Milagro en Milán

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Milagro en Milán
Director:
Vittorio De Sica

Título Original: Miracolo a Milano. / Año: 1951 / País: Italia / Productora: Produzioni De Sica / ENIC / Duración: 92 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Cesare Zavattini, Vittorio De Sica, Suso Cecchi D'Amico, Mario Chiari, Adolfo Franci / Fotografía: G. R. Aldo / Música: Alessandro Cicognini
Reparto: Francesco Golisano, Emma Gramatica, Paolo Stoppa, Guglielmo Barnabò, Flora Cambi, Brunella Bovo, Alba Arnova, Anna Carena, Virgilio Riento, Arturo Bragaglia
Fecha estreno: 08/02/1951 (Italia) - 11/04/1951 (Cannes Film Festival)

Viendo la ubicación cronológica de Milagro en Milán en la filmografía de su director, es fácil caer en la tentación de atribuir al décimo largometraje de Vittorio De Sica la búsqueda de un tono más amable en su retrato de las penosa situación de la sociedad de posguerra italiana, como si De Sica, al llevar a la pantalla el guion originalmente escrito por Cesare Zavattini en 1940, hubiera querido darse un pequeño respiro entre la dramática emotividad de Ladrón de bicicletas y la severa austeridad de Umberto D. Dos elementos principales darían cuerpo a esta idea: por un lado, la incursión de numerosos episodios de comedia, especialmente en la primera mitad de la película; y por el otro (cómo no), la milagrosa resolución de la historia, con la liberación final de los miserables a caballo de un ejército de escobas voladoras. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: en primer lugar, el humor, casi siempre de tono hilarante, nunca aparece para suavizar el contenido dramático de la historia sino, justamente al contrario, para enfatizar la situación de extrema miseria de sus protagonistas; y en segundo lugar, el piadoso desenlace del film provoca en el espectador, tras la evanescente euforia inicial que transmiten sus imágenes, un inevitable regusto amargo ante la trágica evidencia de la imposibilidad de que los desposeídos hallen en la tierra (es decir, en la vida real), no ya la felicidad, sino las indispensables condiciones para llevar una vida mínimamente digna.

 

“Había una vez…”. El título inicial nos predispone a la fábula: en un campo de coles, la vieja Lolotta (Emma Gramatica) se encuentra al pequeño Totó, al que adopta y educa según su particular y lúdica visión de la vida. En apenas un par de breves secuencias, De Sica define la ingenua mentalidad que el protagonista heredará de su madre adoptiva (de manera mucho más eficaz, por ejemplo, que la cargante La vida es bella – película de parecida estructura a Mirácolo pero a sus antípodas en cuanto a resultados -, en la que Benigni dedica todo el primer tercio del film a describir la ingeniosa personalidad del protagonista para justificar su posterior desenvoltura en el campo de concentración) y que será determinante para entender su inmaculado comportamiento desde el momento en que abandone el orfanato para enfrentarse a la vida en el exterior (antes, al final del brevísimo episodio con la vieja Lolotta, una primera muestra del corrosivo humor que encontraremos a lo largo de la película, cuando, durante el cortejo fúnebre de la anciana, el único acompañante del joven Totò será un fugitivo que se une durante breves segundos a la comitiva… únicamente para burlar a los agentes que le persiguen).

 

Totò (Francesco Golisano) se presenta por tanto en sociedad como un ser puro, de una bondad incorruptible, que saluda con un amistoso “Buenos días” a todo transeúnte con quien se cruza (fotograma 1) y se muestra incapaz de reprender al pordiosero que le roba a las primeras de cambio la cartera (al que persigue con disimulo para evitar violentarle) hasta el punto de regalársela cuando éste rompe a llorar avergonzado por su delito. Acogido en señal de gratitud por el viejo pordiosero en la miserable cabaña en la que vive, la llegada del joven Totò al campamento de de barracas supondrá un influjo de vitalidad para sus habitantes, que no dudan en ponerse a sus órdenes para mejorar en la medida de lo posible el estado de sus precarias viviendas. Es aquí donde la película nos regala la mayor parte de sus celebrados momentos de dramática comicidad: los habitantes del campamento persiguiendo un rayo de sol que asoma intermitentemente en el poblado para combatir el frío invernal (y disfrutando gozosos los escasos segundos de calor como si de un lujo se tratara: ¡Qué placer, eh!” – fotograma 2); los trabajadores desplazando literalmente una barraca (y a su habitante en el interior) para alinearla con el resto de viviendas de la misma calle; el afortunado ganador de “un pollo de verdad” en la rifa organizada para inaugurar el nuevo poblado, devorando su premio ante la expectación del resto de participantes; el raquítico vendedor de globos al que hay que dar de comer un bocadillo de manera expeditiva para evitar que salga volando por los aires (“¡Come! ¡Come!”); el niño atado a un cordel a modo de timbre humano para alertar de la llegada de visitas (“¡Hay gente!”)… episodios todos ellos que no hacen sino resaltar la miserable existencia de sus protagonistas, como se ha dicho anteriormente, provocando en el espectador una carcajada que en seguida se desencaja ante la evidencia de la dramática situación descrita.

 

La alegría tras la inauguración del nuevo poblado, convertida en auténtico júbilo a raíz de la milagrosa aparición de un enorme yacimiento petrolífero en pleno campamento, se verá rápidamente empañada con la llegada de los inefables hombres de negro (personajes atemporales, desgraciadamente tan reconocibles en nuestros días); magnates sin escrúpulos a los que De Sica retrata con tono caricaturesco mientras pujan sin ningún miramiento por el terreno ocupado por los desclasados (“¿Quién es toda esa gente?”; “Pobres”; “Los echaremos” – fotograma 3). Pero la mordaz mirada de De Sica no se limita a los poderosos, y así, el retrato de los miserables es muchas veces igualmente punzante: piénsese en la altiva familia venida a menos, inventándose atracciones para lucrarse a costa de sus vecinos (la esposa alquilando un espacio para contemplar la puesta de sol, el marido cobrando por una sesión de adulación personal), o en la histérica reacción de todos los habitantes del campamento, pidiendo los objetos más extravagantes (un abrigo de pieles, un enormes sofá, una lámpara de cristal, …)  a la paloma mágica que el espíritu de la vieja Lolotta pone en manos de Totò.

 

Convertido en una suerte de mesías gracias a los poderes mágicos de la paloma, el enfrentamiento de Totó con los magnates deparará un último episodio cómico con el encantamiento de los oficiales del ejército encargados de expulsar a los habitantes del campamento (entonando involuntariamente arias operísticas en lugar de órdenes militares, ante el júbilo de los miserables). Pero la momentánea desaparición de la paloma mágica acabará provocando el desalojo y apresamiento de los insurgentes, antes de su huída final (tras recuperar el protagonista in extremis la paloma de mano de la vieja Lolotta) hacia un reino donde, según reza el esperanzador título final, “buenos días quiera decir verdaderamente buenos días” (fotograma 4).

 

David Vericat
© cinema esencial (marzo 2016)

 

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Comentarios

Me pareció un páramo esta película conociendo algunas de De Sica, como que se hubiera dado el lujo , por necesidad psicológica o espiritual de tener que haber hecho un alto en la huella ante tanta crudeza. Excelente.