Siempre hay un mañana

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Director:
Douglas Sirk

Título Original: There's Always Tomorrow / Año: 1955/ País: Estados Unidos / Productora: Universal Pictures / Duración: 84 min. / Formato: B/N - 1.85:1
Guión: Bernard C. Schoenfeld / Fotografía: Russell Metty / Música: Herman Stein & Heinz Roemheld
Reparto: Barbara Stanwyck, Fred MacMurray, Joan Bennett, William Reynolds, Pat Crowley, Gigi Perreau, Jane Darwell, Race Gentry, Myrna Hansen, Judy Nugent, Paul Smith, Helen Kleeb, Jane Howard, Frances Mercer, Sheila Bromley, Dorothy Bruce, Hermine Sterler, Fred Nurney, Hal Smith
Fecha de estreno: 10/07/1955 (GB) - 20/01/1956 (USA)

Que el melodrama puede llegar a ser un género altamente subversivo es algo que Douglas Sirk (junto con el Buñuel mejicano) dejó bien claro a lo largo de toda su obra, al menos en lo que concierne a su etapa americana (desconozco casi todas sus películas alemanas, tarea pendiente), y especialmente durante la década de los cincuenta, cuando el director rodó buena parte de sus mejores títulos, entre los que figura sin duda esta oscurísima crónica sobre el poder alienante del matrimonio (y la familia) como elemento castrador de las ilusiones y anhelos de sus componentes.
 
El inicio del film no puede ser más explícito: “Había una vez, en la soleada California...”, reza el título que aparece justo después de los créditos para dar paso a la imagen de la ciudad bajo un intenso aguacero, en un claro indicio de que nada va a resultar según rezan las convenciones cuando observemos de cerca el feliz universo familiar formado por el matrimonio entre Clifford (Fred MacMurray) y Marion Groves (Joan Bennett). Sorprende también la fotografía en un blanco y negro de contrastados claroscuros (excelente Russell Metty) que nos hace pensar inevitablemente en el film noir de la época, una elección que, a pesar de no ser inicialmente del agrado de Sirk (que pretendía rodar la película en color, como hizo en todos sus melodramas de la época, a excepción de Ángeles sin brillo), desde mi punto de vista no hace sino reforzar el tono lúgubre de la historia.
 
“Una casa hermosa y acogedora. Tal y como deseabas”, le señala Norma Miller (Barbara Stanwyck) después de presentarse por sorpresa ante Clifford tras veinte años sin verse. Y en la lacónica respuesta del protagonista advertimos claramente el desencanto del marido y padre de familia ante la monotonía de su existencia perfectamente organizada. Un orden que contrasta con el bullicio y la acumulación de objetos que observamos en la empresa de juguetes del protagonista, el único escenario en el que consigue escapar del tiránico régimen que reina en el hogar familiar y en donde resurgirán sus sentimientos soterrados hacia Norma, después de que ésta le pida que le muestre su lugar de trabajo y observe admirada sus “creaciones” (en una actitud de complicidad completamente impensable por parte de la esposa, Marion).
 
El encuentro de Clifford y Norma en Palm Valley (en donde el protagonista pretendía pasar un fin de semana con Marion, frustrado en el último momento por un esguince de la pequeña Frankie - Judy Nugent – y la consiguiente negativa de la abnegada madre a abandonar el hogar para poder atender la tragedia) no hará sino intensificar la euforia del protagonista, llegando a manifestar una sensación de regresión que le llevará a reencontrarse con emociones completamente olvidadas durante su matrimonio. “Me siento como un joven en el instituto”, confesará Clifford durante su estancia en Palm Valley, incapaz todavía de identificar sus sentimientos hacia Norma (o más bien negándose a la evidencia), por lo que no dudará en invitarla a su hogar a su regreso en lo que será una velada de auténtica pesadilla, con los miembros de la familia haciendo frente común contra la amenaza que Norma representa para el orden establecido (Sirk planifica la secuencia mostrándonos a Clifford y Norma siempre juntos, como si de la auténtica pareja se tratara, en contraposición a la imagen de Marion, sola, al otro lado de la mesa).
 
“Qué velada tan encantadora”, comenta impasible Marion tras la marcha de Norma, a lo que Clifford estalla: “Ha sido horrible”. Y ante la reacción extrañada de la esposa, el protagonista se lamenta: “Soy como uno de mis juguetes: el robot que anda y habla. Me dan cuerda por la mañana y a trabajar. Y luego a casa a cenar y a dormir”. La respuesta de Marion, personaje completamente alienado e incapaz de la más mínima emoción (¿es muy descabellado pensar en La invasión de los ladrones de cuerpos, el inquietante film de Don Siegel estrenado justamente el mismo año?) no puede ser más lacerante: “Menudo día tengo mañana: recoger la colada, devolver los libros a la biblioteca, llevar a Frankie al dentista...”.
 
Personaje cada vez más prisionero en su propio hogar (elocuente la imagen del protagonista llamando a Marion detrás de los barrotes de la barandilla de la escalera – fotograma 1) hasta llegar a experimentar un sentimiento de auténtica aversión hacia los miembros de su propia familia (demoledor el gesto de levantar las páginas del periódico que está leyendo para evitar tener que ver el retrato familiar que tiene enfrente), Clifford acudirá ante Norma como su única posibilidad de huida, en un desesperado y vano intento por retroceder en el tiempo, tal como vemos en la magnífica imagen de la pareja con la silueta del pequeño robot de juguete en primer término (y avanzando en dirección contraria – fotograma 2), y como sentenciará la propia Norma (a la que previamente hemos visto en otro plano extraordinario, con el rostro bañado por las lágrimas de la lluvia reflejada a través de un gran ventanal – fotograma 3): “No me quieres. Lo que quieres es recobrar tu juventud y ser otra vez libre. Es imposible. Nadie puede”. Tras lo cual, de regreso al hogar, asistiremos a uno de los más devastadores finales de la filmografía de Douglas Sirk (y por extensión, de la historia del melodrama), con un robotizado Clifford avanzando con semblante inexpresivo de la mano de Marion mientras proclama con tono impasible su sumisión: “Va todo bien. Me conoces mejor que yo” (fotograma 4).
 
David Vericat
© cinema esencial (enero 2015)

VÍDEOS: 
Trailer (V.O.I.)

Comentarios

Excelente crítica de una gran película. Me ha gustado que digas que el final, no es tan optimista como nos han querido hacer ver. Soy una gran admiradora de Douglas Sirk y suscribo lo que dijo R.W. Fassbinder sobre, sobre D.S. "Sirk hizo películas,películas con sangre, con lágrimas, con violencia, con odio, películas con muerte y películas con amor. Sirk dijo que las películas no pueden hacerse sobre algo, que sólo pueden hacerse con algo, con personas, con luz, con flores, con espejos, con sangre, con todas esas cosas locas que valen la pena. Además dijo que la iluminación y el enfoque son la filosofía del director. Y Douglas Sirk hizo las películas más tiernas que conozco, películas de alguien que ama a las personas y no las desprecia como nosotros. Una vez, Darryl F. Zanuck le dijo: “La película tiene que gustar, sea en Kansas City o en Singapur”
Imagen de rubi

Espléndida reseña. En efecto, el final es desalentador. No hay salida para la rutina y para huir del hogar establecido. Sirk expone en esta película y más aún en Sólo el cielo lo sabe la tiranía del hogar y especialmente de los hijos, que parecen monstruosos en su egoísmo. Son películas absolutamente subversivas y brillantes.

Muchas gracias, rubi. Coincido totalmente con tu apunte. Un saludo