La strada

La strada
Director:

Título Original: La strada / Año: 1954 / País: Italia / Productora: Ponti de Laurentiis / Duración: 103 min. Formato: B/N - 1.37:1
Guión: Tullio Pinelli & Federico Fellini / Fotografía: Otello Martelli / Música: Nino Rota
Reparto: Anthony Quinn, Giulietta Masina, Richard Basehart, Aldo Silvani, Marcella Rovere, Livia Venturini
Fecha de estreno: 06/09/1954 (Festival de Venecia)

"Lo que me hubiera gustado hacer es una película como 'La Strada'. Pero nunca haré 'La Strada'. Ya está hecha, es muy buena, no se podría mejorar
Francis Ford Coppola
 
 
Las palabras de Coppola expresan a la perfección la excepcionalidad del cuarto largometraje de Federico Fellini, para muchos (entre los que me encuentro) la obra cumbre de la etapa neorrealista del director (la que va desde su ópera prima, Luces de Varieté, hasta su sexto largometraje, la celebrada Las noches de Cabiria, pasando por la divertidísima El Jeque Blanco y las también magníficas Los inútiles y Almas sin conciencia), además de uno de los mejores títulos de toda su filmografía.
 
No es casual, en este sentido, que el film se ubique justamente en el centro (cronológicamente hablando) de la mencionada etapa neorrealista del director (sin dejar de ser espléndido, un período todavía de formación y, desde mi punto de vista, menos personal que el que se iniciará en 1960 con La dolce vita y en el que Fellini alcanzará su máxima madurez para ofrecernos la mayor parte de sus mejores títulos): justamente por el hecho de encontrarse todavía alejado de la etapa en la que Fellini desarrollará su universo más íntimo (desde una actitud autoconsciente de búsqueda de la propia personalidad artística), pero, al mismo tiempo, sin dejar de contener la esencia de la poética felliniana (en este caso, desde una mirada mucho más espontánea), La Strada se presenta como una obra de una pureza y sensibilidad que convierten su visionado en una experiencia absolutamente conmovedora.
 
Esta espontaneidad y sensación de primera vez es precisamente lo que hace de la película una obra única y excepcional, algo que queda completamente patente en el personaje de Gelsomina (Giulietta Masina). Para entendernos: siendo también un film ejemplar, es difícil evitar ver en la posterior Las noches de Cabiria la voluntad un tanto forzada de retomar el carácter de la protagonista de La Strada (transfigurada aquí en la inocente prostituta que da nombre al film), circunstancia que acaba lastrando, aunque solo sea en parte, la sensación de naturalidad que sí encontramos en esta Gelsomina, un personaje por otra parte excepcional en su pureza e ingenuidad (tal como confiesa el propio Fellini, hablando de su motivación sentimental a la hora de crear a su personaje: “Creo que la película la he hecho porque me he enamorado de esa muchacha-viejita un poco loca y un poco santa, de ese desgreñado, ridículo, desgraciado y tiernísimo clown al que he llamado Gelsomina y que todavía hoy logra hacer que me encorve de melancolía cuando escucho el tema de su trompeta”).
 
Apoyándose en la extraordinaria composición del personaje de Gelsomina a cargo de Giulietta Massina (una figura que nos hace pensar inevitablemente en el vagabundo chapliniano – fotograma 1), y arropada por la no menos memorable interpretación del forzudo Zampanó a cargo de Anthony Quinn, la película se estructura a modo de una peculiar roadmovie a lo largo de la cual asistiremos al errático deambular de la pareja protagonista a la búsqueda de su pequeño lugar en el mundo y, en último término, del sentido de su existencia, tal como expresa la propia Gelsomina en una escena del film ante el joven acróbata (Richard Basehart): “Nadie me necesita. ¿Para qué vine a este mundo?”; a lo que el rival de Zampanó responde de manera elocuente: “Puede que Zampanó te quiera. Si tú no te quedas con él, ¿quién lo hará? No soy muy instruido, sólo he leído un par de libros. Pero todo lo que existe tiene un motivo para estar ahí. Tú también eres buena para algo. Con tu cara de alcachofa” (fotograma 2).
 
Precisamente la trágica ausencia de Gelsomina será el detonante para que el rudo Zampanó tome finalmente consciencia de su triste realidad, en el emocionantísimo y revelador final en el que, tras ser echado de una taberna completamente borracho, y después de proclamar con desesperado orgullo su soledad (“¡No necesito a nadie! ¡Quiero estar solo!”), el protagonista se enfrentará finalmente al sentido de su existencia postrado ante la inmensidad del firmamento en la misma playa en la que recogió años atrás a Gelsomina (fotograma 3). Para quien esto escribe, una de las más conmovedoras escenas de revelación existencial que nos ha dado el arte del cinematógrafo.
 
David Vericat
© cinema esencial (noviembre 2014)
 
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10

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