Pauline en la playa (Comedias y proverbios, III)

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Pauline en la playa
Director:
Eric Rohmer

Título Original: Pauline à la plage / Año: 1983 /  País: Francia / Productora: Les Films du Losange / Duración: 94 min. / Formato: Color - 1.37:1
Guión: Éric Rohmer / Fotografía: Néstor Almendros / Música: Jean-Louis Valéro
Reparto:  Amanda Langlet, Arielle Dombasle, Pascal Greggory, Féodor Atkine, Simon de la Brosse
Fecha estreno: 18/02/1983 (Berlin International Film Festival)

 “Quien habla demasiado, cava su propia tumba
Chr. de Troyes (citado al principio de Pauline en la playa)
 
La cita de Chrétien de Troyes que abre Pauline en la playa podría aplicarse a muchas de las películas de Eric Rohmer, pobladas siempre por personajes que tienen en la palabra su principal virtud… y alguno de sus defectos. Es el caso de los protagonistas de esta comedia vodevilesca sobre los complejos mecanismos del amor, la seducción y el enamoramiento, los cuales, siguiendo el dictado de sus expectativas sentimentales, no tienen ningún escrúpulo en manipular la realidad para intentar conseguir sus objetivos. Todos, menos la adolescente protagonista, Pauline (Amanda Langlet), en lo que supondrá su repentino enfrentamiento con las complejas y egoístas formas de relación entre los adultos que se mueven a su alrededor.
 
Pauline en la playa se abre y se cierra con un idéntico plano de la verja de entrada al apartamento (fotograma 1) en el cual la protagonista pasará unos días de verano junto a su prima Marion (Arielle Dombasle). Una imagen que sirve para delimitar el espacio en el que se va a desarrollar esta comedia de iniciación por parte de la joven adolescente al complejo mundo de las relaciones afectivas entre adultos. Rohmer utiliza la mirada de la protagonista para desenmascarar los anhelos, la hipocresía y las frustraciones de unos personajes que actúan desde una actitud condicionada por sus experiencias sentimentales pasadas: Marion es una joven naif que acaba de romper un fugaz matrimonio al que se abocó en busca de su idealizada concepción del amor (“No hay amor si no creemos que será eterno”); Pierre (Pascal Greggory), el antiguo novio de Marion, vive atormentado por su incapacidad de asumir que su amor por Marion no sea correspondido; mientras que Henry (Féodor Atkine) es un veterano que ya únicamente busca saciar su apetito sexual con fugaces relaciones desprovistas de cualquier compromiso sentimental (“He amado y me han amado. Ya estoy harto de grandes pasiones”).
 
Frente a estos personajes, la de Pauline se muestra como una mirada todavía incorrupta y, por lo tanto, incapaz de asumir el egoísmo que observa en el mundo de los adultos (“Yo podría criticaros a todos. Henry es un falso, y tú también. No sois sinceros”, le expresa en un momento de la película a Pierre). De hecho (y a pesar de las palabras de la protagonista) si la película pone a alguien en el punto de mira, lo hace especialmente con Marion y Pierre, seguramente los personajes más hipócritas de la historia, los que se mueven por unas expectativas más egoístas. Henry, en su condición de conquistador sexual, es definitivamente mucho más sincero y transparente que aquéllos, tal como le expone desde el primer momento a Marion (“yo no pienso en términos de posesión como tú”), lo cual no será impedimento para que ésta se eche en sus brazos construyendo en su imaginario una nueva fantasía amorosa (fotograma 2).
 
Esta diferenciación entre los tres personajes adultos (Pierre y Marion en un lado y Henry en el otro) queda ya plasmada en la secuencia de la primera cena en casa de Henry, en la que Rohmer nos muestra a Pauline y el propio Henry en el mismo plano, mientras que Pierre y Marion aparecen cada uno en planos aislados (imagen de su concepción egoísta e interesada del amor). No en vano, Marion y Pierre manifiestan durante toda la película su convencimiento de poder doblegar los sentimientos de la persona a la que aman para conseguir ser correspondidos: Marion con respecto a Henry, y Pierre sobre la propia Marion.
 
Esta actitud será la que provocará el principal malentendido que acabará destruyendo el frágil castillo de naipes sobre el que se habían construido las complejas relaciones afectivas de la película: aprovechando una ausencia de Marion y Pauline, Henry seduce a una joven vendedora ambulante y, cuando Marion aparece por sorpresa, éste le hará creer que la vendedora estaba en realidad con el joven amigo de Pauline, Sylvain (Simon de La Brosse), que también se encontraba en el apartamento.
 
Lógicamente, se puede atribuir a Henry la responsabilidad de provocar el malentendido por propio interés (él es quien empuja a la vendedora y Silvain al cuarto de baño para hacer creer a Marion que eran ellos los que estaban juntos), pero hay en su gesto una actitud de espontánea autodefensa que no se encuentra en la posterior reacción de Marion y Pierre, mucho más maquiavélicos en su comportamiento. Así, Pierre, que ha visto desde la calle a la vendedora desnuda en el cuarto de Henry (pero no a Henry; ya hemos dicho que estamos ante una comedia de formato desacomplejadamente vodevilesco), no dudará en acudir primero a Marion para acusar a Henry y, cuando ésta le cuente aliviada su explicación (según la inverosímil versión de Henry que Marion no duda ni un minuto en aceptar como válida: que la vendedora estaba en realidad con Sylvain), en trasladar la farsa a la pobre Pauline (advirtiéndole de la supuesta infidelidad de Sylvain), que será al fin y al cabo la principal damnificada por la egoísta actitud de los adultos.
 
Consecuentemente, una vez desecho el malentendido (Pierre sabrá por boca de la vendedora que estaba con Henry y no con Sylvain, y así se lo aclarará a Pauline), la protagonista elegirá al final de la película pasar la noche en casa de Henry en lugar de dejarse acompañar por el pusilánime Pierre, al que Rohmer muestra de nuevo en un plano aislado frente a Pauline, Henry y Sylvain. Escena que dará paso a uno de los momentos más brillantemente reveladores de la película: a la mañana siguiente, Henry acude a la habitación de Pauline para despertarla y, frente a la imagen de la joven durmiente (depredador en esencia al fin y al cabo) , no puede evitar intentar seducirla con unos besos a los que la protagonista reaccionará propinándole una patada que da con Henry en el suelo (fotograma 3). La reacción desacomplejada de ambos personajes (Pauline observando divertida a Henry y éste excusándose con naturalidad – “Bueno, ¿somos un hombre y una mujer, no?”) los sitúa en un plano de complicidad a años luz de la actitud hipócrita de Marion y Pierre.
 
Una actitud que Pauline asumirá con divertida condescendencia en el la secuencia final de la película, cuando decide aceptar la cándida propuesta de Marion después de verse abandonada por Henry: “Ayer pensé una cosa, pensé que no hay pruebas de lo que pasó con la vendedora. Henry pudo estar con ella y hacerme creer que fue Sylvain. Espero que no fuera así, porque sería horrible. Pero tú no deberías sufrir por algo que puede ser mentira. Repítete que es mentira. Convéncete. Yo seguiré convencida de lo contrario. Y así estaremos contentas las dos”. Pauline piensa un momento y finalmente acepta sonriente: “De acuerdo” (fotograma 4).
 
El automóvil se aleja, dejando en plano la verja de entrada con que se iniciaba la película.
 
David Vericat
© cinema esencial (enero 2014)
 
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VÍDEOS: 
Trailer (V.O.F.)