El manantial

El manantial
Director:

Título Original: The Fountainhead / Año: 1949 / País: Estados Unidos / Productora: Warner Bros. Pictures / Duración: 114 min. / Formato: B/N - 1.37:1
Guión: Ayn Rand (Novela: Ayn Rand) / Fotografía: Robert Burks / Música: Max Steiner
Reparto: Gary Cooper, Patricia Neal, Raymond Massey, Kent Smith, Robert Douglas, Henry Hull, Ray Collins, Moroni Olsen, Jerome Cowan
Fecha de estreno: 02/07/1949 (USA)

En el plano final de la magistral Y el mundo marcha (The Crowd, 1928), King Vidor nos muestra al protagonista, un personaje obsesionado durante toda su vida por “llegar a ser alguien”, en el patio de butacas de un teatro, rodeado (y formando parte finalmente) de la multitud de la que tanto había luchado por sobresalir. Veinte años más tarde, el director repite en El manantial un plano prácticamente idéntico (una multitud aplaudiendo la arenga del mezquino Toohey - Robert Douglas - contra el arquitecto Harold Roark – Gary Cooper – fotograma 1) como contraposición a la imagen del protagonista, desafiante y seguro (prácticamente un semidiós), en el majestuoso plano que cierra la película (fotograma 2). Si en The Crowd, el personaje sucumbía ante el poder de la sociedad homogeneizadora, en El manantial Vidor retoma el mismo tema para presentar esta vez la victoria del ambicioso arquitecto en su lucha por preservar su integridad e individualismo frente a la comunidad.
 
Basada en la obra homónima de 1943 de Ayn Rand (seudónimo de la escritora de origen ruso Alisa Zinóvievna Rosenbaum, autora a su vez del guion de la película), El manantial es ciertamente un exacerbado alegato en favor del individualismo (y, por ende, del sistema capitalista elevado a su máxima expresión) y contra los supuestos defectos de la ideología socialista (la colectivización como máxima responsable de la existencia de una “masa gregaria y parasitaria”). Pero más allá de su innegable (y ciertamente tendencioso) discurso político, y además de las cualidades formales de su potentísima puesta en escena, el film de Vidor ofrece otras lecturas que dotan a la película de una riqueza de significados mucho más amplia de lo que se desprende de una mera interpretación de su postulado ideológico: por un lado, una implacable reivindicación de la autoría artística frente a los intereses comerciales de los poderes económicos (una idea que, ciñéndonos al ámbito cinematográfico, nos trae a la memoria los casos tristemente célebres de Stroheim o Welles, por poner dos claros ejemplos de directores que vieron salvajemente alterada y mutilada buena parte de su obra); y en segundo lugar, un feroz ataque a los grandes medios de comunicación, como responsables del aborregamiento de la audiencia mediante una calculada y flagrante apología de “lo común, lo vulgar, lo trillado”. Un mensaje que adquiere una vigencia y una contundencia absolutamente asombrosas en nuestros días.
 
“Yo no construyo para tener clientes. Tengo clientes para construir”, afirma no sin cierta arrogancia el arquitecto ante los directivos que intentan que ceda ante sus pretensiones de introducir ciertos cambios en su proyecto. Una declaración de principios con la que el protagonista antepone la motivación egoísta del artista como principal motor de cualquier creación, en contraposición al pensamiento imperante del establishment que representa el crítico Toohey (“el valor artístico se logra colectivamente, con cada hombre sometiéndose a los estándares de la mayoría”).
 
Pero si hay un personaje que se presenta como reflejo de Roark, este es sin duda alguna el editor del periódico para el que escribe Toohey, Gail Wynand (Raymond Massey), un magnate que había encarnado los mismos valores que representa Roark (motivo por el cual acabará obteniendo el respeto del protagonista) pero que actúa finalmente convencido de que “todos los hombres son corruptos y pueden comprarse”, tal como demuestra al conseguir que el mediocre arquitecto Peter Keating (Kent Smith) renuncie a su compromiso con la bella Dominique Francon (Patricia Neal) a cambio de hacerse con el proyecto que Roark había estado a punto de obtener. 
 
Tras la ruptura de Dominique y Keating, el encuentro de ésta con Roark, en la célebre escena de seducción que tiene lugar en la cantera en la que acaba trabajando el arquitecto ante la falta de proyectos: partiendo de la mirada de Dominique, Vidor nos muestra la explícita imagen del robusto brazo del protagonista empuñando un martillo eléctrico, para panoramizar seguidamente al rostro de Roark que, al detenerse un momento para secarse el sudor en la cara, advierte la silueta de la joven en lo alto de la cantera, dando lugar a un intensísimo duelo de miradas que el director resuelve con planos cada vez más cortos hasta culminar con un primerísimo primer plano de ambos personajes (fotogramas 3 y 4).
 
“Te amo sin dignidad y sin arrepentimiento. Vine a decirte esto, y a decirte que jamás me volverás a ver. Te destruirán pero yo no estaré ahí para verlo”, le confiesa Dominique a Roark después de reencontrarle en la presentación del rascacielos que el arquitecto logra construir gracias al encargo de un excéntrico magnate que le había permitido abandonar su trabajo en la cantera (y a Dominique, tras prácticamente violarla en su último encuentro antes de recibir la llamada del magnate). Una confesión tras la cual la joven aceptará la propuesta de matrimonio de Wynand (en una secuencia a bordo del yate del editor que Vidor filma con un evidente decorado que explicita la artificiosidad de los sentimientos de Dominique hacia Wynand) con la vana esperanza de alejar definitivamente a Roark de su vida.
 
Pero la admiración de Wynand por la obra de Roark, que empieza a prosperar a base de pequeños encargos que le permiten preservar su concepción de la arquitectura (una idea que evidencia que la única manera de poder controlar la propia creación es manteniéndose al margen de los grandes proyectos o, lo que es lo mismo, al margen de la industria, en una estimulante reivindicación del trabajo artesano que, de nuevo, cobra plena vigencia en nuestros días), sumada a la veneración del magnate por su esposa, unirá de nuevo el destino de los protagonistas a raíz del encargo que Wynand le hace a Roark para diseñar una casa que debe ser “una fortaleza y un templo” en la que recluirse con su esposa.
 
Roark acepta el encargo, igual que poco después aceptará la propuesta de un humillado Peter Keating de diseñar en su nombre un gran proyecto de casas sociales, con la única condición de que su diseño sea respetado en toda su integridad. “Mi recompensa, mi objetivo, mi vida, es el propio trabajo. Mi trabajo hecho a mi manera. Nada más me importa”. Una idea que Roark lleva hasta sus últimas consecuencias cuando, después de observar con estupor la alteración de su proyecto a manos del débil Keating, decide dinamitar los edificios y enfrentarse él mismo a la justicia, en un alegato final en defensa del más radical de los liberalismos, pero también de la necesidad de preservar la personalidad única e inalterable de la obra de aquellos que se niegan a doblegarse ante la voluntad homogeneizadora y vulgarizante de las poderes fácticos de nuestra sociedad.
 
David Vericat
© cinema esencial (julio 2014)

VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)
puntuación: 
9

Comentarios

Excelente canto al individualismo, la cual en su momento de su estreno, a muchos de los espectadores nos llevó a la lectura de la obra de Ayn Rand. En México y Latinoamérica la película paso con el título "Uno contra todos".

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