El fantasma y la señora Muir

El fantasma y la señora Muir

Título Original: The Ghost and Mrs. Muir / Año: 1947 / País: Estados Unidos / Productora: 20th Century Fox / Duración: 104 min. / Formato: BN  - 1.33:1
Guión: Philip Dunne (Novela: R.A. Dick) / Fotografía: Charles Lang Jr. / Música: Bernard Herrmann
Reparto: Gene Tierney, Rex Harrison, George Sanders, Edna Best, Vanessa Brown, Anna Lee, Robert Coote, Natalie Wood
Fecha estreno: 26/06/1947 (NY)

Lucy Muir (Gene Tierney), viuda de un arquitecto de personalidad más bien gris, decide tras un año de luto independizarse del yugo de su suegra y cuñada y abandonar su residencia de Londres para emprender una “vida propia” en la pequeña localidad marítima de Whitecliff, adonde se traslada junto a su pequeña hija Anna (Natalie Wood) y su fiel sirvienta Martha (Edna Best). Desoyendo las advertencias del dueño de la inmobiliaria local, el señor Coombe (Robert Coote), Lucy se empeña en visitar una casa en alquiler situada al borde del mar en la que decide establecerse, hechizada por los encantos de la vivienda, y, sobre todo, por la presencia del fantasma de su antiguo dueño, el capitán Daniel Gregg (Rex Harrison), un viejo lobo de mar fallecido años atrás, que se manifiesta ya en la primera visita a la vivienda, para deleite de la joven viuda, que expresa su gozo ante el atónito Mr. Coombe (“Encantada. Perfectamente fascinante”). La obstinación de Lucy por permanecer en la casa a pesar de los (más bien tímidos y fugaces) intentos del capitán Gregg por ahuyentarla (como ya había hecho anteriormente con anteriores inquilinos) acabará doblegando la voluntad del fantasma (presa él mismo de los encantos de la bella viuda) para dar inicio a una historia de amor imposible que únicamente fructificará al cabo de los años, con la muerte de una Lucy ya anciana y el definitivo reencuentro de la pareja en el más allá.
 
Si me he permitido glosar someramente el argumento de El fantasma y la señora Muir, es para constatar una sensación que, debo reconocer, me asalta cada vez que me acerco al cuarto largometraje como director de Joseph L. Mankiewicz, y que no es otra que la más bien poca fascinación que me provoca una película que, por otro lado, cuenta con no menos bazas para que sucediera todo lo contrario: desde el indudable atractivo de su propuesta argumental, hasta los excelentes trabajos de su director de fotografía, Charles Lang, y por supuesto, del responsable de su banda sonora, Bernard Hermann, autor de una de sus más brillantes partituras cinematográficas (su preferida, al parecer), pasando, cómo no, por la radiante presencia de una Gene Tierney a la que nada cabe reprochar de su actuación (tampoco el hecho de que, según cuentan las crónicas, abandonara tras las dos primeras jornadas de rodaje, y a petición del propio Mankiewicz y del productor  Darryl F. Zanuck, un tono de interpretación mucho más próximo a la comedia que bien pudiera haber redundado positivamente en el resultado final de la propuesta, a mi modo de ver - ¿Qué habría sido de esta película en manos de la Ealing?).
 
Tampoco me atrevería a poner en cuestión la puesta en escena de Mankiewicz, abundante en momentos ciertamente inspirados: la imagen de Lucy, todavía de luto y por tanto completamente vestida de negro, al llegar por primera vez a la vivienda del capitán Gregg, contrastando con la blanquísima fachada del caserón (fotograma 1 - y contraponiendo la iconografía habitual para resaltar el oscuro mundo de la protagonista frente al luminoso escenario al que está a punto de acceder); los dos personajes separados por la diagonal marcada por el telescopio, como habitantes de dos mundos inconexos (fotograma 2), hasta que Lucy traspasa la línea que los separa para reunirse con Daniel en el balcón desde el que contemplan el océano; la secuencia de la despedida de Gregg, acercando su rostro al de Lucy, dormida, y ésta alzando levemente el suyo en sueños (fotograma 3) cuando el fantasma se incorpora para desvanecerse ante el ventanal que se asoma al mar, no sin antes exclamar con un lamento apasionado: “¡Cómo te habrían gustado los fiordos al sol de medianoche, navegar por las verdes aguas de los arrecifes de Barbados, por la Malvinas, donde un vendaval vuelve blanco el mar! ¡Qué nos hemos perdido, Lucía!” (fotograma 4); y en otros de luminoso humor (Lucy, sintiéndose observada por el retrato del capitán en el momento de desvestirse, cubre el cuadro con una manta y, al tumbarse en la cama, escuchando la voz socarrona del fantasma: “Querida, ¡que nadie la haga sentirse avergonzada de su figura!”); e igualmente brillante en el uso de las elipsis (marcadas por los planos de un mar embravecido que va desgastando un poste de madera en el que un marino había grabado el nombre de la pequeña Anna Muir a su llegada a la pueblo costero).
 
Todos ellos (y bastantes más) motivos suficientes para disfrutar una película a la que, sin embargo (y casi a mi pesar), nunca he sentido alzar definitivamente el vuelo. ¿La causa principal? Pudiera ser la del escaso recorrido psicológico de su pareja protagonista (Lucy Muir es desde el primer momento una “mujer obstinada” que cae rendida ante los encantos del fantasma del capitán Gregg, así como éste lo hace de su inesperada inquilina); un hecho que, desde mi punto de vista, provoca a su vez una prácticamente nula progresión dramática (con la excepción del episodio del devaneo extraconyugal del innoble Miles Fairley – George Sanders - con la ingenua Lucy) que hace que el espectador adivine de antemano cual va a ser el destino de la bella Lucy Muir, condenada desde un principio a acabar vagando por el más allá en brazos de su amado capitán Gregg.
 
David Vericat
© cinema esencial (octubre 2016)

VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)
puntuación: 
7

Comentarios

¿Sólo 7 para una deliciosa y estética historia de amor imposible??? ¿Será porque es más una película para mujeres???

Pues sí, es lo que intento explicar en la reseña. Me gusta pero no me atrapa lo suficiente... casi a mi pesar!

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