La noche del demonio

La noche del demonio
Director:

Título Original: Night of the Demon (Curse of the Demon) / Año: 1957 / País: Reino Unido / Productora: Columbia Pictures /  Duración: 95 min. / Formato: BN - 1.85:1
Guión: Charles Bennett, Hal E. Chester (Historia: M.R. James) / Fotografía: Edward Scaife / Música: Clifton Parker
Reparto: Fredric March, Miriam Hopkins, Rose Hobart, Holmes Herbert, Halliwell Hobbes, Edgar Norton, Tempe Pigott
Fecha estreno:  09/11/1957

Después de El hombre leopardo (1943), catorce años tardó Tourneur en volver al que quizás fuera su género favorito; y lo hizo con la excepcional La noche del demonio, que retoma abiertamente el tema central que en El hombre leopardo permanecía casi velado por el guión: la presencia insidiosa, por equívoca e innominada, del Mal (con mayúsculas) en el mundo; sólo que aquí el Mal no se encarna en un pobre doctor loco, sino en los mismísimos demonios del Averno. Tourneur se quejaba con razón de ese lucifer bestial que, contra su criterio, impusieron los productores al principio y al final del film, pues su anonadante presencia banaliza algo el resultado: no hay lugar para la ambigüedad, y el espectador no puede dudar de si los creyentes satánicos adoran una realidad o una mera invención, de si el mal es exterior al hombre o inherente a él, pues desde el principio el film afirma con contundencia que el demonio existe. De hecho, con el auxilio del excelente guión de Charles Bennett y Hal E. Chester sobre un relato de Montague Rhode James, todo el resto de la película está construido por Tourneur sobre la duda y la incertidumbre; y teniendo en cuenta que, salvo las escenas manipuladas, las manifestaciones sobrenaturales siempre van ligadas a la mirada del doctor John Holden (Dana Andrews), el espectador habría tenido derecho a dudar de si el protagonista, siguiendo la estela de la Irena de La mujer pantera, verdaderamente es víctima de una maldición o de la autosugestión; de si su escepticismo es real o una máscara; de si es un científico con la cabeza bien amueblada, o simplemente un caso de psiquiatría, un paranoico (no por nada, algún otro personaje le deja caer que padece de manía persecutoria).
 
La propuesta pretendida por Tourneur de cabalgar siempre entre dos posibles interpretaciones queda, por desgracia, desvirtuada en la versión definitiva del film, que, insistimos, parte de la certeza absoluta en lugar de permitir que una productiva ambigüedad vaya adueñándose del metraje hasta situar al espectador en ese crepúsculo de la conciencia que menciona el antagonista, el doctor Karswell (Niall MacGinnis). Las intenciones originales del cineasta eran mucho más movedizas: el doctor Holden ve unas letras sobreimpresas en la tarjeta que le ha dado el también, irónicamente, doctor Karswell, pero ésas desaparecen sin dejar rastro, por lo que todo podría haber sido fruto de la  imaginación de Holden, como parece corroborar el plano subjetivo que muestra a Karswell alejándose por un pasillo demasiado oscuro para ser adyacente a la sala de lectura de la biblioteca, deformado por un trucaje que hace oscilar la imagen (fotograma 1); el ciclón desatado tras la fiesta infantil puede deberse al mudo sortilegio de Karswell, o puede ser un fenómeno natural, ya que, al fin y al cabo, el hombre tras la máscara de payaso no ha querido anticipar a Holden lo que iba a suceder (por cierto, que el final de la secuencia anticipa la interrupción de otra celebración infantil: la de Los pájaros); el pergamino funesto que vuela hacia la chimenea puede hacerlo por propia voluntad, o simplemente porque lo arrastran las ráfagas de viento; el espiritista puede estar realmente transportado, o por contra, ser un gran imitador de voces; Holden interrumpe la sesión, ¿porque no cree en ella, o porque empieza a creer demasiado?; el gato que ataca a Holden se transforma en leopardo, y ese algo invisible que lo persigue por el bosque hunde sus huellas en el suelo (dos momentos retomados de La mujer pantera), pero puede que todo sea fruto de la imaginación del alterado psicólogo, como él mismo reconoce en la posterior secuencia en la comisaría; el pánico que domina al catatónico Hobart (Brian Wilde) puede deberse a su recuerdo de la noche del demonio, o bien, ser la consecuencia del exceso de drogas suministradas por los doctores; etc. Por cierto, que la intensidad terrorífica, fuera de lo común, de esta secuencia con Hobart donde ninguna aparición se adivina, mucho menos se concreta, sino que simplemente se rememora (fotograma 2), así como la sugerencia en varios momentos de que Karswell es una especie de emanación de Holden, incide en la idea fundamental de La noche del demonio, versión original de Tourneur: el terror no embiste desde fuera, sino que se desborda desde lo más íntimo de nuestro ser.
 
En fin, la puesta en escena del film lo mismo sirve a la explicación sobrenatural que a la racional. Respecto a la primera, se deben resaltar los encuadres que muestran el bosque como lugar ominoso, con esas ramas y hierbajos siempre acechando amenazantes por las partes altas y bajas del encuadre (fotograma 3); pero también, como ya sucedía en El hombre leopardo, ahora más velada pero más consistentemente (por mejor integradas), son muy sugerentes las abundantes estatuas en la mansión de Karswell (fotograma 4), que parecen condensar la presencia flotante de espíritus de toda ralea. Por el lado contrario, corroborando la difuminada frontera entre la impresión objetiva y la percepción subjetiva de Holden, se debe destacar ese momento en que el psicólogo vuelve a la habitación de su hotel y tiembla de inquietud ante unos siniestros pasillos donde no se concreta ninguna amenaza…, más que el susto que le da un colega al abrir una puerta; aunque, ciertamente, los corredores, retratados igual que en Martín el gaucho, en fuga casi perpendicular e indistinguibles, proponen aquí una superior idea de asfixiante laberinto metafísico.
 
Los pasillos son, de hecho, como concreción del terror consustancial que atenaza a los personajes, el leit-motiv fundamental del film: desde el que forman los árboles por donde se aproxima la primera aparición demoníaca en forma de nube hasta los del tren por donde huye Karswell o las propias vías del ferrocarril, pasando por la gran estancia de la granja de la madre de Hobart. La culminación de la idea motriz asociada al tren sirve, además, para enlazar con otra imagen, visual y sonora, recurrente en el cine de Tourneur y que La noche del demonio perfecciona de manera tan orgánica como elegante: la del Mal asociado a los coches y trenes, a los motores y traqueteos y silbatos, aquí presentes tanto en la huida inicial del profesor Harrington (Maurice Denham) como en la antológica carrera final a la desesperada de Karswell. Teniendo esto en cuenta, el plano último no puede ser más desestabilizador. En él, Holden y Joanna (Peggy Cummins) caminan por el andén (fotograma 5), y un tren tocando el silbato cruza el cuadro, cubriéndolo casi al completo con su ominosa silueta negra; cuando el tren acaba de pasar, Holden y Joanna han desaparecido (fotograma 6): ¿se han marchado simplemente?; ¿o no han podido soslayar la maldición rúnica y han sucumbido abducidos por ella? Un efecto tan sencillo y tan inquietante…, cuya fuerza se ve anulada en parte porque lo oblicuo e intempestivo de esta aseveración de las potencias infernales pierde contundencia al haber asistido ya el espectador a sus manifestaciones más abracadabrantes. Ciertamente, las apariciones demoníacas no solamente están bastante datadas, sino que obran contra el discurso del propio film; pero, aún así, no impiden que La noche del demonio sea una película extraordinaria… y una de las más aterradoras de toda la historia del cine. El terror mora en nuestro interior.
 
Fernando Usón Forniés
© cinema esencial (octubre 2018)
 
Puntuación de Fernando Usón Forniés: 9
 
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puntuación: 
8

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