En la ciudad blanca

En la ciudad blanca
Director:
Alain Tanner

Título Original: Dans la Ville blanche / Año: 1983 / País: Suiza - Portugal / Productora: Channel Four Films - Filmograph - Metro Filmes / Duración: 108 min. / Formato: Color - 1.66:1
Guión: Alain Tanner / Fotografía: Acácio de Almeida / Música: Jean-Luc Barbier
Reparto: Bruno Ganz, Teresa Madruga, Julia Vonderlinn, José Carvalho, Victor Costa
Fecha estreno:  20/04/1983 (Francia) - 21/04/1983 (Portugal)

En una de las primeras secuencias de En la ciudad blanca, poco después de que el marinero Paul (Bruno Ganz) desembarque en Lisboa, vemos al protagonista entrar en el bar del hotel en el que trabaja Rosa (Teresa Madruga) y pedir una cerveza. Apoyado en la barra, Paul observa con curiosidad un reloj de pared cuya segundera se desplaza en sentido inverso, y mientras comenta divertido este hecho con la camarera (“¡Ese reloj va al revés!”), la cámara, que hasta ese momento encuadraba a Paul y a Rosa de perfil (él a la izquierda del plano, ella a la derecha, ambos separados por la barra del bar - fotograma 1), inicia un lento travelling alrededor del marinero hasta pasar al otro lado de la estancia, intercambiando las posiciones de la pareja (Paul a la derecha, Rosa a la izquierda – fotograma 2. En apenas unos segundos, el tiempo y el espacio han sido alterados. Mucho más adelante, cuando Rosa le inquiera sobre sus intenciones (“¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?”), el protagonista responde que una vez su capitán le dijo que era un axolotl, una larva de salamandra que da título a un cuento de Julio Cortázar del que Élisa (Julia Vonderlinn), la pareja de Paul con la que éste mantiene una relación epistolar durante su estancia en Lisboa, le transcribe el siguiente fragmento en una de sus cartas: “fue su quietud la que me fascinó, y enseguida creí comprender su voluntad secreta: abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente”.
 
Cargado únicamente con su cámara de Super8, un viejo magnetófono y una armónica, Paul es un náufrago que deambula por las laberínticas calles de Lisboa con la única aspiración de suprimir la dimensión espaciotemporal mediante la absoluta inacción, emulando la actitud del extraño anfibio glosado por el escritor argentino. “Me encuentro bien. Soy libre. No hago nada, pero no estoy de vacaciones. De vacaciones se hacen cosas, organizas tu tiempo libre. Yo no, No hago nada”, explica Paul a una desconcertada Élise en una de sus primeras cartas. Y más adelante, en otra misiva, concluye: “El tiempo se ha disuelto. Por las mañanas bebo. Pero ya no hay mañana, tarde ni noche. También bebo por la tarde y por la noche. Duermo de día, nada existe en realidad”.
 
La actitud de Paul no parece premeditada: recién desembarcado, y después de pedir habitación “para una noche”, sale a la ciudad y se pierde entre sus calles, como un náufrago inconsciente al que las olas han llevado hasta una tierra desconocida. Come en un viejo restaurante observando con una sonrisa extrañada a su alrededor; camina por ruidosas callejuelas (fotograma 3); baila en un pequeño local; borracho, se pelea con otro cliente; se deja agasajar por un par de prostitutas… Sólo por la mañana, en el momento de ver zarpar su barco desde la ventana de su habitación, parece tomar consciencia de su situación: se despide del navío con un gesto y lo filma con su pequeña cámara mientras se aleja rio abajo, como sellando, ahora sí, su decisión en la película que enviará a Elise junto a otra de sus cartas (que el protagonista envía constantemente a modo de mensajes en una botella). Justo antes, transcribe en otra carta un sueño premonitorio: “Soñé que abandonaba el barco, me iba a la ciudad y alquilaba una habitación, sin saber por qué. Y allí me quedaba, esperando, inmóvil. Soñé que la ciudad era blanca, que la habitación era blanca, y que la soledad y la calma también lo eran. Estoy cansado. Querría volver a aprender a hablar de las cosas”.
 
Pero el descubrimiento (y enamoramiento) de la nativa Rosa transforma la actitud irreflexiva en acción consciente: “Soy un desertor. Me he quedado por ti… y también por mí”, le confiesa después de pasar la noche en su apartamento. Y, de nuevo, sella este sentimiento filmando el rostro azorado de Rosa en una película que envía a Élise junto a unas líneas de hiriente sinceridad: “Aquí hay una camarera con un diamante negro entre las piernas. No creo que sea ella lo que me retiene, pero amo a dos mujeres a la vez. Siento confusión y felicidad” (fotograma 4).
 
A la indolencia (o como consecuencia de ella) le sigue el despojamiento. Primero físico (le roban la cartera, empeña su reloj, recibe una puñalada al enfrentarse a su atracador) y seguidamente emocional, con la marcha de Rosa, a la que busca infructuosamente. Y al ultimátum de Élise (“Vuelve pronto o no vuelvas”) ya sólo alcanza a responder con filmaciones de una ciudad abstracta, apenas reconocible, diluida finalmente en el tiempo y en el espacio (fotograma 4), justo antes de empeñar también su cámara para poder comprar un billete de tren con el que proseguir su viaje rumbo a un destino incierto: “voy a emerger a la superficie de nuevo… Rosa se ha ido… La única patria que amo en realidad es el mar… El cuerpo de una mujer es demasiado extenso… No sé más que antes…”
 
David Vericat
© cinema esencial (Julio 2017)

VÍDEOS: 
Secuencia en el bar
puntuación: 
8

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