La regla del juego

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La regla del juego
Director:
Jean Renoir

Título Original: La règle du jeu / Año: 1939 /  País: Francia / Productora: Nouvelle Edition Française (N.E.F.) / Duración: 113 min. / Formato: B/N - 1.37:1
Guión: Jean Renoir, Carl Koch, Camille François / Fotografía: Jean Bachelet / Música: Roger Désormières & Varios: W.A. Mozart, Johan Strauss, Saint-Saëns
Reparto:  Marcel Dalio, Nora Gregor, Jean Renoir, Roland Toutain, Mila Parély, Paulette Dubost, Julien Carette, Gaston Modot, Pierre Magnier, Eddie Debray
Fecha estreno: 07/07/1939 (París)

 “Mi tema principal era una de las grandes metas hacia las que tiendo desde que hago películas, a saber, la reunión de los hombres
Jean Renoir
 
Al principio de La regla del juego (1939), un cartel nos advierte: “Esta comedia, cuya acción se sitúa en vísperas de la guerra de 1939, no pretende ser un estudio de costumbres. Los personajes son puramente imaginarios”, y seguidamente Renoir incluye el siguiente fragmento de Las bodas de Fígaro: “Corazones sensibles, corazones fieles, que censuráis el amor ligero. Dejad vuestras quejas crueles. ¿Acaso es un crimen cambiar? Si el amor posee alas, ¿no son para revolotear?”. Pareciera, según esto, que estamos ante una comedia sentimental sin más pretensiones que las de entretener. Pero entonces, ¿por qué esa alusión a la contienda mundial que estaba a punto de estallar? La respuesta es evidente: bajo las formas de una ligera comedia de enredo, Renoir nos propone un implacable retrato de una sociedad amoral, hipócrita y conformista, preocupada exclusivamente por mantener las apariencias y su estatus en la convulsa Europa de preguerra.
 
Las primeras secuencias de la película dejan ya en evidencia la actitud moral de sus principales protagonistas: André Jurieux (Roland Toutain), justo después de aterrizar en su avión tras un heroico vuelo transoceánico, y al ser instado a que exprese su alegría ante los micrófonos radiofónicos, manifiesta su profunda tristeza al constatar que su amante Christine (Nora Gregor) no ha acudido a recibirlo. Su buen amigo Octave (Jean Renoir), le advierte sobre la irresponsabilidad de su actitud, cuando todo el mundo esperaba escuchar las eufóricas explicaciones del aviador. Por su parte, Christine, que se está arreglando para salir con su marido, escucha consternada las palabras de André hasta que decide apagar la radio. Después de interrogar a su sirvienta Lisette (Paulette Dubost) sobre sus devaneos amorosos, Christine acude temerosa a la estancia de su marido Robert (Marcel Dalio), al que sorprende escuchando también el lamento de André. Al percibir su presencia, Robert apaga el receptor y, como si nada hubiera sucedido, le muestra a su esposa el funcionamiento de una muñeca mecánica que acaba de adquirir. Las palabras de Christine (“es mejor que la radio”) se adivinan como una petición de paz hacia su marido, a la que Robert responde con una razonada explicación de la actitud de André que libera a su esposa de cualquier asomo de culpa.
 
Teniendo en cuenta el contexto histórico del film, no hay que ser demasiado perspicaz para relacionar la actitud moral de cada personaje (la sinceridad de André, el oportunismo de Octave, la ligereza de Lisette, la hipocresía de Christine y la interesada condescendencia de Robert) con las distintas posturas ideológicas que se empezaban a vislumbrar en una Europa amenazada por el auge del totalitarismo alemán. Y esta radiografía de un momento histórico tan determinante resulta si cabe más fascinante si tenemos en cuenta, por un lado, el tono de aparente ligereza que utiliza Renoir, y por el otro, la contemporaneidad de la obra con los acontecimientos que describe (lo que sitúa a su director como una de las más lúcidas voces de su época y lugar).
 
Como la mayor parte de las grandes obras del director, y tal como él mismo explica en la cita que precede a este texto, La regla del juego discurre en gran parte en un único escenario que reúne a todos sus personajes. En este caso, este escenario será la casa de campo de los marqueses de La Chesnaye, a la que acuden todos sus invitados para pasar un fin de semana. Invitados entre los que se encuentran Octave, amigo íntimo de Christine y, por mediación de éste, el propio André, al que el marqués accede a invitar “para guardar las apariencias”, temeroso de que lo contrario pudiera provocar más suspicacias entre el resto de invitados (en un retorcido razonamiento con el que Renoir pone en evidencia lo absurdo de tal comportamiento). Antes, hemos visto como André comete un torpe intento de suicidio en el que casi se lleva consigo a Octave, el cual le reprocha de nuevo su comportamiento desde su posición acomodaticia (“La Chesnaye puede ser un snob, pero es sensato. Tú andas por las nubes. La radio por ejemplo: en lugar de hacer modestamente tu papel de héroe nacional, te pones a hablar de Christine, ¡en público!” - fotograma 1).
 
Una vez en la Colinière, la pluma de Renoir se vuelve si cabe más afilada y el retrato de una sociedad de dudosa conciencia moral (y no precisamente en lo que al sexo se refiere, o, como ya hemos visto, no es éste el aspecto que importa a Renoir) se extiende a todos los personajes que habitan la lujosa estancia, desde los propios marqueses, pasando por todos los invitados, hasta el personal de servicio, al que Renoir deja igualmente en evidencia en su actitud egoísta y aprovechada. Esto es si cabe más evidente con el personaje de Marceau (Julien Carette), el cazador furtivo al que el marqués contrata para formar parte de su servicio (ante el disgusto de Schumacher - Gaston Modot – el guarda de la finca) y que será el desencadenante accidental de los trágicos acontecimientos del final de la película (fotograma 2).
 
Renoir ya tiene todos los ingredientes necesarios, y es aquí donde la película alza ya su majestuoso y definitivo vuelo para observar a vista de pájaro el microcosmos que el director ha reunido. Escenas como la de la jornada de caza, o la representación teatral a cargo de los invitados son momentos culminantes de un film que, tras el mencionado vuelo en clave de comedia alrededor de los pequeños y grandes vicios de una sociedad moralmente enferma, se posa dramáticamente en tierra después del trágico desenlace para retratar, en uno de los más desesperanzados planos finales de la historia del cine, a los personajes de esta historia convertidos en sombras que retornan a su mundo mezquino y conformista (fotograma 3). Un mundo que estaba a punto de sucumbir precisamente bajo las sombras del fascismo.
 
David Vericat
© cinema esencial (noviembre 2013)
 
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.F.)