Crash

Crash
Director:

Título Original: Crash / Año: 1996 /  País: Canada - GB / Productora: Alliance Communications Corporation  Recorded Picture Company - The Movie Network - Téléfilm Canada / Duración: 100 min. / Formato: Color - 1.66:1
Guión: David Cronenberg (Novela: J.G. Ballard) / Fotografía: Peter Suschitzky / Música: Howard Shore
Reparto: James Spader, Holly Hunter, Elias Koteas, Deborah Kara Unger, Rosanna Arquette, Peter MacNeill, Yolande Julian, Cheryl Swarts, Judah Katz, Nicky Guadagni
Fecha estreno: 17/05/1996 (Cannes Film Festival)

Catherine y James Ballard (Deborah Kara Unger y James Spader) follan con actitud fría y mecánica, asomados a la vorágine de autopistas que se avistan desde el balcón de su apartamento mientras se explican sus respectivos escarceos sexuales de la jornada (ella en un hangar de avionetas con su instructor de vuelo; él en su despacho con su asistente de producción, durante el rodaje de un spot televisivo para una campaña de prevención de accidentes). “¿Se corrió?”, inquiere Catherine sobre la pareja sexual de James, y ante la respuesta negativa de éste (“No, fuimos interrumpidos”), sentencia lacónicamente: “Bueno, quizá la próxima vez” (fotograma 1).
 
No he leído (todavía) la novela homónima publicada en 1973 por J. G. Ballard en que se basa la película de Cronenberg, pero echando un vistazo a un par de excelentes reseñas de la obra encontradas en la red parece claro que el director canadiense salió bastante bien parado del dificilísimo reto de trasladar a la pantalla buena parte de la esencia del texto literario. Cito dos fragmentos de las mencionadas reseñas: “La novela es verdaderamente desasosegante por momentos. Las cicatrices, las heridas abiertas, las amputaciones, la sangre, conviven con el sexo, el deseo, el semen. La palabra semen está presente en casi cada página. Todo está lleno de semen: los cuerpos, los pantalones, el volante, el salpicadero, los muñones de los heridos, las manos y las caras de los protagonistas... Como la máquina es el elemento común de atracción y deseo, los conceptos de homosexualidad y heterosexualidad dejan de tener sentido (en la línea del feminismo ciborg). Las escenas de sexo y accidentes de tráfico se suceden, se entremezclan y componen en realidad la práctica totalidad de la novela” (publicado en Un libro al día); "Crash reflexiona sobre el vacío existencial de una sociedad postmoderna vacía en valores y cruda en actitudes, en la que lo emocional gobierna sobre lo racional, lo extraordinario sobre lo ordinario, y lo grotesco sobre lo cotidiano. El centro de la narración, en una primera persona emotiva y conmovedora, muestra este vacío en la reacción morbosa -e incluso sensual- que un grupo de personas manifiesta ante la relación entre la desfiguración y el sexo, la admiración por la desfiguración y la herida provocada mediante el emocionante choque de coches a gran velocidad. (…) Nos referimos a la contemporaneidad de Crash, sobre todo, porque recoge y sintetiza perfectamente los análisis actuales sobre nuestra propia realidad presente. El ansia emocional de la novela tiene mucho que ver con conceptos como los de modernidad líquida (Zygmunt Bauman) e inteligencia emocional (Howard Gardner), y de la capacidad del ser humano de saltar de una identidad a otra a través, precisamente, de la preeminencia de los distintos tipos de inteligencias que atesora. Nuestras emociones como saltos chispeantes consecuencia, a su vez, de la falta de un anclaje existencial que justifique nuestros motivos y aliente nuestras acciones. Los personajes de Crash se mueven en una constante deriva, atraídos por la fuerza del caos, hacia lo más profundo de la miseria humana” (publicado en Fantasymundo).
 
Si he querido citar estas dos reseñas de la obra literaria de Ballard es porque, a mi modo de ver, describen también a la perfección la esencia de la adaptación fílmica de David Cronenberg, lo cual da buena cuenta del excelente trabajo del director con un desafío frente al que la mayor parte de realizadores seguramente hubieran sucumbido con estrépito. La razón de este resultado cabe encontrarla, aparte de en la evidente destreza de Cronenberg tras la cámara, en la conjunción de los respectivos universos personales del novelista y el director cinematográfico. Citemos un diálogo de la película en el que Vaughan (magnífico, como siempre, Elias Koteas) expone al protagonista las motivaciones de su proyecto como “algo en lo cual estamos todos íntimamente envueltos: la reformación del cuerpo humano mediante tecnología moderna”; un argumento que bien podría ponerse en boca de los protagonistas de La mosca (1986) o Inseparables (1988), personajes obsesionados por la alteración del cuerpo humano (el propio o el ajeno) mediante la intervención de artilugios tecnológicos o mecánicos que acaban dando lugar (o con la pretensión de conseguirlo) a una especie de criatura supra-humana que en Crash podemos identificar con la figura de la ciborg Gabrielle (Rosanna Arquette), con su cuerpo cicatrizado completamente recubierto de prótesis mecánicas a raíz de un accidente de tráfico (fotograma 2).
 
Poco después, sin embargo, el propio Vaughan reformula la teorización de su proyecto (matizando que el tema de la reformación del cuerpo humano no es más que un mero concepto de ciencia ficción “que flota en la superficie y no amenaza a nadie” y que utiliza para “probar la elasticidad de los potenciales compañeros de sicopatología”) con una idea que sincretiza las motivaciones de los personajes de la película: “Esto es el futuro, y tú ya eres parte de él. Estas comenzando a ver que por primera vez existe una psicopatología benevolente que nos hace señas. Un choque de coches es más fertilizante que un evento destructivo, una liberación de energía sexual mediante la sexualidad de aquellos que han muerto, con una intensidad que es imposible en cualquier otra forma. Experimentar eso, vivir eso, ese es mi proyecto”.
 
Esa energía sexual es la que experimenta James Ballard a través del accidente de tráfico en el que colisiona con el automóvil de Helen Remington (Holly Hunter) y en el que resulta muerto el marido de ésta (elocuente, la imagen de Helen, en estado de shock en el instante inmediatamente posterior al accidente, descubriéndose inconscientemente un pecho ante la aturdida mirada de Ballard – fotograma 3), abocando al protagonista (y Catherine junto a él) a una espiral en la que la obtención del placer sexual (una vez agotados los mecanismos de excitación de la pareja) se va a canalizar únicamente a través de los macabros rituales automovilísticos de Vaughan (memorable la secuencia en la que asistimos a uno de sus espectáculos clandestinos en los que el personaje recrea en vivo el accidente de tráfico en el que perdió la vida James Dean). Y Cronenberg rueda sin tapujos la interminable sucesión de escenas en las que los protagonistas, “atraídos por la fuerza del caos, se mueven en una constante deriva hacia lo más profundo de la miseria humana”, ya sea como fascinados espectadores de un atroz accidente con el que se encuentran en la autopista (fotograma 4) o como simples objetos de los perversos juegos sexuales de Vaughan (fotograma 5).
 
Personajes que sólo pueden activar sus emociones “como saltos chispeantes a causa de la falta de un anclaje existencial que justifique sus motivos y aliente sus acciones”, y actuando como dos yonkis con necesidad de una dosis de droga cada vez mayor para satisfacer su desesperada búsqueda de placer sexual, James y Catherine acabaran protagonizando ellos mismos uno de los accidentes automovilísticos entronizados por Vaughan como la mayor fuente de energía sexual disponible. La escena final con James follando el cuerpo herido de Catherine intentando consolarla por no haber llegado al clímax después del accidente en el que casi pierde la vida (“Tal vez la próxima vez, querida… tal vez la próxima vez” – fotograma 6) es la estremecedora imagen que pone punto final a esta desesperanzada crónica del vacío existencial en que se encuentra atrapado el hombre moderno.
 
David Vericat
© cinema esencial (enero 2017)
 
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puntuación: 
8

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