Las uvas de la ira

Las uvas de la ira
Director:

Título Original: The Grapes of Wrath / Año: 1940 / País: Estados Unidos / Productora: 20th Century Fox / Duración: 129 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Nunnally Johnson (Novela: John Steinbeck) / Fotografía: Gregg Toland / Música: Alfred Newman
Reparto: Henry Fonda, Jane Darwell, John Carradine, Charley Grapewin, Dorris Bowdon, Russell Simpson, John Qualen, O.Z. Whitehead, Eddie Quillan, Zeffie Tilbury
Fecha estreno: 24/01/1940 (NY)

Cinco décadas de carrera al más alto nivel han elevado el nombre de John Ford a la categoría de icono de la dirección cinematográfica, si bien, al igual que sucede con otros grandes nombres de la historia del cine, un afán de 'etiquetaje' no siempre justificado le ha terminado confinando, en el imaginario cinéfilo, a un género, el del western. Bien es cierto que ha sido ese el género en el que la acumulación de títulos legendarios ha dotado a la figura de Ford de un marchamo de maestría, pero, más allá de los paisajes abiertos de Monument Valley, y al igual que ha sucedido con otros nombres consagrados de la creación fílmica (Wilder o Hawks serían otros casos bastante significativos), el trabajo de Ford no se ciñó a uno solo, sino que abarcó una extensa panoplia genérica y entregó piezas de excepcional calidad en los más variados rubros. Buena muestra de esa diversidad la ofrece Las uvas de la ira, la adaptación de la novela homónima de John Steinbeck, con la que John Ford no solo ofreció un retrato acerado e hiriente de la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX en Estados Unidos, sino que cuajó una de las muestras más logradas de cine social de todos los tiempos.
 
Las uvas de la ira nos ofrece, en esencia, una epopeya, la de la familia Joad, que, lejos de cualquier connotación homérica (no hay heroicidad alguna en aquello que se hace cuando no hay ninguna otra alternativa, como bien subraya el protagonista, Tom - Henry Fonda), se ve obligada a abandonar su tierra natal en Oklahoma (desposeída de las tierras que venía explotando en régimen de aparcería desde tiempo inmemorial) para embarcarse en un viaje hacia el otro extremo del país, en California, donde, atraídos por el señuelo de unos folletos informativos de muy dudosa credibilidad, esperan encontrar la solución a sus penurias económicas gracias a un trabajo abundante y bien remunerado. Un viaje duro y amargo a lo largo del cual la familia irá pasando por las más penosas vicisitudes, tanto personales (la pérdida de sus dos miembros de más edad o la marcha de Connie - Eddie Quillan -, joven esposo de la hija embarazada, Rosasharn - Dorris Bowdon) como laborales (el desolador panorama económico no permite abrigar esperanza alguna de que una familia amplia se pueda ganar la vida decentemente), sin que los diversos avatares a los que se van viendo sometidos les permitan pergeñar ilusión alguna (con la única excepción de ese interludio cuasi gozoso que constituye su estancia temporal en un campo gubernamental, en el que se pueden permitir hasta el “lujo” de asistir a uno de los bailes que tanto gustaba filmar a Ford - fotograma 1)
 
Estamos, en suma, ante un retrato a tres niveles (el social, o general, que se proyecta sobre todo un país —Estados Unidos—; el familiar, que nos muestra la epopeya de los Joad; y el personal, centrado en la figura de su hijo mayor, Tom) que, operando a modo de círculos concéntricos, permiten una articulación narrativa de una excepcional riqueza que da cabida, junto a un desarrollo dramático de corte convencional (armado, en cuanto a ritmo y montaje, con la sobriedad brillante con la que siempre se ha manejado Ford), a reflexiones de calado político y espiritual que dotan al relato — sin entorpecerlo en ningún momento — de una 'carga de mensaje' encomiable. Por otro lado, la sobriedad no está reñida en modo alguno con un trabajo visual de excepcional calidad (en el cual no debe constituir aportación menor la presencia de un director de fotografía como Gregg Toland) que consigue generar, gracias a la utilización de recursos como los planos generales muy abiertos y con una profundidad de campo extrema (fotograma 2) o el manejo profuso de una luz espectral, tanto diurna como nocturna, que proyecta unos contrastes de sombras muy marcados (fotograma 3),  una ambientación de imágenes que recalca aún más, si cabe, el desasosiego y la angustia que el trasfondo temático de la propuesta transmite al espectador.
 
Obra maestra indiscutible en lo estrictamente cinematográfico, y crónica fiel y descarnada de un tiempo y lugar en su vertiente de testimonio histórico, Las uvas de la ira resulta ser una de esas raras piezas en las que el equilibrio de sus aspectos formales y temáticos hacen difícil primar, desde un punto de vista valorativo, a unos sobre otros; lo cual es algo que, lejos de constituir ningún demérito, no hace sino engrandecer a una cinta que, con la perspectiva del paso del tiempo, va cobrando una altura solo reservada a contadas obras artísticas: ésas en las que, huyendo de cualquier complacencia o escapismo, tenemos la oportunidad de ver a hombres y mujeres con los que poder empatizar —con su sufrimiento; con su sometimiento continuo a la pobreza y a una violencia soterrada  y omnipresente; con su lucha, en suma, por sobrevivir—. Una experiencia de la que salir, sin ningún género de duda, humanamente enriquecido. No es pequeño logro, no.
 
Manuel Márquez Chapresto
© cinema esencial (julio 2015)

VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)
puntuación: 
9

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