El hombre tranquilo

El hombre tranquilo
Director:

Título Original: The Quiet Man / Año: 1952 /  País: Estados Unidos / Productora: Republic Pictures / Duración: 129 min. / Formato: Color - 1.37:1
Guión: Frank S. Nugent, John Ford (Historia: Maurice Walsh) / Fotografía: Winton C. Hoch, Archie Stout / Música: Victor Young
Reparto: John Wayne, Maureen O'Hara, Barry Fitzgerald, Ward Bond, Victor McLaglen, Jack MacGowran, Arthur Shields, Mildred Natwick
Fecha estreno: 06/06/1952 (Dublin) - 21/08/1952 (NY)

Las cocciones lentas dan como resultado los platillos más apetitosos, gustosos y sazonados. La historia de la realización de El hombre tranquilo tuvo un proceso laborioso y lento: quince años de espera y preparaciones que la convirtieron en una obra deliciosa y jugosa en el momento de su estreno, y que sesenta años después continúa arrojando sobre el espectador la misma magia ingenua (pero tremendamente efectiva) que en su época esparció.
 
Todo empezó cuando Maurice Walsh publicó su cuento The Quiet Man en The Saturday Evening Post en 1933. El director John Ford lo leyó, vio sus bondades, se sintió muy cercano y muy afín a lo narrado y empezó a hacer planes con esa historia de un ex boxeador que vuelve a Irlanda, el país donde nacieron los padres de Ford. El 25 de febrero de 1936 compró los derechos de filmación del relato por diez dólares (añadiría otros 2.500 dólares al iniciarse la producción del filme). Nadie parecía, sin embargo, interesado en financiar su proyecto.
 
Ford siguió haciendo su cine, pero nunca olvidó su historia irlandesa. Es más, en 1944 hizo un acuerdo verbal con los actores John Wayne, Maureen O’Hara, Barry Fitzgerald y Victor McLaglen para protagonizar el filme si alguna vez se llevaba a cabo. La actriz recordaba pasar varios fines de semana con Ford en su barco privado, el Araner, tomando dictado de ideas para el filme: “Mandaba a los niños a la playa a nadar, ponía los discos de música irlandesa y mordisqueaba su pañuelo mientras yo tomaba notas con mi taquigrafía Pittman y las pasaba a máquina después” (1). Cuando Ford y el productor Merian C. Cooper formaron Argosy Pictures como compañía independiente, El hombre tranquilo estaba encabezando la lista de proyectos para ser llevados a cabo, pues pensaban que tendrían la financiación y el apoyo del productor Alexander Korda, pero la verdad es que el proyecto continuaba en el limbo. Mientras tanto el guion del filme pasó de las manos de Richard Llewellyn a las del guionista Frank S. Nugent, que ya había escrito cuatro filmes para Ford desde Fort Apache (1948). “Preparamos mucho el guion, fuimos trazando la historia con mucho cuidado, pero de modo que si se presentaba una oportunidad de hacer comedia, pudiéramos meterla”, le relataba Ford a Peter Bogdanovich (2).
 
Fue la intervención de John Wayne la que salvó el futuro filme del naufragio definitivo. Estando bajo contrato con Republic Pictures (una compañía especializada en westerns y películas de serie B) le comentó al jefe del estudio, Herbert Yates, que el mismísimo John Ford estaba buscando quién le financiara este filme. A Yates sin duda le interesaba contar con él en el estudio, pero se aprovechó de la situación y exigió que el director hiciera otro filme antes que ese y que además fuera un éxito. El resultado fue la tercera de sus películas sobre la caballería, Rio Grande (1950), donde participaron, curiosamente, Wayne, O’Hara y McLaglen, los mismos que veremos en El hombre tranquilo. Yates tuvo que aceptar. Incluso Ford se lo llevó a Irlanda para conmoverlo y convencerlo, pero el director debió acceder a cortar costos y los actores, a rebajarse el sueldo. El presupuesto rondó el millón y medio de dólares.
 
En los quince años que median entre el año de la compra de los derechos del cuento y el primer día de rodaje del filme en Irlanda, el 6 de junio de 1951, la carrera de John Ford en Hollywood se solidificó. Fue el periodo de éxitos prácticamente sucesivos: La diligencia (1939), El joven Lincoln (1939), Corazones indomables (1939), Las uvas de la ira (1940) y ¡Qué verde era mi valle! (1941); fue el momento de su compromiso con los esfuerzos propagandísticos de guerra, reflejado en los documentales de corto y largometraje que realizó para el ejército; fue volver a la vida civil con grandes westerns obligados a triunfar como Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Wagon Master (1950) y, claro, Rio Grande. Incluso le alcanzó el tiempo para hacer otro documental, esta vez sobre la guerra de Corea.
 
Quizá era el momento de detenerse, de hacer una pausa y de mirar hacia sus raíces irlandesas; era para él, también, el momento de volver a casa. “Ford huía de la violencia, el éxito material y las inesperadas consecuencias del sueño americano. El hombre tranquilo sería su exorcismo personal del demonio de la guerra”, escribe Joseph McBride en su excelente biografía del director, para añadir luego que “Ford tenía que dejar América para examinarse, comprenderse y reinventarse a sí mismo en ese momento clave de su existencia” (3).
 
Pero el de Sean Thornton (John Wayne en su versión más fresca y natural) no es un regreso con gloria, es una huida que busca sanar heridas físicas y mentales, y poner el alma en paz. Ford lo envía de regreso, pero no a la Irlanda real, décadas después de que Sean la dejó siendo un niño, sino que lo lleva a la Irlanda imaginada en sus recuerdos de infancia, esa patria idílica y onírica que su madre fallecida le recuerda en una voz en off al principio del filme (fotograma 1). El pueblo se llama Innisfree y no existe en la geografía irlandesa, solo en la imaginación de Ford y su guionista. Y esa es precisamente la sensación y el tono del filme: el de estar ante un país y un pueblo fabulados antes que experimentados (fotograma 2), imaginados antes que vividos, anhelados antes que padecidos. La mezcla de fábula, imaginación y anhelo da como resultado una textura cálida, de tenue comedia y discreto drama, donde todo es posible, donde los estereotipos irlandeses abundan sin atragantar, donde toda canción tiene un motivo y un propósito, donde los fenómenos atmosféricos se confabulan para acercar a una pareja (fotograma 3). Este es un Ford distinto, menos riguroso, menos consciente de su grandeza y, a la vez, haciendo un cine grande en su falta (totalmente consciente) de ataduras narrativas o lógicas. Lo que a El hombre tranquilo le falta en rigor le sobra en corazón y eso se nota. Y, sobre todo, eso se disfruta.
 
Sin duda, el aspecto más llamativo de esta historia de amor es la lucha de los sexos que se da entre los dos protagonistas del filme, Sean y la pelirroja Mary Kate (Maureen O’Hara). Ella es una fierecilla, rabiosamente independiente, que se enamora de Sean casi en un acto de rebeldía, y que no accederá a consumar su unión conyugal hasta que su marido reclame la dote que Will Danaher (Victor McLaglen), el hermano de Mary Kate, le niega. Sean y su esposa son, a su modo, fierecillas domadas, seres a los que la vida puso frente a un reto vital más grande que ellos y al que debieron rendirse. Él vio a alguien morir como consecuencia de sus actos y eso lo hizo encerrarse en sí mismo y huir para volver a empezar, para no morirse también. Ella sucumbe ante el amor, ante un sentimiento inédito que le quita el piso bajo sus pies y la hace por fin volar e imaginar ser feliz lejos del yugo de su familia. Ambos, sin embargo, deben asumir una prueba más: él debe romper su voto de quietud y demostrar su arrojo frente a Will; ella debe bajar la cabeza y dejar de lado su inveterado orgullo (fotograma 4). Lo dice claramente el director inglés Lindsay Anderson al escribir de este filme: “Ford nos enseña que los miembros de esta impulsiva pareja no podrán vivir juntos hasta que ambos hayan aprendido a ser humildes y ambos hayan conseguido lo que quieren” (4). Tras ello vendrá, por fin, la calma. La anhelada quietud.
 
El ensayista, crítico y académico estadounidense Tag Gallagher, autor del texto cumbre sobre este director, llamado John Ford. El hombre y su cine, señala que para él hay un fotograma de El hombre tranquilo que resume la obra de John Ford. En él vemos a Sean (en la mañana siguiente a su fallida noche de bodas) ofreciéndole a Mary Kate una sencilla flor amarilla, un botón de oro (fotograma 5). Dice Gallagher, tras destacar la omnipresencia de las flores en por los menos veinte filmes de Ford, que “con el botón de oro Sean expresa su deseo de darle rosas a Mary Kate, de darle hijos, de darle belleza a la belleza” (5). Su poderoso simbolismo cromático es, en la majestuosa versión restaurada del filme de 2013, todavía mucho más diáfano. Tanto como lo es, otra vez y ojalá para siempre, este filme.
 
Juan Carlos González A.
© cinema esencial (enero 2017)
(Reseña original en tiempodecine.co)
 
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(1) Scott Eyman, John Ford – Print the Leyend, Madrid, T & B Editores
(2) Peter Bogdanovich, John Ford, 4ª ed., Madrid, Editorial Fundamentos
(3) Joseph McBride, Tras la pista de John Ford, Madrid, T & B Editores
(4) Lindsay Anderson, Sobre John Ford: escritos y conversaciones, Barcelona, Ediciones Paidós
(5) Tag Gallagher, John Ford. El hombre y su cine, Madrid, Ediciones Akal
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VÍDEOS: 
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puntuación: 
10

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