El increíble hombre menguante

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El increíble hombre menguante
Director:
Jack Arnold

Título Original: The Incredible Shrinking Man / Año: 1957 / País: USA / Productora: Universal Pictures / Duración: 81 min. / Formato: BN - 1.85:1
Guión: Richard Matheson / Fotografía: Ellis W. Carter / Música: Joseph Gershenson
Reparto: Grant Williams, Randy Stuart, April Kent, Paul Langton, Raymond Bailey, William Schallert, Billy Curtis
Fecha estreno: 22/02/1957 (NY)

“La extraña y casi increíble historia de Robert Scott Carey empezó un día corriente de verano. Conozco esta historia mejor que nadie, porque yo soy Robert Scott Carey”
 
El increíble hombre menguante es el ejemplo perfecto de cómo se pueden abordar algunos de los grandes temas de la existencia humana desde los modestos planteamientos de una historia de ciencia ficción narrada con la honestidad y solvencia de un director como Jack Arnold, autor de al menos tres de los grandes títulos del género de la década de los cincuenta (éste que nos ocupa, y las precedentes La mujer y el monstruo y Tarántula, todos ellos exponentes de las producciones de serie B que tantas alegrías aportaron al género). Por supuesto, un elemento decisivo de este logro es la aportación de Richard Matheson, una de las grandes voces de la literatura de ciencia ficción del siglo XX, autor de la novela original y de su adaptación cinematográfica (con, al parecer, algunas desavenencias con Jack Arnold a causa del matiz religioso que el director introdujo en el monólogo final del protagonista).
 
La historia se divide en dos partes claramente diferenciadas: en la primera, asistimos al extraño proceso de empequeñecimiento del protagonista, Scott Carey (Grant Williams), desde la aparición de los primeros síntomas (tras exponerse a una extraña nube tóxica durante una jornada marítima en sus vacaciones junto a su esposa, Louise - Randy Stuart), hasta la evidencia de la dramática e imparable afección que acaban por obligarle a encerrarse en su vivienda para protegerse del acoso del vecindario y de la prensa. La exposición de este proceso es plasmada mediante una efectiva sucesión de episodios de la vida cotidiana que acaban por confirmar los temores del protagonista: una camisa y unos pantalones excesivamente holgados serán la primera señal de alarma y, tras una primera revisión médica que corrobora las nuevas medidas de Scott (fenómeno que el médico atribuye a errores de medición en sus anteriores historiales médicos), llega la primera constatación objetiva del desastre cuando, en el intento de Louise de tranquilizar a Scott, éste le hace notar que no ha necesitado ponerse de puntillas, como siempre había hecho, para poder besarle (fotograma 1). Una espléndida plasmación de cómo la vida de pareja puede verse afectada por la repentina irrupción de un problema médico que se verá reforzada en la metafórica secuencia en la que, después de expresar su inquietud ante Louise por el futuro que les espera, ésta le manifiesta su lealtad asegurándole que seguirá siendo su esposa mientras él siga llevando su anillo de casado… justo en el momento en el que, al ir a arrancar el vehículo, Scott no puede evitar que su alianza resbale de su menguado dedo y caiga al suelo.
 
Arnold filma el dramático fenómeno que afecta al personaje con una habilidad y concisión encomiables, haciendo uso de la elipsis para marcar dramáticos puntos de inflexión en el trastorno físico de Scott: 1) tras someterse a infinidad de pruebas médicas, en la secuencia en la que su hermano Charlie (Paul Langton) intenta convencerle para obtener algún dinero vendiendo la exclusiva de su caso, mediante un plano en el que vemos a Charlie y a Louise hablando frente a lo que parece un sillón vacío (fotograma 2) y en el que, tras el consiguiente contraplano, descubriremos sentado a un minúsculo Scott; y 2) en la secuencia en la que descubrimos a Scott en una estancia acorde con sus proporciones (como si de repente todo hubiera vuelto a la normalidad) hasta que, por el temblor de las paredes a causa de los pasos de Louise, advertimos que el protagonista se encuentra en realidad en el interior de una casa de muñecas que ha convertido en su nuevo hábitat. Entre estos dos episodios, otro momento especialmente brillante: el del encuentro de Scott con la enana Clarice (April Kent), durante su única salida al exterior, en el que se apunta por primera vez la idea de la relatividad del concepto de normalidad (“A veces pienso que es el mundo el que ha cambiado. Que yo soy normal”, admite el protagonista reconfortado por la visión de sí mismo que ve reflejada en los ojos de Clarice).
 
La segunda parte de la película se inicia a partir de la reclusión de Scott en el sótano de la vivienda, al que se precipita huyendo del ataque de su propio gato (lo que provocará que Louise crea que Scott ha muerto devorado por el felino). Nos encontramos aquí ante una magnífica historia de aventuras en la que el protagonista, cual náufrago en una isla misteriosa o explorador de un planeta desconocido, deberá por fin asumir su situación para enfrentarse a un escenario de peligros desconocidos y habitado por monstruosas criaturas (“Tenía que sobrevivir con los recursos que encontrara en mi nuevo universo” – fotograma 3). Apartado definitivamente del mundo normal (y por tanto, sin la imagen de lo que antes eran sus semejantes como referente que delataba su anormalidad), Scott acepta su nueva condición como la única posibilidad de sobrevivir en un territorio en el que una caja de cerillas se convertirá en su guarida, el goteo de un calentador en su fuente de agua, y un pedazo de pastel en su aprovisionamiento alimenticio, pero en el que deberá enfrentarse a peligros en forma de amenazantes ratoneras, abismos y precipicios infranqueables, o monstruosas arañas en los que parecen tomar cuerpo los atávicos temores de toda la existencia humana (“MI enemigo parecía inmortal. Más que una araña eran todos los miedos desconocidos del mundo. Todos ellos fusionados en un espantoso horror negro”).
 
Y así, tras el mortal combate entre Scott y el monstruo (fotograma 4), derrotados por fin los miedos que anidan en lo más profundo de la humanidad, el protagonista contempla el firmamento estrellado y comprende finalmente que “lo infinitésimo y lo infinito son los dos extremos de un mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente vasto acaban encontrándose, como si un gran círculo se cerrase.”
 
Y, como si al nacimiento de un nuevo superhombre asistiéramos, seguimos escuchando las palabras de Scott, enfrentado al universo: “Y sentí mi cuerpo menguando, fundiéndose, convirtiéndose en nada. Mis miedos se desvanecieron y en su lugar llegó la aceptación. Toda esta vasta gloria de la creación tenía que significar algo. Y yo significaba algo también. Sí, más pequeño que lo ínfimo también significaba algo. Para Dios no existe la nada ¡Aun existo!” (fotograma 5).
 
David Vericat
© cinema esencial (julio 2016)
 
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)