Intolerancia

Director:

Título Original: Intolerance / Año: 1916 /  País: Estados Unidos/ Productora: The Triangle Film Corporation / Wark Producing Corporation / Duración: 197 min. / Formato: BN - 1.33:1
Guión: D.W. Griffith / Fotografía: G.W. Bitzer / Música: Carl David (versión restaurada)
Reparto: Lillian Gish, Mae Marsh, Robert Harron, Constance Talmadge, Miriam Cooper, Alfred Paget, Walter Long, Seena Owen, Elmo Lincoln, Bessie Love
Fecha estreno: 05/08/1916

Una humilde madre de familia intentando salvar a su marido de la horca por un crimen que no ha cometido. La caída de Babilonia en manos del rey persa Ciro el Grande. La masacre del día de San Bartolomé en la Francia del siglo XVI. La crucifixión de Jesucristo. Cuatro historias separadas por siglos de diferencia que aparentemente no tienen nada en común. ¿A quién se le podría haber ocurrido la temeridad, y más en una fecha tan temprana como 1916, mezclar todos esos argumentos en una sola película?
 
La respuesta es ni más ni menos que D.W. Griffith, el gran pionero del cine norteamericano y el cineasta más importante de su época. Griffith había logrado ya un hito aparentemente insuperable con El nacimiento de una nación (1915), una de las obras más importantes de la historia que trazó el camino que seguiría el cine en adelante. ¿Cómo sobrepasar algo así? Lejos de amedrentarse por el reto, el ambicioso realizador concibió una película que superara la anterior en todos los aspectos: más larga, más épica y más compleja. Intolerancia (1916) era un filme en que combinaría cuatro historias situadas en contextos totalmente distintos, pero con un hilo conductor común: el reflejo de la intolerancia a lo largo de los años (un tema que el cineasta eligió precisamente como acto de expiación y en respuesta a las críticas que recibió por el posicionamiento inequívocamente racista de El nacimiento de una nación).
 
Con unos gastos de producción absolutamente astronómicos, Griffith literalmente lo puso todo en Intolerancia: no escatimó en recursos construyendo el decorado más grande jamás hecho hasta entonces para las escenas babilónicas, se documentó sobre las épocas de cada trama para ser lo más fiel posible a la realidad y llevó su célebre manejo del montaje a unos niveles nunca visto hasta entonces. Pero lo que hace de ésta una obra tan extraordinaria es que consigue mantener sus gigantescas dimensiones al mismo tiempo que no descuida los pequeños detalles ni su dimensión humana.
 
La principal de las cuatro historias, titulada La madre y la ley, es la que tiene una ambientación contemporánea. En contraste con el resto de subtramas, en ésta Griffith apuesta por un estilo más realista para reflejar con fidelidad los problemas que sufre la pareja protagonista: un joven matrimonio (Mae Marsh y Robert Harron) que intenta salir adelante como puede hasta que él se deja tentar por el mundo del crimen. En sus primeras escenas, Griffith nos muestra los conflictos obreros que tenían lugar en aquellos años a través de una huelga obrera que desemboca en una cruenta masacre con la aparición de la Guardia Nacional (fotograma 1). Los planos de las masas enfervorecidas que acaban pereciendo a manos de los disparos contrastan con la imagen del capitalista, sentado solo en su despacho, totalmente ajeno a lo que está sucediendo fuera (fotograma 2). Fiel a ese retrato tan pesimista de las realidades sociales de esos años, el filme no muestra ninguna solución para los obreros. No le queda otra a la pareja protagonista que emigrar a otra ciudad y empezar de cero. Allí, incapaz de encontrar trabajo, él se ve abocado al crimen y empieza a frecuentar malas compañías, como una mujer de mala vida encarnada por Miriam Cooper. El director nos contrapone el hogar familiar (simbolizado por el personaje Mae Marsh, la madre de corazón puro) con los peligros de la calle (simbolizados por Miriam Cooper), que acaban llevando al personaje a la perdición incluso cuando decide reformarse. Pero lo más interesante de todo es que, más allá de esta previsible dicotomía tan propia de Griffith, nos muestra un tercer elemento: las mujeres reformistas que, aunque teóricamente velan por los valores tradicionales, aquí se convierten, sin ser conscientes de ello, en antagonistas. La huelga que da inicio al filme de hecho se provoca indirectamente por su culpa, y cuando el marido de la protagonista acaba en la cárcel, le quitan a la sufrida madre su bebé porque la toman por una mujer alcohólica y de mala vida. En uno de los instantes más emotivos de la cinta, la pobre madre, impotente y sola, llora desconsolada mientras acaricia el patuco del hijo que acaba de perder (fotograma 3).
 
Resulta interesante cómo Griffith consigue contrastar el tono tan realista e intimista de esta historia con la majestuosidad del segmento dedicado a la caída de Babilonia. Solo la construcción de sus espectaculares decorados a tamaño real (de dimensiones tan enormes que hubo que diseñar una torre sobre raíles, de manera que el cámara pudiera filmarlos desde las alturas consiguiendo así uno de los travellings más espectaculares del cine mudo – fotograma 4) salieron más caros que toda la producción de El nacimiento de una nación, que ya había sido inusualmente costosa. El gran objetivo de Griffith con el segmento babilónico era superar a los famosos peplums italianos de la época como Cabiria (1914), y lo logró. De hecho, incluso hoy día dichas escenas siguen apabullando por su espectacularidad.
 
Pero lo que no hay que olvidar es que, por mucho que invoque aquí la faceta del cine como gran espectáculo, no por ello descuida la historia y sus personajes. En este caso Griffith nos propone un contraste con las heroínas puras a las que no tiene acostumbrados (como la madre del segmento contemporáneo) y apuesta por una heroína de carácter fuerte y descarado, conocida como la chica de la montaña (Constance Talmadge). De esta manera, el cineasta combina escenas corales que son puro espectáculo como la batalla o la suntuosa celebración posterior, con otras centradas en nuestra protagonista, que es la única que sospecha que los sacerdotes están preparando un golpe contra el rey. La Historia en mayúsculas se entrelaza con las pequeñas historias individuales, igual que ya hizo en El nacimiento de una nación.
 
Es una pena que, en contraste, las otras dos tramas acaben siendo tan anecdóticas dentro del conjunto. Debido a que el montaje inicial de tres horas y media era excesivamente largo, Griffith decidió recortar ambas historias haciendo que acaben siendo prácticamente meras anécdotas. La que está dedicada a la masacre de los hugonotes en Francia de nuevo combina los hechos históricos con una pequeña historia de amor entre la conocida como “Ojos Marrones” (Margery Wilson) y Prosper Latour (encarnado por un irreconocible Eugene Pallette), que intentará salvar a su amada de la desgracia. Desafortunadamente, hemos podido disfrutar tan poco de estos personajes, que aquí sí que la Historia engulle a la pequeña historia, quedándonos sobre todo con los sucesos generales y la crueldad de los soldados durante la masacre (fotograma 5). En cuanto al segmento dedicado a Jesucristo, el hecho de que sea un relato de sobras conocido por el público favorece que su carácter fragmentario no juegue demasiado en su contra, pero precisamente al contener tan pocas escenas da más la sensación de una suma de retablos (impecables por otro lado – fotograma 6) que una narración continuada.
 
Como broche final, el último segmento de la película propone un frenético montaje paralelo entre los desenlaces de las cuatro historias: el intento de ahorcamiento del marido acusado injustamente de asesinato, la derrota de los babilonios a manos de los persas, la masacre de los hugonotes y la crucifixión de Jesucristo. De las cuatro tramas, es la contemporánea la que destaca con luz propia con un frenético rescate al último momento en que entran en juego coches y trenes mientras vamos viendo con horroroso detalle cómo se ultiman todos los preparativos para la ejecución (fotograma 7). Significativamente, en un pequeño atisbo de esperanza, será la historia contemporánea la única que tendrá un desenlace feliz.
 
El público de la época nunca se había visto algo semejante y en consecuencia hubo muchos espectadores que tuvieron problemas para seguir una película que combinaba tramas tan distintas. Por muy tópico que suene, realmente en aquellos años Griffith estaba muy avanzado para su época, dándose la curiosa paradoja de que Intolerancia fuera una superproducción y al mismo tiempo una obra vanguardista para los estándares de entonces.
 
Griffith pagaría caro por sus ambiciones: aunque la película fue muy bien recibida, no pudo recuperar sus costes tan desmesurados. En consecuencia, el cineasta se pasó el resto de su vida teniendo que arrastrar consigo las deudas acarreadas en Intolerancia, y cuando murió décadas después era un hombre arruinado y totalmente olvidado por la industria que había ayudado a convertir en una forma de arte. Aunque para él fue un precio duro a pagar, a cambio había creado una de las obras más importantes de la historia del cine. Todos los jóvenes cineastas de la época (desde futuros directores de éxito en Hollywood como Tod Browning, King Vidor o Erich von Stroheim a la escuela soviética vanguardista) tendrían Intolerancia como punto de referencia, tomando nota de todas las innovaciones que Griffith había expuesto en la película. Pocas veces se ha dado en la historia del cine que un filme causara un impacto tan grande por sí solo y que influyera a tal variedad de artistas de todo el mundo. En ese aspecto realmente Intolerancia estuvo a la altura de las ambiciones de su creador.
 
Guillermo Triguero
© cinema esencial (noviembre 2017)
 
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VÍDEOS: 
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Película completa
puntuación: 
9

Comentarios

Personalmente tengo opiniones encontradas con respecto a Griffith. O sea nadie puede negar su importancia en el desarrollo del cine. Desarrolló, inventó la narrativa cinematográfica. Pero en 'El Nacimiento de una Nación', su ideología, racismo (defensa del KKK, los negros son pintados como infradotados), cansan. Formalmente brillante pero cansan (algo similar al Eisenstein de 'La Huelga'). En 'Intolerancia' formalmente en cuanto a imágenes es brillante (Lillian Gish moviendo la cuna!!) , pero el todo resulta ambicioso, grandilocuente, desmesurado (aclaro que vi dvd por partes separadas en el tiempo; todo junto se me hizo tedioso)

Es un sentimiento bastante compartido, José Miguel. Pero, como dices, es innegable la gran aportación de Griffith a la narrativa cinematográfica, sobre todo en sus aspectos formales, muchos de ellos todavía vigentes hoy en día. Muchas gracias por tu comentario.

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