El enemigo público

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El enemigo público
Director:
William A. Wellman

Título Original: The Public Enemy / Año: 1931 / País: Estados Unidos / Productora: Warner Bros. Pictures / Duración: 84 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Harvey Thew (Novela: Kubec Glasmon, John Bright) / Fotografía: Dev Jennings / Música: David Mendoza
Reparto: James Cagney, Jean Harlow, Edward Woods, Joan Blondell, Donald Cook, Mae Clarke, Beryl Mercer
Fecha estreno: 23/04/1931

Después de la fundacional La ley del hampa (Underworld, 1927), de Josef von Sternberg, El enemigo público es (quizá junto con Hampa dorada, de Mervin LeRoy) el primer gran film de gángsters de la etapa sonora, no sólo por contener todos los ingredientes de la que se convertirá en la más reconocible estructura argumental del género (la que describe la ascendencia y caída de un sanguinario gángster) sino también por suponer el primer gran papel como forajido de un James Cagney (en su cuarto largometraje y primero también como protagonista) que se convertiría a partir de éste momento en protagonista de algunos de los mejores títulos del género (entre las que cabe destacar la estimable Ángeles con caras sucias, de Michael Curtiz – 1938 -, y las soberbias Los violentos años veinte – 1939 - y Al rojo vivo – 1949 -, de Raoul Walsh).
 
La película arranca con un magnífico prólogo situado en 1909 en el que, después de avanzar por las tumultuosas calles de una ciudad (mostrándonos en una misma toma un camión de cerveza que circula en una dirección y los miembros de una asociación antialcohólica desfilando en sentido contrario), la cámara se detiene a la entrada de un bar del que salen los jóvenes Tom Powers y Matt Doyle bebiendo de un cubo de cerveza. A partir de esta elocuente presentación, Wellman nos muestra en cuatro breves episodios (y con una agilidad ejemplar) las andanzas del par de rufianes: huyendo después de un hurto en unos grandes almacenes; gastando una pesada broma a la hermana de Matt (por parte de Tom, que se erige desde el primer momento como el dominador de la pareja); recibiendo el consiguiente castigo paterno a golpes de correa (castigo que Tom soporta sin emitir ni un solo grito de dolor); y entrando en un pequeño salón de billares para vender unos relojes robados al mafiosillo Puty Noose (Murray Kinnell).
 
Tras un rótulo que nos marca el salto temporal hasta 1915, vemos a Tom (James Cagney) y Matt (Edward Woods), ya adultos, entrando de nuevo en el mismo bar, el Red Oaks Social Club (en una toma casi idéntica a la de la secuencia de 1909), en dónde Puty Noose, tras obsequiarles con sendos revólveres, les propone participar en el robo a un almacén de pieles. Un golpe que acabará fracasando y en el que, tras matar al policía que les perseguía, Tom y Matt serán abandonados a su suerte por Puty Noose, que les niega cualquier tipo de ayuda.
 
Nuevo salto temporal (1917), para encontrarnos de nuevo a la pareja de rufianes intentando convencer al dueño de un local, Paddy Ryan (Robert O'Connor), para que les compre los cigarros que planean robar, mientras vemos al hermano de Tom, Mike Powers (Donald Cook), despidiéndose de la familia tras alistarse en el ejército para combatir en Europa (un antagonismo, el de los dos hermanos, que condicionará drásticamente el comportamiento de Tom, atormentado en todo momento por no ser “el preferido de los hermanos” ante su madre - Beryl Mercer).
 
1920: víspera de la entrada en vigor de la Ley Seca. Tras las imágenes (de nuevo de aspecto casi documental) de la multitud acaparando todas las botellas posibles antes de la prohibición, vemos a Paddy Ryan proponiendo a Tom y a Matt su entrada en el negocio del contrabando de alcohol, lo que dará lugar a la magnífica secuencia del robo a una fábrica de cerveza: un prodigio de planificación y montaje que Wellman nos ofrece sin ningún refuerzo musical (únicamente sonido ambiente) y con el que obtiene un ritmo y una tensión formidables (fotograma 1).
 
Es interesante insistir en este punto en el valor de denuncia de un mensaje que el cine de gángsters haría suyo en casi todas sus entregas (más allá del obligado y políticamente correcto consistente en augurar el trágico destino de todos los enemigos de la ley): el enorme auge del crimen organizado provocado justamente a partir de la instauración de una ley que dio paso a uno de los mayores períodos de corrupción y terror de la historia de los Estados Unidos (aquí ejemplificado en el caso de la pareja protagonista, a la que hemos visto malviviendo a base de pequeños golpes y que encontrará por fin en el negocio del contrabando de licores su verdadero trampolín para convertirse en criminales profesionales: “Los haré ricos y famosos”, les promete Paddy Ryan mientras reparte las ganancias tras el robo a la fábrica de cerveza). Un mensaje que aquí se refuerza con una nueva y más elocuente vuelta de tuerca, en la escena en la que Paddy Ryan convence a un fabricante de cerveza para que les deje distribuir su producto (el fabricante, ante la prohibición de vender en el mercado legal, obligado a acudir a las mafias organizadas para poder mantener su empresa). “¿Ya tiene a los clientes?”, pregunta angustiado el fabricante, ante lo que Paddy Ryan responde sin pestañear, “Los clientes si no están con nosotros, no existirán. Tom y Matt se encargarán de ello”.
 
A partir de este momento, el filme narra la carrera criminal de la pareja protagonista, en una vertiginosa sucesión de secuencias que Wellman encadena con absoluta maestría: Tom y Matt encargando unos trajes “con suficiente espacio en la cintura” (para poder ocultar en ellos sus revólveres); la escena de la comida familiar, tras el regreso de Mike del frente de guerra, presidida por el enorme barril de cerveza que Tom coloca en la mesa (y que provocará un nuevo enfrentamiento entre los dos hermanos y la marcha definitiva de Tom del hogar); el asesinato de Puty Noose como venganza por abandonarles tras el fallido golpe al almacén de pieles (una secuencia absolutamente magistral que culmina con el plano de Puty al piano, intentando aplacar las iras de Tom que, detrás suyo, saca su revólver para que, después de que la cámara panoramice hasta el rostro horrorizado de Matt, escuchemos los dos disparos y el sonido del cuerpo de Puty desplomándose sobre el teclado); el ataque final de Tom a los miembros de la banda rival, tras el asesinato de su compañero Matt (precedido por el famoso travelling en el que vemos el colérico rostro del protagonista avanzando bajo la lluvia hacia el local de sus rivales – fotograma 2); y, por supuesto, dos momentos que forman parte de la antología del género: Tom estrujando la mitad de un pomelo en el rostro de su amante, Kitty (Mae Clarke), para dar por zanjada su relación (una imagen que consigue plasmar mejor que en ningún otro momento la violencia irracional del protagonista – fotograma 3); y el plano final del cadáver amortajado de Tom desplomándose en la entrada del apartamento, en su trágico y definitivo regreso al hogar familiar (fotograma 4).
 
David Vericat
© cinema esencial (septiembre 2016)
 
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)