El gatopardo

El gatopardo
Director:

Título Original: Il gattopardo / Año: 1963 / País: Italia-Francia / Productora: Titanus - Pathé Cinéma - Société Générale de Cinématographie / Duración: 205 min. / Formato: Color - 2.20:1
Guión: Suso Cecchi d'Amico, Pasquale Festa Campanile, Massimo Franciosa, Enrico Medioli, Luchino Visconti (Novela: Giuseppe Tomasi di Lampedusa) / Fotografía: Giuseppe Rotunno / Música: Nino Rota
Reparto: Burt Lancaster, Claudia Cardinale, Alain Delon, Paolo Stoppa, Rina Morelli, Romolo Valli, Terence Hill, Pierre Clémenti, Lucilla Morlacchi, Giuliano Gemma, Ida Galli, Ottavia Piccolo
Fecha estreno: 27/03/1963 (Cinema Barberini, Rome)

Es cierto, esas son mis historias. Historias de grupos familiares que van hacia la ruina
Luchino Visconti
 
Los títulos de crédito de El Gatopardo aparecen sobre los planos exteriores de la residencia del príncipe de Salina, Don Fabrizio (Burt Lancaster), en los que destacan los bustos de estilo clásico semiderruidos que presiden la entrada. En el interior de la residencia, las cortinas de los balcones se mecen como cediendo ante los gritos y disparos que se escuchan del exterior (fotograma 1), mientras la familia reza el rosario aparentemente ajena al sonido de la contienda: las tropas  revolucionarias de Garibaldi han desembarcado en Sicilia.
 
El Gatopardo describe de forma majestuosa el fin de una época, personalizada en el aristócrata Don Fabrizio, que asiste impotente a la irrupción de las nuevas clases sociales burguesas que van a tomar el poder político y económico a partir de la unificación italiana. Esta nueva clase social va ser encarnada en la película por el joven Tancredi (Alain Delon), sobrino de Fabrizio, y personaje en el que el príncipe de Salina va a volcar todas sus aspiraciones, consciente de la inexorabilidad de su propio destino. Tanto es así, que en su primera aparición en la película, Visconti nos muestra el rostro del Tancredi reflejado en el espejo ante el cual se está afeitando Fabrizio (fotograma 2), en un magistral recurso cinematográfico que simboliza el deseo de transferencia del viejo aristócrata hacia su joven sobrino. De hecho, la persona de Tancredi representa para Fabrizio la única posibilidad de hacer perdurar en cierto modo su posición privilegiada, de manera simbólica (mediante la mencionada transferencia), pero también en un sentido más tangible: Tancredi, que se ha unido a las tropas de Garibaldi, rebate el enojo de Fabrizio con un argumento que se va a erigir en la máxima del aristócrata a partir de ese momento: “Si no estuviéramos aquí, esos te endosarían la república. Es preciso que todo cambie, para que todo siga como está”.
 
Tras las espectaculares escenas de los combates de las tropas de Garibaldi a su entrada en Palermo, la película se desarrolla prácticamente de forma íntegra en la pequeña población de Donnafugata, adonde, gracias a un salvoconducto obtenido por mediación de Tancredi, Don Fabrizio se traslada junto con toda su familia a pasar el verano. El de Donnafugata se va a erigir como el último reducto del decreciente poder del príncipe de Salina, un territorio en el que todavía persisten las formas de vasallaje del pueblo hacia la nobleza, aun cuando el anquilosamiento y la agonía de esa nobleza parece ya inevitable, tal como nos muestra Visconti en el magnífico travelling del interior de la iglesia en el que vemos a los miembros de la familia de Salina, a su llegada a Donnafugata, literalmente cubiertos de polvo, cual viejos muebles abandonados (fotograma 3).
 
Esta imagen de decadencia se muestra de manera más cruel todavía en la reacción de Don Fabrizio al tener conocimiento de los sentimientos de su hija Concetta (Lucilla Morlacchi) hacia el joven Tancredi: consciente del declive de su familia, el príncipe no solo no facilita la relación de su hija con Tancredi sino que inmediatamente da su bendición al noviazgo de éste con la bella Angélica (Claudia Cardinale), hija Don Calogero (Paolo Stoppa), el alcalde de Donnafugatta y representante de la nueva clase política que va a ocupar el lugar de la agonizante nobleza. De nuevo, vemos claramente el deseo de transferencia de Don Fabrizio hacia Tancredi, manifestado aquí en su aspiración de lograr el matrimonio de su sobrino con Angélica como única posibilidad de perpetuar su posición de poder (un deseo de transferencia que es también físico, puesto que para el viejo príncipe la única forma de poseer a la bella Angélica es a través del joven Tancredi).
 
Toda la película gira en torno a esta idea de un declive que, a pesar de las desesperadas maniobras del protagonista, aparece cada vez como más inexorable. Así lo vemos en la violenta reacción de Don Fabrizio durante la secuencia de caza con Don Ciccio (Serge Reggiani), cuando este último le señala que el matrimonio del noble Tancredi con la plebeya Angélica supondrá el fin de la familia Salina (“este matrimonio no es el fin de nada sino el comienzo de todo”, le responde enérgico Don Fabrizio), y, de nuevo, en la espléndida escena entre Don Fabrizio y el burócrata Chevally (Leslie French), que acude a Sicilia para proponer al príncipe que ocupe una plaza de senador en el nuevo gobierno. Tras una primera reacción de extrañeza ante la propuesta que pone en evidencia la distancia ideológica entre ambos (“dígame, Chevally, ser senador, ¿en qué consiste? ¿Es un título honorífico?”), Don Fabrizio expresa por primera vez su sensación acerca de los cambios políticos y sociales que asolan la vieja Sicilia: “Soy un representante de la vieja clase, inevitablemente comprometido con el régimen anterior, ligado a él por vínculos de decencia o afecto. Mi desgraciada generación cabalga entre dos mundos, y está incómoda en ambos. Por si fuera poco, carezco de ilusiones”. Unas palabras que adquieren un tono más contundente cuando, ante la insistencia de Chevally, Don Fabrizio sentencia: “Los hombres de Garibaldi vinieron aquí para enseñarnos buenos modales, pero no lo conseguirán, porque somos dioses”.
 
Dioses de un olimpo en ruinas, como los viejos bustos que presiden la entrada de la mansión de la familia Salina. Monarcas de un reino en desintegración, tal como vemos a Don Fabrizio, tras la memorable y larguísima secuencia del baile final (auténtica velada fúnebre en honor a la estirpe del príncipe de Salina), desapareciendo entre las sombras de un viejo callejón, en el magistral plano que cierra la película (fotograma 4).
 
David Vericat
© cinema esencial (noviembre 2013)
 
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VER EN FILMIN
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)
puntuación: 
10

Comentarios

Et falta parlar de l'escena de caça. Estaria bé que a part de la teva puntuació, hi hagués una altre suma de la puntuació de les visites.

Bé, la referència al diàleg entre Don Fabrizio i Don Ciccio és de l'escena de caça. En tot cas, falta parlar de moltes coses en una obra inabastable com aquesta. Sobre el tema de la interactivitat, estic mirant la possibilitat que els usuaris puguin pujar les seves pròpies llistes de cada director. Veurem, amb el temps, si és possible ;-)

Hay una anécdota que no sé si es verídica. En una escena, (hablo de memoria, es más o menos) Lancaster abría una cómoda en la que guardaban la ropa de cama de la familia. Lo hacía en plan nostálgico, los buenos tiempos y demás. La ropa no salía en pantalla, pero Visconti insistió en que fuera de seda natural. Y el argumento que le dio a los productores fue que aunque no saliera en pantalla se reflejaría en los ojos de Lancaster.

Magnífica anécdota, y más que plausible, en Visconti. Gracias por la referencia!

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