gary Cooper), el cual, según las reseñas de la obra original, es un joven idealista, mientras que en la película se nos presenta como un personaje con un compromiso más bien difuso hacia la causa a la que sirve (la primera vez que le vemos es durmiendo plácidamente en el asiento del copiloto de su ambulancia, de regreso del frente; y cuando la enfermera Catherine Barkley - Helen Hayes – le pregunte sus motivos para alistarse, su respuesta será un escueto “No lo sé”). El propio Hemingway, según parece (y de nuevo, como es habitual en estos casos), abominó de la película por su carácter excesivamente romántico (como no podía ser de otra manera en manos de Frank Borzage, uno de los directores de la historia del cine que más y mejor ha filmado sobre el amor), lo que no es óbice para que Adiós a las Armas sea una extraordinaria película que condensa, en poco más de setenta minutos, las mejores virtudes en el campo de la puesta en escena de su director.
 
Ya en el plano de arranque de la película se pone de manifiesto la habilidad de Borzage para sugerir ideas a través de la puesta en escena: tras mostrar un plano general de un apacible paisaje montañoso, la cámara inicia un travelling lateral hasta enfocar el rostro de un hombre que a primera vista parece descansar plácidamente en la hierba pero que pronto descubrimos que yace en el campo de batalla con una pierna seccionada mientras, al fondo, vemos una hilera de ambulancias regresando del frente de guerra. Contraposición de ideas (el paisaje bucólico / las consecuencias de la guerra) que se repite poco después, de nuevo en un mismo plano, con la imagen de las ambulancias llegando a la localidad mientras vemos partir, en sentido contrario, un destacamento de soldados hacia el frente de guerra (fotograma 1 - los heridos regresando / los soldados partiendo hacia la batalla); y, más adelante, en el plano con grúa que recoge a Frederic y Catherine (durante su encuentro nocturno en los jardines de la residencia militar) llegando a los pies de una enorme escultura ecuestre que los envuelve de manera amenazante (fotograma 2 - el amor que está naciendo en la pareja y la guerra que va a condicionar dramáticamente su relación).
 
Tras la velada nocturna, con un solo plano del rostro de Frederic iluminado en la penumbra por la brasa de su cigarrillo, Borzage nos muestra el sentimiento amoroso que está naciendo en el protagonista (fotograma 3); un sentimiento recíproco que quedará magníficamente plasmado en la extraordinaria panorámica que une el plano de Frederic a bordo de su ambulancia con la ventana de una habitación del hospital y, de ésta, hasta una cama en la que encontramos a Catherine atendiendo a un herido (que gira el rostro agitada al escuchar el sonido de la caravana de ambulancias partiendo hacia el frente).
 
Frederic, que no es presentado como un personaje con una evidente atracción por el alcohol y las mujeres, acabará convirtiéndose, no en un héroe de guerra (“Seguro que fue algo heroico. ¿Qué hiciste?”, le pregunta excitado el médico de guerra Rinaldi – Adolphe Menjou – cuando está a punto de operarle después de caer herido en un bombardeo; “Salté por los aires mientras comía queso”, le responde impasible el protagonista), sino en un héroe del amor, por el cual acabará desertando del frente de guerra (y será en este largo y dramático periplo cuando se enfrentará por primera vez a los horrores de la guerra) para reunirse con su amada, ante la falta de respuesta de ésta a sus cartas (a causa de la intervención de Rinaldi, del cual se deja entrever una atracción por Frederic, del mismo modo que sucede, de manera más evidente, con la enfermera Helen Fergusson - Mary Philips – hacia Catherine). Antes, durante su convalecencia en el hospital, Frederic sellará su amor con Catherine en la bellísima secuencia en la que el sacerdote del destacamento (Jack La Rue) susurra el sacramento del matrimonio ante la mirada entre atónita y emocionada de la pareja (fotograma 4).
 
La llegada de Frederic a Milán coincide con la firma el armisticio, y Borzage vuelve a plasmar de manera tan sencilla como brillante la contraposición entre lo general y lo particular en el plano de un periódico en el que, al lado de la noticia del fin de la guerra destacada en grandes titulares, vemos el diminuto anuncio con el que Frederic intenta localizar a Catherine. Un recurso que se repite, tras el definitivo reencuentro de la pareja (con Catherine agonizando en el hospital a causa de un parto prematuro), con la imagen del protagonista suplicando por la vida de Catherine mientras las campanas de la población celebran el fin de la contienda.
 
La secuencia final, de un romanticismo arrebatado, es conmovedora. Apoyándose en la hermosa partitura wagneriana de Tristan und Isolde, Borzage convierte la habitación del hospital en la que yace Catherine en un escenario de apariencia ultraterrenal, inundado por una luz cegadora y en el que destaca un amplio ventanal tras el que se observa un bello jardín (en contraposición a la imagen de la lluvia a través de una ventana que Catherine había observado anteriormente como presagio de su futuro infortunio) desde el que Frederic, con el cuerpo de Catherine en brazos, proclama el fin de la agonía de su amada (y, en palabras de José Luis Guarner, “su victoria espiritual a través de su derrota física”) con la misma palabra con la que el resto de la población celebra el fin de la guerra: “Paz… Paz!” (fotograma 5).
 
David Vericat
© cinema esencial (junio 2018)
 
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puntuación: 
9

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