El signo de Aries

Spanish Catalan Chinese (Simplified) English French German Italian Japanese Korean Portuguese
El signo de Aries
Director:

Título Original: The Sign of the Ram / Año: 1948 / País: Estados Unidos / Productora: Columbia Pictures /  Duración: 84 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Charles Bennett (Novela: Margaret Ferguson) / Fotografía: Burnett Guffey / Música: Hans J. Salter
Reparto:Susan Peters, Alexander Knox, Phyllis Thaxter, Peggy Ann Garner, Ron Randell, Dame May Whitty, Allene Roberts, Ross Ford, Diana Douglas, Margaret Tracy, Paul Scardon, Gerald Hamer
Fecha estreno:  03/03/1948

De todos los directores de pedigrí, llama poderosamente la atención el caso de John Sturges. ¿El motivo? Que su obra tiene una nítida división cualitativa entre una primera etapa, por más que irregular, de categoría, y una segunda lamentable en su conjunto (pese a alguna agradable excepción, como La hora de las pistolas, 1967). El gran Sturges hay que buscarlo, pues, en la década de los cincuenta: aparte de El último tren de Gun Hill (1959), son especialmente memorables La calle del misterio (1950), Fort Bravo (1953) y Duelo de titanes (1957). Y a ellas se les debe añadir la temprana y apenas difundida El signo de aries (1948), el inesperado primer gran jalón de una obra hasta entonces modesta.
 
Sorprende que, lejos de los géneros de acción con que se suele identificar al director, El signo de aries sea uno de esos atmosféricos melodramas noir sitos en vetustas casonas inglesas aisladas del mundanal ruido, llenas de brumas y misterio. Y que, dentro del subgénero, tal vez sea el ejemplar más lábil que exista, pues no hay ni crímenes culposos ni ominosos misterios que descubrir; aunque, eso sí, haya turbiedades del alma que salen a la luz como abducidas por un remolino invertido, gran parte de cuyo mérito ha de recaer en la arrojada y gran interpretación de Susan Peters como Leah St. Aubin. En efecto, Peters sabe modular las emociones (y maquinaciones) con un simple rictus en los labios, con una leve contracción de una mano, con la forma de coger un cigarrillo, con un simple cambio en la mirada, transmitiendo admirablemente ese carácter volcánico que se esconde bajo la capa de ultracorrección británica de la dama que encarna, de forma que con tal aplomo (y tal belleza) no es de extrañar que haya subyugado a todos los St. Aubin, tanto al padre (Alexander Knox) como a los hijos, Logan (Ross Ford), Jane (Allene Roberts) y Christine (Peggy Ann Garner). Es más, el hecho de que la misma actriz estuviera realmente inválida cuando rodó el film (también, como su personaje, tras haber sufrido un accidente) redundó en la gran sensibilidad de su interpretación, llena de complejidades y sutilezas y lejos de la autoconmiseración que otra intérprete pudiera haber imprimido: en ella hay mucho de su dolorosa experiencia personal (1).
 
A medio camino entre la serie B y una producción más holgada, El signo de aries hace gala de una admirable concentración en la mansión familiar de los St. Aubin, a la que hay que sumar puntualmente los acantilados y el bravío mar que la rodean; lugares que, como solía ser habitual en este tipo de películas, exhalan un aire romántico que se solapa a la visión noir más característica del Sturges de esos años (fotograma 1).
 
Por su parte, la mina abandonada es un lugar negro como el tizón, lo que, pese a su supuesto sentido de distensión cuando ahí se solaza la pareja formada por Logan y Catherine (Diana Douglas), oculta a la vista de los demás (es el único lugar al que Leah no puede tener acceso), origina una indescriptible desazón, que se verá corroborada cuando la chica vuelva sola al lugar, sintiéndose abandonada (fotograma 2).
 
Y para redondear la propuesta, algunas escenas se construyen sobre un tenaz fuera de campo, como sucede en aquella en que, en un detalle deudor de Sospecha (Alfred Hitchcock, 1941), Christine, la hija menor, le lleva a Sherida (Phyllis Thaxter) un vaso de leche; sólo que la cámara mantiene el ominoso contrapicado sobre la escalera una vez la chica ha entrado en la habitación, creándose así mayor tensión que si se hubiera registrado visualmente el encuentro y, sobre todo, mayor intención: como si los propósitos homicidas de Christine no dependieran de ella, sino de los efluvios malignos de la casa; y todo ello, refrendado por los inquietantes remates puntiagudos de la barandilla (fotograma 3).
 
Pues, en efecto, ya al comiezo, a la llegada de Sherida, la nueva secretaria de Leah, Sturges pone de manifiesto que ciertas corrientes turbias fluyen bajo la apariencia de normalidad de la familia. Así, frente a la franca acogida del padre y de los dos hermanos mayores, la llegada de Christine se da en el contracampo, desde el tiro de cámara opuesto y en plano aparte; y su saludo a Sherida se muestra en un plano y un contraplano que conllevan un pertinente salto de eje, dándose a entender con la crispación de la planificación que la joven no acepta a la recién llegada; como así será. Sin embargo, el mayor desequilibrio se da por omisión: Leah, la joven esposa de Mallory y madrastra de los tres hermanos, no acude a recibirla, aunque está presente en todas las menciones. La adorada aparecerá a los ojos de Sherida más tarde, y lo hará como ligada al litoral, al faro y a la casona, en un bello nocturno, de luz cambiante con la excusa del faro y gracias al concurso del director de fotografía, Burnett Guffey (fotograma 4).
 
A partir de su presentación, la joven y afable madrastra será el centro de gravedad de todo el film. Tanto es el epicentro de la casa, de hecho, que, en las secuencias en su habitación donde ella recibe las visitas de uno o varios miembros de la familia, todos parecen girar en torno a ella, como los planetas alrededor del Sol o como los súbditos ante una reina en el trono (y la silla de ruedas lo es: está inválida por salvar a sus hijastros de morir ahogados), revelándose de este modo toda su ascendencia sobre los St. Aubin (fotograma 5).
 
Pero Leah no sólo es resplandor. Ella también tiene sus sombras e inseguridades, como muestra el magnífico plano que delata su desasosiego al observar la flor que su marido le ha regalado a Sherida, idéntica a la que le había ofrecido a ella misma, subrayado por un pertinente travelling de aproximación a la asombrada. Sólo que, en realidad, esta dualidad de Leah entre las luces y las sombras ya la habían dejado bien clara Sturges y Guffey en la misma secuencia de su presentación al asociarla al faro y su haz de luz intermitente.
 
Así que todo ello, las elecciones de Sturges, los claroscuros de Guffey y la extraordinaria riqueza de matices de Susan Peters, contribuye a crear un ambiente enfermizo que supura un veneno tan pernicioso como voluptuoso y acariciante al olfato, y que, tal vez, alcanza su culminación romántica (en el sentido original de la palabra), primero, en la forma triunfal que tiene Leah de tocar el piano cuando ya se ha deshecho de Catherine, que revela toda esa rabia vital que tan bien sabe disimular ante los demás; y finalmente, en las dos escenas nocturnas de paseo desesperado de las desquiciadas Leah y Catherine, ambas hacia el acantilado con intenciones suicidas (la de Catherine en el lóbrego pasillo de la antigua mina; la de Leah envuelta en la bruma), lo que genera un acertado paralelismo que redondea el sentido etéreamente mortuorio del film.
 
Tras esas sombras que seccionan el rostro de esta dúplice Leah en su acre momento de depresión; tras ese gesto de mirar una vez más la fotografía de su antecesora, como consignando su derrota; tras ese sencillo y pertinente monólogo que demuestra su profunda vulnerabilidad y que todos sus tejemanejes eran muestras de amor… enfermo; tras todo ello, una vez sale al exterior, la luz del faro que ilumina oscilante la neblinosa noche aporta un comentario punzantemente irónico sobre el destino de esa mujer cual fanal de su familia, pero que, ella misma, cual vampiro emocional, no puede resistir ni la luz del día ni el resplandor de la verdad... Hasta que la niebla se la traga.
 
Y al final, solamente quedará de Leah la carcasa: esa silla de ruedas, su trono, volcada en medio de la bruma, vacía e iluminada hirientemente por el faro, sempiterno y voluble (fotograma 6).
 
----------------
(1) El signo de Aries fue, de hecho,  la última película en la que actuó
----------------
 
Fernando Usón Forniés
© cinema esencial (agosto 2019)
(Extracto del análisis "El faro de la familia: The Sign of the Ram (John Sturges, 1948)" publicado en Capricho cinéfilo)

VÍDEOS: 
Primeros 20 minutos
puntuación: 
8

Añadir nuevo comentario