Frankenstein y el monstruo del infierno

Director:

Título Original: Frankenstein and the Monster from Hell / Año: 1974 / País: Reino Unido / Productora: Hammer Film / Duración: 99 min. / Formato: Color - 1.85:1
Guión: Anthony Hinds / Fotografía: Brian Probyn / Música: James Bernard
Reparto: Peter Cushing, Shane Briant, David Prowse, Madeline Smith, John Stratton, Philip Voss, Patrick Troughton, Norman Mitchell, Charles Lloyd Pack, Clifford Mollison
Fecha estreno:  02/05/1974 (Londres)

Quinta y última de las aproximaciones de Terence Fisher al personaje de Mary Shelley (además de la obra con la que cerraría su carrera cinematográfica, de la que se encontraba ya prácticamente retirado cuando los productores de la Hammer le convencieron para rodar esta nueva entrega), Frankenstein y el monstruo del infierno supone un cierre de la serie tan estimulante como insólito, lo que muy probablemente fue la causa del estrepitoso fracaso de crítica y público que cosechó la película en su estreno.
 
Ciertamente, se diría que hay en la película (ya en el guion de Anthony Hinds, principal motivo, al parecer, de que Fisher aceptara volver a la actividad para hacerse cargo de la dirección) una voluntad de llevar al extremo la imagen de un barón de Frankenstein (por supuesto, Peter Cushing) absolutamente despiadado, contrapuesta a la del monstruo por él creado (David Prowse, el actor que posteriormente encarnaría al maléfico Darth Vader en la primera trilogía de Star Wars), más vulnerable e indefenso que nunca a pesar de su aspecto casi animal (muy alejado de la idealizada iconografía de anteriores versiones, de la que Fisher se había apartado ya desde la formidable La maldición de Frankenstein). Una imagen que se ve reforzada por el hecho de ubicar la historia en el siniestro manicomio dirigido secretamente por el propio Frankenstein, elocuente escenario en el que la sinrazón del perverso científico va a poder campar a sus anchas.
 
La argucia argumental para situarnos en dicho escenario es tan sencilla como efectiva: Simon Helder (Shane Briant), un joven científico seguidor de las teorías de Frankenstein, es detenido por intentar reproducir los experimentos del desaparecido barón (magnífica la secuencia del arresto de Helder, con la inquietante imagen del oficial que sorprende al científico en su laboratorio, sosteniendo un recipiente de cristal repleto de ojos humanos hasta que una de las pupilas se gira para observar directamente al aterrorizado policía – fotograma 1) y condenado a pasar cinco años recluido en el manicomio estatal para sicóticos en el que Frankenstein se oculta bajo el pseudónimo de Karl Victor.
 
Ya desde la llegada de Helder a la prisión-sanatorio, con el encuentro con el falso director del centro, Adolf Klaus (John Stratton), y el inmediato castigo que recibirá con una manguera a presión por parte de sus esbirros, se hace evidente que nos encontramos en un espacio aislado del exterior en el que impera el reinado de terror del despiadado Frankesntein; una situación que queda aún más dramáticamente expuesta precisamente con la primera aparición del protagonista, cuando, tras sorprender al perturbado Klaus violando a una de las internas, le reprime con cinismo advirtiéndole que no debe comportarse como un animal con los pacientes (algo que muy pronto descubriremos que es lo que él mismo hará para llevar a cabo sus experimentos).
 
Posteriormente, durante una visita de reconocimiento a los internos (después de que Frankenstein contrate a Helder como su ayudante), adivinamos ya los planes del doctor para crear su criatura aprovechando las partes más desarrolladas de algunos de los internos: el cuerpo casi animal (“un hombre neolítico”) del paciente Schneider, muerto accidentalmente en un intento de huida de su celda; las manos del escultor Tarmut (Bernard Lee), un artista “con el cerebro atrofiado” que fallecerá también en misteriosas circunstancias; y el cerebro del profesor Durendel (Charles Lloyd Pack), a quien el maquiavélico doctor incitará al suicidio haciéndole creer que su enfermedad es incurable. Y será justamente después de descubrir el cadáver sin manos de Tarmut, cuando las sospechas de Helder le llevarán a seguir los pasos de Frankenstein hasta sorprenderle en su laboratorio secreto en el que verá por primera vez al monstruo, ya con las manos del fallecido escultor recién trasplantadas (la reacción de Frankenstein, mostrando con orgullo a su monstruosa criatura al joven científico es otro de los momentos en los que queda más claramente expuesta la locura del protagonista).
 
A partir de este momento las escenas de pesadilla se suceden sin tregua, como si Fisher quisiera, en la que sería su última película, despojar la historia del moderno Prometeo de la más mínima aureola romántica para concentrarse en sus aspectos más siniestros o directamente macabros. Veamos tres momentos en que esta idea es llevada hasta el paroxismo: 1) la secuencia en la que Frankenstein y Helder extraen el cerebro del profesor Durendel ante la mirada aterrorizada de la criatura a la que pretenden trasplantarlo (fotograma 2 - el hecho de que el monstruo tenga vida ya desde el principio y sea consciente de las operaciones a las que es sometido añade un evidente elemento de sadismo a la historia); 2) la idea de Frankenstein (una vez constata que el cuerpo del monstruo rechaza el cerebro de Durendel) de crear una nueva criatura pretendiendo que la joven Sarah (Madeline Smith) se aparee con el monstruo (probablemente el momento de mayor depravación del personaje en cualquiera de sus versiones); y 3) el fatídico final de la criatura, literalmente devorado por los internos (en una insólita y devastadora escena de canibalismo que, de nuevo, supone sin lugar a dudas el más horrendo final de la saga – fotograma 3).
 
Secuencias de una crueldad descarnada entre las que sobresalen otros momentos que Fisher se reserva para reflejar con evidente emoción (como rindiendo un sentido y último homenaje a la criatura protagonista de tantas de sus películas) la indefensión y amargura del monstruo: la bestia, despertándose de la anestesia y descubriendo con incredulidad su cuerpo velludo y su rostro animal ante el espejo, y pidiendo ayuda a Sarah (a la que observamos en un extraordinario plano reflejada en el mismo espejo - fotograma 4) cuando esta irrumpe en la estancia; o preguntándose desconsolada por la fatalidad de su destino (“¿Por qué? ¿Por qué?...”) mientras Frankenstein y Helder brindan por el éxito de su diabólico experimento (fotograma 5).
 
David Vericat
© cinema esencial (Marzo 2017)
 
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puntuación: 
8

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