La última película

Director:
Peter Bogdanovich

Título Original: The Last Picture Show / Año: 1971 / País: Estados Unidos / Productora: Columbia Pictures / Duración: 118 min. / Formato: B/N - 1.85:1
Guión: Peter Bogdanovich, Larry McMurtry (Novela: Larry McMurtry) / Fotografía: Robert Surtees / Música: Phil Harris, Johnny Standley, Hank Thompson
Reparto: Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Shepherd, Ben Johnson, Cloris Leachman, Ellen Burstyn, Randy Quaid, Sharon Taggart, John Hillerman, Clu Gulager, Sam Bottoms
Fecha de estreno: 02/10/1971 (New York Film Festival)

Si la primera película norteamericana fue un western, la última también lo será. Y en la última función del cine Royal, en Anarene, Texas, no se traicionó tal frase. Red River (1948), el mítico western de Howard Hawks, sirve para decir adiós (con altura) a un cine que conoció mejores épocas. Es precisamente esa postrera función la que da título a La última película, de Peter Bogdanovich. Sobre la elección de esa última cinta del Royal, el director explicaba: “Para mí tenía que ser una película que de alguna forma transcurriera en Texas. Y quería que fuera una película acerca de los días cuando Texas tenía gloria y una especie de razón para existir. Quería una película de aventura, una película acerca de dejar senderos” (fotograma 1).
 
Senderos que se dejan, caminos que se abren, rutas todas que, sin embargo, confluyen en Anarene, con sus 1131 habitantes, con sus calles polvorientas, con el silencio que sólo interrumpe el viento (fotograma 2). Bogdanovich hace un homenaje a una época ya ida, a un estado de las cosas que ya no existía al realizar su filme, ambientado en el pasado, a fines de 1951 y filmado en un glorioso blanco y negro, los colores con los que nuestra memoria (contagiada de cine) asocia a ese periodo.
 
Inspirado en la novela homónima de Larry McMurtry, a su vez coguionista del filme, Bogdanovich se convierte en un cronista objetivo, y nada complaciente, de un momento muy especial y definitivo de la historia reciente de su país, pero lo mejor es que lo hace desde una perspectiva de altura humana, con una puesta en escena casi mínima, y lleno de sensibilidad y respeto por sus personajes y por la precisa narración que nos está ofreciendo. En palabras del propio McMurtry: “Él está tan conmovido como yo por el final de las cosas, por el ocaso de los periodos, las generaciones, las parejas, una ciudad. Pude haberlo deducido por su gusto por Ford o Hawks, el más elegíaco de nuestros directores”. Y a esas influencias hace honor.
 
En Anarene la gente no es feliz y el relato de La última película está acorde con ese sentimiento (mezcla de inconformidad, tedio y dolor) que invade por igual a jóvenes y a adultos. La historia, coral en origen, se centra en seis personajes: tres muchachos y tres adultos, pero realmente hay muchos más, gracias a un guión que les dio espacio y aire, y a una excelente elección de reparto que no permitió que hubieran personajes menores. Al principio del filme conocemos a Sonny (Timothy Bottoms) y a Duane (Jeff Bridges), estudiantes del último año de secundaria. Ambos provienen de hogares escindidos y para sostenerse realizan trabajos menores, sin realmente tener muchas opciones, sin poseer una perspectiva clara sobre su futuro. Con Duane vemos a Jacy (Cybill Shepherd, en su primer papel en el cine), una frívola e inestable compañera de estudios, la más hermosa y deseada del lugar. Los tres muchachos tienen sólo cuatro opciones de diversión: un billar, un restaurante, un cine y el sexo, este último una novedad apenas por descubrir.
 
El despertar sexual, el coming of age de tantas películas norteamericanas, aquí no está cubierto de glamour ni de ilusiones. En Anarene no hay muchos sueños, quizá solo algo de curiosidad por las urgencias del cuerpo, sobre todo si eso sirve de antídoto al tedio incalculable que los rodea. En la oscuridad del teatro, mientras ven (irónicamente) discurrir una realidad feliz que más parece ciencia-ficción en El padre de la novia (1950), Sonny juguetea con Charlene, una noviecita fugaz, mientras sueña con Jacy (fotograma 3); tras la aparente seguridad de Duane se esconde una enorme inexperiencia y una fragilidad casi insolente, mientras Jacy busca deshacerse de una incómoda virginidad que le impide acceder a otras experiencias más mundanas, lejanas al ideal de un amor romántico que parece no caber en su cabeza. Duane será su primera pareja, en un encuentro íntimo desafortunado (fotograma 4). Es el fin de la inocencia (no sólo sexual) nunca mejor representada que por Billy (Sam Bottoms), el jovencito retrasado mental, a quien Sonny y sus amigos obligan a tener una humillante y fracasada primera relación sexual y que después encontrará la muerte en las calles de Anarene. Los espíritus puros desaparecen, no tienen ya cabida en este mundo contaminado, donde sólo se vive por el placer momentáneo, parece gritarnos el filme.
 
Pero, y era de esperarse, no sólo los más jóvenes ven en el sexo una escapatoria valida. Los adultos de Anarere comparten sus mismas angustias: la madre de Jacy, Lois (Ellen Burstyn) no encuentra satisfacción en su matrimonio con el jefe de la petrolera local, y busca aventuras con uno de los empleados, quién más tarde seducirá a la propia Jacy. A su vez, Ruth (Cloris Leachman), la esposa del entrenador de la escuela, busca refugio para su enorme soledad y desamparo en los brazos dubitativos de Sonny (fotograma 5). Será Jacy quién los separe temporalmente, convenciendo a Sonny para que se casen a escondidas de sus padres, en una jugada que busca, ante todo, que la saquen de Anarene. Como vemos, los enredos de cama están a la orden del día allí, pero despojados de todo rasgo de aventura cosmopolita o de travesura erótica. Aquí no hay sino, tristemente, hastío y asco por tener que vivir unas vidas vacías y desesperadas.
 
El único que parece tener claro su papel es Sam “el león” (un magnífico Ben Johnson), el experimentado dueño de los tres negocios del lugar. Sam es el viejo sabio de la tribu, uno de esos seres con mil batallas a cuestas, marinero en tierra que presiente el fin de sus días (fotograma 6). Y no sólo los suyos, sino los de una época entera, a la que seres como él pertenecían. De ese tipo de presagios es que se nutre La última película, de ahí su tono trágico, su perfil pesimista y amargo. Por momentos pareciera que Anarene fuera un pueblo fantasma, poblado de espectros sin memoria y sin futuro. Quizá ese destino sea tan precario como el del teatro Royal, obligado al cierre por el advenimiento de la televisión, por ese intruso que se coló en cada hogar e hipnotizó a los espectadores hasta el punto de hacerles creer que no había una realidad distinta a la que ofrecía esa pequeña caja con imágenes en blanco y negro. En una población donde parece que nadie puede escapar a las miradas y los comentarios de los demás, el televisor se antojaba ideal, pero lo que no vieron fue que cerró aún más su mundo, los encerró en casa, los hizo más solos y aislados. El cine de Anarene, incapaz de responder a ese reto doméstico, sucumbió. Cuántas cosas desaparecieron en ese entonces…
 
Bolas de polvo, ramas y escombros se ven pasar por las solitarias calles de Anarene, dignas de un western melancólico. Ellas arrastran también las ilusiones de sus habitantes, anhelos que empiezan y terminan en ese lugar perdido del mapa, en ese lugar olvidado por la suerte y por los hombres. En Anarene empieza y termina el mundo. Quién se atreve a salir no volverá. Quién se atreve a quedarse desconoce su porvenir.
 
Al final de la película, con Jacy fuera de su alcance, con Duane rumbo a la guerra de Corea y con Billy absurdamente muerto, Sonny (sin más sueños) no ve nada que hacer en esas calles, distinto a tomar su camioneta y huir buscando otros caminos. Sale de los límites del pueblo a toda velocidad y de repente gira de nuevo y regresa (fotograma 7). Lo entendemos. No hay nada más allá de Anarene. Sonny está condenado a habitarlo, girando claustrofóbico en tristes círculos sobre su geografía. No es posible otro destino.
 
Juan Carlos González A.
© cinema esencial (febrero 2017)
(Reseña original en tiempodecine.co)

 
Puntuación de Juan Carlos González A.: 10
 
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Publicado originalmente en la Revista Kinetoscopio no. 65 (Medellín, vol. 14, 2003)
©Centro Colombo Americano de Medellin, 2003

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puntuación: 
9

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