Los sobornados

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Los sobornados
Director:
Fritz Lang

Título Original: The Big Heat / Año: 1953 / País: Estados Unidos / Productora: Columbia Pictures /  Duración: 90 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Sydney Boehm (Novela: William P. McGivern) / Fotografía: Charles Lang / Música: Daniele Amfitheatrof
Reparto: Glenn Ford, Gloria Grahame, Jocelyn Brando, Alexander Scourby, Jeanette Nolan, Lee Marvin, Peter Whitney, Willis Bouchey, Robert Burton, Adam Williams, Howard Wendell, Chris Alcaide
Fecha estreno:  14/10/1953

Dos películas rodó Fritz Lang con la actriz Gloria Grahame que, lejos de presentar una clara cohesión como las pertenecientes a los ciclos que rodó con Sylvia Sidney y Joan Bennett, resultan bastante diferentes entre sí: la presente Los sobornados, trepidante film de gánsteres y uno de los más patentemente americanos de su autor, y Deseos humanos (1954), el más secreto y germánico de toda su carrera en Hollywood. Pese a sus notables diferencias, aparte de la misma Grahame encarnando a dos de las más desafortunadas heroínas languianas, ambas películas tienen en común a ese excelente actor que fue Glenn Ford y la productora Columbia, además de compartir una conclusión similar, la de un protagonista abocado a la grisura existencial, y destilar ambas una ferocidad inaudita incluso para Lang, tal vez por ser los primeros títulos que rodó tras su inclusión en las listas negras extraoficiales del nefando senador MacCarthy.

 

Los sobornados presenta una nueva historia de venganza y tiene notables paralelismos con la previa Encubridora (1952). En efecto, de nuevo, hay un hombre perdidamente enamorado, el sargento Dave Bannion (Glenn Ford), aquí de su esposa; de nuevo, Lang muestra la profunda unión de la pareja con un beso, sólo que en escala todavía más próxima, en primerísimo plano (fotograma 1), añadiendo además esa preciosa idea de los cigarrillos y las cervezas compartidos sobre la marcha; de nuevo, la muerte de la amada sume al hombre en la amargura total y lo aboca al odio y a la venganza, traducido semejante estado de ánimo, gracias a la extraordinaria interpretación de Glenn Ford, en algunas de las miradas más intensas de toda la obra languiana; y de nuevo, otra mujer pierde la vida en la consecución de los objetivos del justiciero, cuya victoria, por tanto, lejos de suponerle un bálsamo (relativo), le provoca un regusto aún más amargo.

 

Ahora bien, en esta ocasión la venganza no se desarrolla en un ambiente pretérito ni de fábula, sino dentro de un entramado social amplio y concreto, que aporta la más rica galería de personajes de toda la obra de Lang; muy en especial, en lo que toca a los delincuentes, cuya presentación en el film, enlazados mediante conversaciones telefónicas (lo que, a su vez, sugiere la noción de una telaraña invisible), es modélica: de la recién viuda Bertha Duncan (Jeanette Nolan) al capo Mike Lagana (Alexander Scourby), y de este a Vince Stone (Lee Marvin) por mediación de Debby Marsh (Gloria Grahame).

 

Los sobornados cuenta, además, con una serie de brillantes ideas formales, presentadas con tal naturalidad que manifiestan que el celebrado camino hacia la austeridad en la obra de Lang ya había culminado en este film. Está, por ejemplo, la presencia de ciertos objetos, cuya gran densidad no necesita de subrayados, como es el cuadro de la madre de Lagana o son las pistolas que cunden por el film. O también, ese montaje que suele unir dos imágenes por su relación oculta. Así, cuando Dave por fin encuentra a una persona que le ayuda en su batalla, un primer plano suyo funde con la muñeca de su hija huérfana en el carricoche; la niña aparece en plano, coge la muñeca, la cámara retrocede y se ve a Dave contemplándola y, finalmente, aupándola y besándola: la ayuda exterior lo anima a revivir.

 

Y en especial, destaca el uso del símbolo, esa herramienta con la que tanto bregó Lang durante los años veinte y treinta, y que en Los sobornados resulta magistral por su limpidez y contundencia. Basta con ver el mecano de la hija de Dave derrumbándose para comprender que la vida del hombre se está desmoronando (fotograma 2).

 

La sociedad que muestra Lang en Los sobornados está muy próxima a la dominada por los nazis en su ciclo antifascista. Lagana controla todos los niveles de la sociedad, incluidas las altas esferas de la policía, y para las personas corrientes es imposible salirse del plan trazado sin que la organización tentacular del mafioso las delate y castigue impunemente. Con su mirada implacable, Lang muestra que los métodos nazis, su omnipotencia y temible dominio, son ahora patrimonio de los gánsteres, por muy americanos que sean: el peligro está en casa, o puede estarlo.

 

Es de notar que, como quiera que, debido a la represión gansteril, todo el mundo está indefenso y solo, la venganza de Bannion acaba convirtiéndose en un acto de justicia. Para comprobarlo es necesario atender al uso de la violencia en este film, en líneas generales la más explícita y espeluznante de toda la obra de Lang. Por lo general, los actos violentos de los maleantes vienen elididos o fuera de campo, pero ello, lejos de restarles fuerza, les otorga mayor poder maléfico y los hace más incontrovertibles; por el contrario, tan sólo la mirada de Dave a los mafiosos parece un escupitajo, y sus arranques agresivos, que para sí quisiera el tildado Lagana, suelen registrarse frontalmente: lo vemos peleando furiosamente en varias ocasiones, e incluso intentando estrangular a Larry y a Bertha Duncan (fotograma 3).

 

En su sed de justicia, Dave acaba contagiando a un segundo personaje, a Debby, la cual, al haber sido desfigurada por Vince en esa antológica escena, una de las más crueles del cine y que tanta celebridad alcanzó por su ferocidad, en que el rabioso le arroja café hirviendo a la cara (fotograma 4), tomará el relevo como diosa vengadora; y es notable, por lo rarísimo en el cineasta cuando la violencia es de este calibre, que también Lang muestre frontalmente las agresiones de Debby, aún más furibundas que las del policía viudo: el asesinato de la viuda Duncan y la desfiguración de Vince.

 

Tenemos, por tanto, la planificación fría y metódica, invisible, de los delincuentes frente a las descargas emocionales e incontrolables, visibles, de Dave y Debby, las cuales parecen enarbolar, inseparables de la venganza, respectivamente el afán de justicia y el agradecimiento. Se ha solido considerar que, al mostrar las agresiones ejercidas por los personajes positivos y ocultar las perpetradas por los negativos, Lang tenía por objeto incomodar al espectador y cuestionar el sentido de una venganza furibunda, pero no creemos que este sea el caso en absoluto en este film, y más bien pensamos que el director, y el espectador con él, condenan a los criminales alevosos y comprenden y perdonan a los vengadores, tal vez incluso aplaudiendo el violento ajuste de cuentas con esos dos personajes tan detestables como son la arpía Bertha y el animal Vince. De hecho, Dave y Debby son dos de los personajes que se sienten más próximos emocionalmente, con los que la identificación es más profunda, de toda la filmografía de Lang. Y es que la cuestión fundamental en Los sobornados, como en todas las anteriores películas antinazis de su autor, no es quién ejerce la violencia, sino hacia quién va dirigida, y que no mostrarla es un acto de respeto que se debe a las víctimas, pero no a los verdugos.

 

Pero la justicia, aunque necesaria, no conlleva el triunfo. La muerte de Debby es una de las rarísimas detalladas por Lang y, de estas, la única glosada líricamente, merced a los primeros planos que el cineasta le dedica y al gesto de la joven de taparse su enorme cicatriz con el visón que le sirve de almohada (fotograma 5). Su agonía, asistida por Dave, demuestra que, pese a haberse unido en la venganza, los personajes siguen estando solos, incomunicados, cada cual concentrado en sus propios pensamientos, en su tanda particular de primeros planos. Dave, por fin, en uno de los grandes momentos románticos del cine de Lang, se sincera con alguien rememorando a su mujer, transmitiéndole a Debby los momentos más tiernos de su convivencia…, pero está tan absorto en su desahogo, en su arrebato, que no se apercibe de que la joven expira…

 

Dave volverá a su vida normal, al trabajo, sólo que el plano (casi) secuencia final, muy anodino y nada heroico, lo muestra emprendiendo una vida monótona y vacía.

 

Fernando Usón Forniés
© cinema esencial (marzo 2018)
(Extracto del análisis "Los nazis nunca mueren: The Big Heat (Fritz Lang, 1953)" publicado en Capricho cinéfilo)

 

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VER EN FILMIN
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)
puntuación: 
10

Comentarios

Si el "noir" es sinónimo de desgracia y fatalidad, "The Big Heat" (no soy muy amigo de las traducciones que hacen de títulos clásicos) corresponde a ello por pleno derecho al iniciarse con un suicidio. Un policía acomodado llamado Tom Duncan (Deery en la novela) deja la incógnita de su propio asesinato al duro detective de homicidios Bannion, encargado de resolver el caso, individuo que Lang tendrá la gentileza de presentarnos no sólo en su trabajo sino en su vida íntima; no se trata de un huraño solitario, sino de un padre de familia felizmente casado. Este reducto de calidez sirve para que simpaticemos con el dolor del protagonista y sus ansias de venganza una vez sea atacado por los secuaces de un maestro de ceremonias de nombre Lagana, quien tras su máscara de respetabilidad sólo oculta unas manos ensuciadas por la mugre del submundo donde opera en realidad. Pero el director y Boehm nos engañan de primeras, siguiendo a Bannion en los pasos de su investigación por los escenarios y conociendo a los personajes que perfilan el imaginario tan propio del cine negro, como Stone y su novia Debby (él, un repelente asesino carente de toda moralidad; ella, una pizpireta joven amante del lujo y la vida ociosa). De repente será Stone, no Lagana, quien ocupe el lugar del villano, y tres mujeres de las más distinta condición girarán en torno al detective: esta Debby, la viuda de Duncan y su propia esposa Kate, si bien las circunstancias crean un poderoso triángulo protagonista (Bannion, Debby y Stone). En efecto Lang se vuelve pesimista, y no tarda en hacer que la tragedia irrumpa en la vida de su protagonista, y por accidente ("Fatalidad...¿y qué se puede hacer contra la fatalidad?", decía el Riedenschneider de "La Jungla de Asfalto"); esta ruptura (a partir de una sorprendente escena que aun así era fácil de intuir) ennegrece la historia aún más. Desde este momento lo que predica el cineasta es una completa deshumanización y degeneración general, tanto física (a través del personaje de Debby) como emocional, volviéndose los males en contra del antes audaz pero recto policía, quien se transforma en un tipo amargo devorado por las ansias de venganza y cada vez más cerca de atravesar la delgada línea que le mantiene del lado del Bien a cada paso que da, amenazando con escorarse del lado del Mal, precisamente donde moran aquellos repulsivos seres de quienes pretende vengarse. Así, Bannion, encarnado por un rabioso Glenn Ford cuyos ojos escupen fuego en cada secuencia y cuyos puñetazos hacen daño hasta al espectador, parece precipitarse a su propia autodestrucción con tal, ya no de esclarecer el asesinato inicial, sino de atrapar a los responsables del ataque a su hogar; los distintos funcionarios que atraviesan la película (Wilks, Higgins, quien no aparece en la novela) no son sino un estorbo para la cruzada sangrienta del protagonista (de ahí que sean veteranos de guerra que operan de forma clandestina los encargados de proteger a su hija en lugar de agentes de policía oficiales). Las atmósferas dispuestas por el director, su nervio tras la cámara y la excelente labor de fotografía de Charles Lang, además del diseño artístico de Robert Peterson, nos sumerge de lleno en el universo "noir" más áspero y turbio que podamos imaginar; esta intensidad viene reforzada por trepidantes secuencias de acción como el duelo final (cuyo clímax entre Bannion y Debby, encarnada por una más que magnífica Gloria Grahame, brinda uno de los momentos más agrios y dramáticos de todo el género) u otras donde se hace uso de una extraña violencia capaz de revolvernos las tripas. Todas ellas provocadas por Stone, a quien da vida un joven Lee Marvin perfecto para el papel: esa donde aquél agrede a una mujer en el bar o la famosa escena del café ardiendo, realmente fuerte para la época (la violencia de los bajos fondos contra la figura femenina se condena sin concesiones); y en el papel de Kate la hermana de Marlon Brando, Jocelyn. Ciertos puntos no juegan a su favor (lo tópico de su trama, la revelación tan temprana de la identidad de Lagana y las artimañas de Duncan y otras diferencias con el libro), pero Lang alcanza instantes soberbios en este visceral y negrísimo relato policíaco, mientras que el éxito del dúo Ford/Grahame hizo que los volviera a juntar en "Deseos Humanos".

Excelente comentario. Muchas gracias por tu análisis, Chris!

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