Blow-Up

Título Original: Blow-Up / Año: 1966 /  País: Reino Unido / Productora: Bridge Films / MGM / Duración: 108 min. / Formato: Color - 1.85:1
Guión: Tonino Guerra, Michelangelo Antonioni (Cuento: Julio Cortázar) / Fotografía: Carlo Di Palma / Música: Herbie Hancock
Reparto: David Hemmings, Vanessa Redgrave, Sarah Miles, Peter Bowles, Jane Birkin, Gillian Hills, Verushka
Fecha estreno: 18/12/1966 (NY) / 16/03/1967(London) / 08/05/1967 (Cannes Film Festival)

“Levanté la cámara, fingí estudiar un enfoque que no los incluía, y me quedé al acecho, seguro de que atraparía por fin el gesto revelador, la expresión que todo lo resume, la vida que el movimiento acompasa pero que una imagen rígida destruye al seccionar el tiempo, si no elegimos la imperceptible fracción esencial”
Julio Cortázar
 
Londres, años sesenta. ¿Recuerdan? Swinging London. Sexo libre, marihuana y rock and roll. Make love not war. Pop art, pop music, pot. Beatles y Stones. Noches eternas de fiesta, licor y mujeres. Una época irrepetible y única inmortalizada por Michelangelo Antonioni (con la ayuda de la lente privilegiada de Carlo Di Palma) en Blow-Up, crónica sobre esa urbe moderna y sofisticada, tan glamorosa y desinhibida que no dejaba pensar en su vacuidad, amoralidad y sinsentido. Sus habitantes llevaban una máscara, nadie era quien parecía ser en su ansiedad y hambre de figurar, de ser parte de la moda, de la movida musical, de la conquistada libertad sexual. Una ciudad y un momento tan hipnóticos e irreales que eran perfectos para una reflexión sobre la realidad, sobre el sentido objetivo de lo que vemos.
 
Inspirándose libremente en Las babas del diablo, cuento de Julio Cortázar publicado en su libro Bestiario, Antonioni y su habitual colaborador, Tonino Guerra, crean una historia en la que un hombre, con todo a su alrededor bajo control, dudará de una de sus mayores certezas: lo que las imágenes le muestran. Tanto en el cuento de Cortázar como aquí, el protagonista es un fotógrafo profesional (David Hemmings). Pero hasta ahí llegan las similitudes. El fotógrafo de Antonioni es un ser con dos caras: un artista consumado y a la vez un hombre egoísta que trata a sus modelos como objetos, burlándose de ellas y abusando de su poder tras la lente. Una extraña fascinación emana de este hombre en el que Antonioni quiere verse y sentirse representado: el fotógrafo da órdenes, le dice a personas delante de la cámara qué hacer, cómo moverse, qué expresión utilizar. Algo similar a lo que el director de cine hace con sus actores. Antonioni está feliz con el poder que le ha conferido a su personaje, tanto que hasta sublima su sexualidad y la funde con su trabajo. En una escena memorable, que el cartel de la película recuerda, el fotógrafo se lanza sobre su modelo como poseyéndola y, al accionar en un frenesí su cámara, parece alcanzar un orgasmo que los deja a ambos exhaustos (fotograma 1).
 
Ese hombre misterioso, hijo de su tiempo, es capaz de ver y sentir la belleza, pero no de comprenderla ni de otorgarle significado. Acostumbrado a confiar sólo en sus sentidos no logra ir más allá de lo que ve, toca, huele, saborea o siente. Y eso le basta. Se mueve en un mundo de percepciones intensas (amplificadas por el alcohol y los alucinógenos) que no le exigen digerirlas sino sentirlas, vivirlas, gozarlas al máximo. ¿Para qué reflexionar sobre la experiencia que se está teniendo si luego viene otra y la supera? Por eso Antonioni decide ponerlo a prueba.
 
Lo que va a ocurrirle lo resume Bill, un vecino del fotógrafo que es pintor abstracto. Nuestro protagonista, al que convendremos llamar Thomas (en todo lo que se ha escrito sobre Blow-Up se le denomina así, pero en el filme en ningún momento se menciona su nombre) va a visitarlo y lo encuentra trabajando. Al referirse a sus cuadros Bill dice: “No dicen nada cuando los pinto. Una real confusión. Con el tiempo suelo encontrar algo que vale, como… esa pierna. Luego adquiere forma y tiene sentido. Como una pista en una novela policial” (fotograma 2). La relación entre el arte y la realidad es, entonces, uno de los temas principales del filme. ¿Refleja el arte la realidad? ¿O somos nosotros los que le damos sentido de realidad al arte? Thomas va a experimentarlo pero no con un cuadro abstracto, sino con algo que él considera un espejo perfecto, una duplicación de la realidad.
 
Tomando unas fotos en Maryon Park para completar una serie de fotografías artísticas sobre la pobreza en Londres (he aquí otra de las paradojas de este hombre, capaz de disfrazarse de indigente con tal de lograr la autenticidad de sus fotos - fotograma 3 - , pero que por otro lado obtiene favores sexuales de sus modelos a cambio de ser fotografiadas), Thomas encuentra a dos personas que le llaman su atención, quizá por parecer una pareja furtiva. Y empieza a fotografiarlos, sin que lo adviertan, mientras retozan y se abrazan en ese solitario jardín (fotograma 4). Ella (Vanessa Redgrave) lo descubre e intenta persuadirlo para que le entregue el rollo fotográfico, primero violentamente y luego, tras alcanzarlo en su estudio, recurriendo al sexo. Thomas, intrigado por la insistencia de la mujer, le entrega otro rollo y procesa el original. Empieza entonces la anécdota del cuento de Cortázar que Antonioni utilizó para sus propósitos reflexivos. Al revelar las fotos aparece lo evidente: el parque y la pareja. En una de las imágenes la mujer mira hacia un lado, hacia el bosque. Thomas sigue la línea visual y cree ver algo entre los arbustos. Amplia la foto, una y otra vez, hasta alcanzar a ver magnificada una mano que empuña un arma hacia la pareja (fotograma 5). Volviendo a la idea del fotógrafo como sustituto del director de cine, Antonioni hace un montaje de las fotos ampliadas tal como Thomas las ha organizado, dando la ilusión de ser fotogramas de un filme, que individuales no dicen mucho pero que puestos en orden (montados) adquieren sentido y cuentan una historia. Ahora bien, ¿Ese “sentido” es inherente a la imagen o nosotros se lo damos? ¿La imagen se justifica a sí misma, se expresa por sí sola? ¿O requiere de nosotros para adquirir significado? Antonioni nos da una clave: “Se trata de permanecer inmóvil y de dejar que la realidad se mueva a nuestro alrededor, hasta devenir irrealidad…” (1).
 
Cada vez más curioso Thomas continúa ampliando las fotos y cree ver algo más, un bulto en el suelo. ¿Un cuerpo, acaso? En la noche vuelve al parque y efectivamente hay un cadáver en ese sitio. Sus ojos han confirmado lo que las fotos le mostraban, pero se trata hasta ahora de una experiencia individual, subjetiva, que requiere otros ojos que den fe a lo que él vio. Entonces, ¿no puede uno confiar exclusivamente en los sentidos? Intenta convencer a su editor de ir al parque, pero ante su negativa vuelve solo, para descubrir al otro día que el cuerpo ya no está. Lo peor es que las fotos que tomó también desaparecieron de su estudio, robadas seguramente por los implicados en el crimen: sólo quedó una, más parecida al arte abstracto que a una imagen de algo concreto. No hay ninguna prueba objetiva de lo que vio (¿o de lo que creyó ver?). Sus ojos vieron un cadáver, pero nadie más lo hizo. No está allí tampoco para que alguien más lo vea. ¿Puede algo ser cierto si otros no comparten la experiencia?
 
Antonioni termina su película Más allá de las nubes (1995) con una frase que parece el epílogo de Blow-Up: “Detrás de cada imagen revelada hay otra imagen más cercana de la realidad. Y en el fondo de cada imagen hay otra imagen aún más fiel, y otra detrás de la última, y así sucesivamente. Hasta la verdadera imagen de la realidad absoluta y misteriosa que nadie verá nunca”. Thomas se acercó a la realidad pero nunca pudo verla del todo porque la imagen fotográfica (con su inmediatez, con su apariencia de reflejo especular) no es la realidad, sino la materialización de un fragmento del universo perceptivo y, por lo tanto, vulnerable y susceptible a muchas lecturas e interpretaciones.
 
Para hacerlo más claro, Antonioni cierra su filme con un curioso juego de tenis que realizan dos mimos (parte de un misterioso grupo anárquico que aparece al principio y al final de la película pero que no es difícil asociar a los estudiantes que celebran cada primavera la Rag Week) sin utilizar raquetas ni pelotas. Sus movimientos dan la ilusión de la pelota en movimiento y pronto los demás mimos empiezan a mirar de un lado a otro del campo de juego, siguiendo a una bola inexistente. Thomas se une a los espectadores del juego y así lo hace la cámara, que persigue en el aire la parábola de una bola que nadie ve. En un momento dado uno de los jugadores manda la bola fuera del campo y le pide a Thomas que la recoja (fotograma 6). Él se aleja, hace el ademán de recogerla del suelo, lanzarla de nuevo y comprobar que llegó a la cancha. En sus ojos vemos que el juego se ha reanudado. Thomas ve lo que quiere ver: un juego de tenis imposible. Pero para él y los mimos existe. La ilusión se convirtió en realidad colectiva, en una percepción subjetiva que para otros puede no ser válida pero que en ese momento representaba lo real. “El mundo, la realidad en que vivimos es invisible, y por tanto debemos contentarnos con lo que vemos” (2), comentaba Antonioni.
 
Thomas queda solo en medio del jardín anexo a la cancha de tenis, la cámara se eleva y un instante antes que aparezca The end, su imagen se esfuma (fotograma 7), como recordándonos quién es el que tiene el control de la película que acabamos de presenciar. ¿Vimos alguna vez a Thomas? ¿Cómo estar seguros? La risa cáustica de Antonioni alcanza a oírse desde aquí.
 
Juan Carlos González A.
© cinema esencial (enero 2017)
(Reseña original en tiempodecine.co)
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Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio nº 70 (Medellín, vol. 14, 2004)
© Centro Colombo Americano de Medellín, 1999

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(1) Juan Carlos González, “Más allá de Antonioni”, Revista Universidad de Antioquia, Medellín, No. 266, octubre-diciembre de 2001, p. 120.
(2) Aldo Tassone, Los films de Michelangelo Antonioni: un poeta de la visión, Oroso, Fluir Ediciones, 2005, p. 159.
 
Puntuación de Juan Carlos González A.: 9

VÍDEOS: 
Trailer
puntuación: 
8

Comentarios

Soy un gran cinéfilo, pero si tuviera que llevar 1 solo filme a una isla desierta (uno solo) pienso que eligiría esta película. Soy admirador incondicional de IBergman, Fellini, Pasolini, Antonioni, Buñuel, etc etc pero esta película ejerció/ejerce una increíble fascinación sobre mí. Retrata como pocas (con una técnica descomunal), la hipocresía? doble estándar? ambigüedad? de la sociedad y de una persona (famosa y anónima a la vez),

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