La pianista

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La pianista
Director:

Título Original: La pianiste / Año: 2001 / País: Francia-Austria-Alemania / Productora: Wega-Film / MK2 / Les Films Alain Sarde / Duración: 130 min. / Formato: Color- 1.85:1
Guión: Michael Haneke (Novela: Elfriede Jelinek) / Fotografía: Christian Berger / Música: Martin Achenbach
Reparto: Isabelle Huppert, Benoît Magimel, Annie Girardot, Anna Sigalevitch, Susanne Lothar, Udo Samel
Fecha estreno: 14/05/2001 (Cannes Film Festival)

Si había un director especialmente idóneo para llevar a la pantalla una narración con la tremenda aridez emocional que transmite la novela de la polaca Elfriede Jelinek, ése era el austríaco Michael Haneke; creador igualmente centroeuropeo, su filmografia precedente ya presentaba una fuerte fijación por la insania y el desequilibrio, con sus consecuentes derivadas de violencia y desestructuración (personal, familiar y/o social), articulados en relatos caracterizados por un despojamiento formal elevado: un contexto, pues, ideal para integrar una propuesta como la de La pianista, en la que todos esos elementos se presentan de manera absolutamente descarnada.
 
La pianista es Erika Kohut (Isabelle Huppert): una mujer de mediana edad a la cual sus circunstancias vitales e idiosincráticas dotan de un carácter agrio y un aspecto ajado y descuidado con los que gestiona una casi soledad pautada por su dedicación profesional a la enseñanza musical. Vive con su madre, una anciana maniática y castradora, y carece de pareja o amigos, de manera que sus únicas relaciones personales son las que entabla con gente de su entorno profesional: alumnos/as, las familias de éstos/as, sus compañeros/as de conservatorio. Un páramo emocional en el que Erika acumula frustraciones e insatisfacción, una losa que la aplasta y que solo consigue levantar, y a duras penas, a través de una clandestinidad sexual en la que, liberada provisionalmente del yugo materno, se entrega (siempre, eso sí, bajo la premisa de la más estricta soledad) a una serie de prácticas marcadas por una sordidez vergonzante (además de una pulsión masoquista evidente), y que van del voyeurismo a la automutilación genital, pasando por el consumo de pornografía (fotograma 1).
 
A ese páramo llega, para destrozar ese equilibrio tan inestable como aparente (en la medida en que, bajo tal apariencia, fluyen corrientes subterráneas de tintes cercanos a lo sicopático), Walter Klemmer (Benoît Magimel). Joven, guapo, extrovertido, caprichoso: la antítesis, el reverso de la pianista por la que, desde el principio, se siente totalmente fascinado, hasta el punto de emprender un asalto al que ella empezará resistiéndose, poniendo en el envite toda su capacidad (altísima) de antipatía y mal genio, pero al que acabará sucumbiendo, dando inicio a algo parecido (incluso podríamos llegar a llamarla así) a una relación amorosa, marcada, en cualquier caso, por la peculiar personalidad de su parte femenina (confrontada a las pautas de conducta, mucho más convencionales, de su partenaire masculino). De esa manera, asistiremos, hasta su final desenlace, a un juego de encuentros y desencuentros en los que, más allá de la violencia, tanto explícita como soterrada, que ambos personajes ponen en juego con motivo de sus escarceos sexuales, late un punto de podredumbre moral que alimenta e inflama ese desasosiego con el que el director austriaco parece encontrarse siempre tan cómodo (como incómodo puede llegar a estar su sufrido espectador).
 
Haneke nos sirve la propuesta bajo sus pautas formales habituales: concreción, sequedad (que se pone de manifiesto, de manera repetida, en el corte abrupto de planos) y ni la más míníma concesión a la alharaca formal (más allá de que podamos entender como tal su recurrencia a los planos cenitales de las interpretaciones pianísticas con que va trufando la totalidad del metraje – fotograma 2). Y se sirve, obviamente, del majestuoso trabajo interpretativo de una Isabelle Huppert que cuaja uno de sus papeles más espectaculares, repleto de exhibiciones gestuales contenidas solo al alcance de las elegidas (con un dominio de la expresión facial portentoso) y que, rizando el rizo, alcanza aún mayor sutileza en los (por otro lado, numerosísimos) planos en que aparece de espaldas, en los que consigue transmitir, con su disposición corporal, rasgos definitorios de su personaje con la misma expresividad con la que otras lo harían fulminando su mirada a cámara (fotograma 3). Un ejercicio de excelencia que eleva el nivel de una cinta de consistencia ya estimable, que sirvió para que el nombre de Haneke comenzara a proyectarse (sin alcanzar los niveles del gran público) más allá del cerrado círculo de las élites festivaleras.
 
Manuel Márquez Chapresto
© cinema esencial (julio 2015)
 
Puntuación de Manuel M. Chapresto: 8
 
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VER EN FILMIN
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.F.)
puntuación: 
6

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