Lluvia negra

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Lluvia negra
Director:
Shôhei Imamura

Título Original: Kuroi ame / Año: 1989 / País: Japón / Productora: Hayashibara Group / Imamura Prod. / Tohokashinsha Film / Duración: 123 min. / Formato: BN - 1.87:1
Guión: Shôhei Imamura, Toshirô Ishidô (Novela: Masuji Ibuse) / Fotografía: Takashi Kawamata / Música: Tôru Takemitsu
Reparto: Yoshiko Tanaka, Kazuo Kitamura, Etsuko Ichihara, Shoichi Ozawa, Norihei Miki, Keisuke Ishida, Hisako Hara, Masato Yamada
Fecha estreno: 13/05/1989 / 18/05/1989 (Cannes Film Festival)

La escena es brevísima, apenas unos segundos, pero perdura en la memoria del espectador con lacerante intensidad: Shigeko (Etsuko Ichihara) observa a través de la ventana a su sobrina Yasuko (Yoshiko Tanaka) arrancándose sin ningún esfuerzo mechones de pelo su cabeza. Yasuko es una víctima de la lluvia negra que cayó alrededor de Hiroshima tras la explosión de la bomba nuclear del 6 de agosto de 1945 y, catorce años después, los temores por las consecuencias de la radiación se materializan en la terrible imagen de la joven contemplando entre atónita y horrorizada la mata de cabello en su mano (fotograma 1).
 
La historia de Lluvia negra narra el dolor de una sociedad condenada por la barbarie, que sufre con resignación el invisible estigma que la hecatombe nuclear ha dejado en sus cuerpos. “Cayó lluvia negra”, acierta a explicar Yasuko cuando se reencuentra con sus tíos, Shigeko y Shigematsu (Kazuo Kitamura), poco después de la explosión, entre las ruinas de la que fuera su vivienda. Y en el plano siguiente vemos a la joven intentando desesperadamente lavar las manchas de su ropa, en un gesto vano que vaticina la fatalidad de su destino. Antes, Imamura retrata la cotidianidad de los minutos precedentes a la catástrofe: las imágenes de Yasuko preparando su mudanza para ir a vivir con sus tíos y de Shigematsu dirigiéndose a la estación de tren para acudir a la fábrica en la que trabaja se alternan con planos de un ave acuática, de un cangrejo de mar y… de la bomba que desciende silenciosamente sujeta a un pequeño paracaídas, sin ofrecer ningún indicio de su mortífera carga, como si de un elemento más de la naturaleza se tratara. Hay, en este brevísimo plano del objeto maligno, un signo de la estoica resignación con que las víctimas afrontarán su condena, como asumiendo en propia carne una culpa que les impide atribuir su desgracia a una acción exterior: “Yo la hice venir a Hiroshima”, se lamenta Shigematsu para expresar la deuda que siente con su sobrina Yasuko, poco después de obtener para ella un certificado de buena salud que garantiza que está libre de las efectos de la radiación para conseguir que pueda finalmente contraer matrimonio.
 
Pero las secuelas de la explosión no son solo físicas, también psicológicas, e Imamura recrea sin concesiones el escenario del horror que Yasuko recorre junto a sus tíos entre los escombros de una Hiroshima en ruinas justo después de la gran explosión: cadáveres carbonizados, heridos vagando como almas en pena, un joven incapaz de reconocer a su hermano pequeño que le interpela con el rostro completamente desfigurado (fotograma 2), una madre acariciando en su regazo el cuerpo calcinado de su bebé, un hombre lanzándose al vació después de gritar su desconsuelo (“Hiroshima, ¿dónde estás?”). Imágenes que vuelven una y otra vez a la memoria de Shigematsu cada vez que debe oficiar las exequias de una nueva víctima entre los irradiados; aquéllos que “recibieron el relámpago” y que, tarde o temprano, acaban por fallecer. Y unas secuelas que se manifiestan de forma aún más dramática en el personaje de Yuichi (Keisuke Ishida), un veterano de guerra que sufre constantes alucinaciones y que exterioriza su trastorno esculpiendo esculturas de cuerpos carbonizados.
 
“A Yasuko no le alcanzó el relámpago”, insiste en afirmar Shigematsu ante su amigo Kotaro (Norihei Miki), encargado de encontrar un pretendiente que acepte a su sobrina. Y, como para reafirmar su convencimiento, Imamura filma a la joven, bellísima, tomando un baño y contemplándose orgullosa en el espejo (fotograma 3). El mismo espejo en el que, poco tiempo después, observará preocupada su rostro en busca de los fatales indicios, una vez que se percate de la aparición del primer absceso en su espalda.
 
Resignada a su destino, Yasuko se sincera ante su nuevo pretendiente, Aono (Kenjirô Ishimaru), un joven que se jacta de la prosperidad de la fundición en la que trabaja gracias a la guerra de Corea (en una muestra de la estulticia del ser humano, que se verá dramáticamente reforzada en la secuencia en la que Shiguematsu escucha atónito por la radio las amenazas de Truman de utilizar de nuevo la fuerza nuclear). “No quiero casarme. Quiero quedarme a vuestro lado”, expone Yasuko a sus tíos una vez que la familia de Aono rompe su compromiso; palabras que acaban por convencer a Shiguematsu de la imposibilidad de salvar a su sobrina del infortunio al que están condenados (“Mi mujer y yo compartimos con Yasuko el mismo destino forjado por el rayo que mata”).
 
Hay únicamente en la dramática parte final de la película un momento de exultante vitalidad, tan efímero como portentoso, materializado en la imagen de la carpa gigante que Yasuko observa extasiada emergiendo poderosa de las aguas del río (fotograma 4). Un instante en el que las fuerzas de la naturaleza parecen rebelarse ante el aciago destino de la joven, y que sugiere un indicio de esperanza. Pero el momento es, como se ha dicho, de una fugacidad que lo asemeja a un sueño. Después de sufrir una recaída de su enfermedad, Yasuko es evacuada en una ambulancia bajo la atenta mirada de Shigematsu, que, tras observar fijamente el horizonte, se atreve a retar al destino: “Si sale allí abajo un arco iris, ocurrirá un milagro” (fotograma 5). Un deseo para el cual el blanco y negro de las imágenes hacen presagiar el peor de los augurios.
 
David Vericat
© cinema esencial (diciembre 2018)

VÍDEOS: 
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puntuación: 
9

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