La coleccionista (Cuentos morales, IV)

La coleccionista
Director:

Título Original: La collectionneuse / Año: 1967 / País: Francia / Productora: Les Films du Losange / Duración: 82 min. / Formato: Color  - 1.37:1
Guión: Éric Rohmer / Fotografía: Néstor Almendros / Música: Blossom Toes
Reparto: Patrick Bauchau, Haydée Politoff, Daniel Pommereulle, Alain Juffroy, Dennis Berry, Mijanou Bardot, Annik Morice
Fecha estreno: 02/03/1967

En el primero de los tres prólogos de La coleccionista, vemos el cuerpo de Haydée (Haydée Politoff) diseccionado en una serie de planos detalle que nos describen la armonía de sus formas, como si de una escultura clásica se tratara (fotograma 1). Aunque el título de la cuarta entrega de los cuentos morales de Rohmer (rodada sin embargo antes que la tercera, Mi noche con  Maud) pudiera sugerir lo contrario, el personaje de Haydée será el sujeto pasivo que sacará a la luz las contradicciones morales de Adrien (Patrick Bauchau) durante el periodo estival que pasará separado de su prometida (a la que se niega a acompañar en su viaje de trabajo a Londres) aprovechando el ofrecimiento de un amigo ausente para pasar unas semanas en su casa de vacaciones junto a Daniel (Daniel Pommereulle), un joven pintor conocido de Adrien, y con la imprevista presencia de la propia Haydée.
 
“Cuando llegué Daniel me dio la mala noticia: Rodolphe había invitado a una chica que turbaría nuestro descanso”. La perspectiva de tener que compartir su estancia con una joven desconocida altera los planes que Adrien había trazado para las tres semanas que ha de pasar separado de su prometida: “Madrugar. Cambiar el ritmo de mi vida diaria, así de noche estaría bastante cansado para no ceder a la tentación de salir. No hacer nada. Llevar el ocio a un grado nunca alcanzado en mi existencia”. Pero la determinación del protagonista se sustenta en un precepto falso o, cuando menos, poco consistente: Adrien, que desde el primer momento juzgará a su inesperada compañera de vacaciones con absoluto desprecio por el hecho de salir cada noche con un amigo diferente (“Ya sé lo que es Haydde: una coleccionista. El escalón más bajo de la especie, la execrable simplona”), verá en realidad cómo sus planes se tambalean con la tentadora presencia de la joven, incapaz de controlar su atracción por ella y su deseo de conquistarla. Y ello a pesar de que el protagonista exprese con obstinada decisión su voluntad de controlar sus instintos: “En otra circunstancia me conseguirías, Pero hay que ser moral, y cuando pienso en acostarme contigo veo todos tus defectos” (lo que en definitiva no es sino una clara confesión de su carácter libertino).
 
Esta alteración de los planes de Adrien se produce de manera gradual y totalmente inconsciente por parte del protagonista, iniciándose incluso antes de su llegada a la casa estival en donde tendrá su primer encuentro formal con Haydée: en el tercer prólogo de la película, después de separarse de su prometida, Adrien deambula por las estancias vacías de la casa en la que han sido invitados hasta que sorprende en una habitación a Haydée (a la que todavía no conoce) haciendo el amor con un desconocido. La imagen del rostro de la joven, con quien se cruza durante un instante fugaz la mirada (fotograma 2), será el germen del deseo que el protagonista sentirá de manera incontrolada (y no admitida) hacia la coleccionista durante su convivencia estival. Un deseo inconsciente que, a partir de este primer encuentro fortuito, y desde el rechazo inicial expresado a Daniel ante la noticia de la presencia de Haydée a su llegada a la casa estival, pasará por diversas etapas que evidencian la frágil voluntad en la que se sustentan los planes de Adrien, y que podemos identificar en los siguientes episodios: 1) confirmación de la idea de rechazo tras el primer contacto visual (“tal como actuaba no le concedí ninguna posibilidad de convivir tranquilamente conmigo”); 2) primer (y todavía inconsciente) intento de acercamiento, en la secuencia en la que Adrien ridiculiza ante Haydée y Daniel a uno de los amantes de la joven; 3) imposibilidad de disimular el interés por Haydée (Adrien golpeando enojado la pared de su habitación ante el ruido provocado por la joven con uno de sus amantes en la estancia contigua); 4) primera aceptación de la atracción cuando, después de negarse a llevarla al pueblo para encontrarse con una de sus citas, Adrien recibe con satisfacción la respuesta positiva de Haydée a su invitación para ir a bañarse a primera hora de la mañana siguiente (fotograma 3 - “Me tomó la palabra, cosa que no me disgustó, debo decir”); 5) autoengaño, al intentar describir la nueva situación como si formara parte de los planes del protagonista (“Formaría parte de mi soledad. Ya que estaba allí, mejor anexionarla”); 6) reconocimiento de la situación no prevista (“Pero este juego, lejos de preservar el deseado vacío de mi existencia, introducía en ella cierto drama y desequilibrio”); 7) aceptación definitiva de la atracción hacia Haydée (“Haydée me inspiraba curiosidad. Al final ella era el verdadero foco de mi interés”); 8) constatación de su posición vulnerable (“Estaba claro que ella no se arriesgaría a acercarse a mí. Poco a poco me forzaba a entregarme, a comprometerme”); 9) enfrentamiento a raíz de la respuesta ambigua de Haydée (“Me irrita que no sepas lo que quieres”); 10) reacción vengativa, utilizando los encantos de Haydée para conseguir los favores de un acaudalado coleccionista de arte (Eugene Archer) en su proyecto de abrir su propia galería (“haz lo que quieras con él”); 11) constatación de los celos, después de arrojar a Haydée en brazos del coleccionista (“Estaba celoso y me sentía ridículo”); y 12) rendición final, tras rescatar a Haydée (magnífico el plano de Adrien, en casa de Sam, frente a un espejo que parece reflejar todas las Haydées con las que se ha enfrentado hasta asumir su derrota – fotograma 4) y partir con ella de regreso a la casa de verano (“La suerte estaba echada, y ella había sido la más fuerte. La fortaleza de la moral que me protegía se desplomaba”).
 
Pero Rohmer se reserva un último giro para dejar todavía más en evidencia la frágil determinación del protagonista: en el trayecto de regreso, la pareja se cruza con un vehículo cuya pareja de ocupantes llaman la atención de Haydée para que les acompañe; mientras la joven habla con ellos, Adrien, que espera impaciente en su vehículo, es increpado por el conductor de una furgoneta para que le ceda el paso; Adrien arranca con la intención inicial de hacerse a un lado pero decide de manera inconsciente seguir avanzando y dejar abandonada a a Haydée para, una vez en la casa, retomar su plan inicial de vacaciones (“La tranquilidad y la soledad las tenía por fin a discreción, con una decisión donde se afirmaba mi libertad”). Un propósito que muy pronto se desvela como ilusorio: a las pocas horas de disfrutar de la ansiada soledad, Adrien descuelga el teléfono para informarse sobre los vuelos a Londres.
 
David Vericat
© cinema esencial (octubre 2016)
 
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puntuación: 
9

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