Sacrificio

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Sacrificio (1986)
Director:
Andrei Tarkovsky

Título Original: Offret / Año: 1986 / País: Sueca / Productora: Argos / Svenska Filminstitutet / Duración: 145 min. / Formato: Color - 1.66:1
Guión: Andrei Tarkovsky / Fotografía: Sven Nykvist / Música: J.S. Bach
Reparto: Erland Josephson, Susan Fleetwood, Valerie Mairesse, Allan Edwall, Gudrun Gildottir, Sven Wolter
Fecha estreno: 09/05/1986 (Suecia) - 12/05/1986 (Cannes Film Festival)

“Érase una vez, hace mucho tiempo, un anciano monje que vivía en un antiguo monasterio ortodoxo. Se llamaba Pamve. Y plantó un árbol seco en una montaña, como éste de aquí. Luego, le dijo a su discípulo, un monje llamado Kolov, que regara el árbol cada día hasta que reviviese. Así que cada mañana, temprano, llenaba un cubo con agua y partía. Subía la montaña y regaba aquel tronco seco. Y por la noche, en plena oscuridad, regresaba al monasterio. Hizo esto durante tres años, y un buen día subió a la montaña y vio que todo su árbol estaba lleno de flores” 
 
Alexander (Erland Josephson), ex-actor y crítico de teatro, vive prácticamente retirado junto a su mujer, Adelaide (Susan Fleetwood), su hija adolescente, Marta (Filippa Franzén), y su hijo pequeño (Tommy Kjellqvist), en un caserío aislado de la civilización y de una sociedad que percibe como amenazadora y carente de cualquier valor ético (“Tan pronto logramos un  progreso técnico lo ponemos al servicio del mal. Hemos llegado a tal falta de armonía, a tal desequilibrio entre el desarrollo material y el espiritual… Nuestra cultura es una equivocación”). Su nula esperanza con respecto al porvenir de la humanidad le ha sumido en un estado depresivo que su entorno identifica como próximo a la locura, y que se manifiesta en forma de acto rebelde en el hermoso plano secuencia inicial de la película (de más de nueve minutos, el más largo de toda la filmografía de Tarkovsky), en el que vemos al protagonista junto a su hijo plantando un árbol seco con la convicción de que mediante su riego continuado podrá volver a brotar (“Un método, un sistema, es algo muy bueno. ¿Sabes? A veces me planteo que si una persona, cada día, a la misma hora, hiciera la misma cosa, como un ritual, inmutable, sistemático, el mundo cambiaría” – fotograma 1).
 
Resulta imposible no reconocer en la actitud de Alexander la pesimista visión de la sociedad contemporánea que tenía Tarkovsky (enfermo de cáncer durante el rodaje y que moriría poco después del estreno de la película): “Me planteo la única cuestión que me parece importante en sus principios: la pregunta por la responsabilidad personal del hombre. La pregunta por su capacidad de sacrificio interior, sin la que cualquier pregunta por lo espiritual resulta superflua”, escribe el director en su célebre libro Esculpir en el tiempo. Y concluye, poco después: “El hombre moderno no quiere sacrificarse, a pesar de que la verdadera individualidad sólo se alcanza por medio del sacrificio”.
 
Esta idea del sacrificio como vehículo para el desarrollo espiritual del ser humano va a ser llevada hasta las últimas consecuencias por Alexander, y así, tras sufrir un colapso que le transporta a un escenario apocalíptico provocado por una imaginaria contienda nuclear, y una vez recobrado el conocimiento y de vuelta a la normalidad, el protagonista cumplirá con la promesa realizada en pleno delirio a cambio de la salvación de su familia (“Sálvanos en este momento terrible… Porque esta guerra es la definitiva, una guerra abominable. Te daré todo lo que poseo. Abandonaré a mi familia a la que amo, destruiré mi casa…”). Para Tarkovsky (para Alexander), la frontera entre lo real y lo inmaterial se diluye; el mundo de lo espiritual trasciende en el mundo de lo tangible y, por consiguiente, aquello que sucede en el plano subjetivo debe repercutir en el plano de la realidad objetiva: la promesa de sacrificio que Alexander realiza en su alucinado periplo deberá ser cumplida una vez a salvo de la catástrofe.
 
Apoyado en el asombroso trabajo del director de fotografía, Sven Nykvist, Tarkovsky plasma con maestría los dos universos, el real y el espiritual, con el recurso de una extraordinaria paleta cromática en la que los tonos terrosos se adueñan del escenario durante el delirio de Alexander hasta recrear un nuevo espacio dominado por una infinita gama de grises. Igualmente importante es el sugerente uso del de los elementos sonoros (el intenso canto de las golondrinas, la lejana sirena de un buque, el misterioso canto de una voz femenina, …) y la aparición de algunas de las imágenes ya icónicas en la filmografía del director: los travellings en picado sobre un suelo inundado y lleno de objetos destrozados (en las escenas en las que Alexander visualiza la catástrofe nuclear – fotograma 2) o la escena de los cuerpos del protagonista y la criada María (Guðrún Gísladóttir), con quien Alexander debe acostarse, siguiendo las instrucciones del cartero Otto (Allan Edwall) para hacer que todo vuelva a la normalidad, levitando mientras realizan su ritual amoroso (fotograma 3).
 
Consumado el exorcismo, y una vez libre del cataclismo, Alexander aprovecha la ausencia de Adelaide y de Víctor (Sven Wollter), el médico de la familia por quien la esposa del protagonista manifiesta una indisimulada atracción, para llevar a cabo el sacrificio prometido durante su delirio: Tarkovsky culmina la secuencia con otro larguísimo plano secuencia en el que vemos al protagonista contemplando su vivienda devorada por las llamas para, tras una grotesca escena de persecución por parte del resto de personajes, acabar confinado en una ambulancia que le aleja del escenario justo en el instante en que el caserío se desploma por los suelos (fotograma 4).
 
En el principio era el Verbo… ¿Por qué, papá?”. Tumbado al pie del árbol plantado por Alexander, el joven hijo contempla su ramaje (Tarkovsky realiza un travelling ascendente desde la base del tronco hasta las ramas, en un plano, el último de su filmografía, prácticamente idéntico al que abría su primer largometraje, La infancia de Iván), en donde el director parece querer dejar en manos de la fe de cada espectador la posibilidad de vislumbrar finalmente la incipiente forma de un par de hojas brotando de las ramas aparentemente desnudas (fotograma 5).
 
David Vericat
© cinema esencial (junio 2016)
 
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