Anatomía de un asesinato

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Anatomía de un asesinato
Director:
Otto Preminger

Título Original: Anatomy of a Murder / Año: 1959 /  País: Estados Unidos / Productora: Columbia Pictures / Duración: 160 min. Formato: B/N - 1.85:1
Guión: Wendell Mayes (Novela: Robert Traver) / Fotografía: Sam Leavitt / Música: Duke Ellington
Reparto:  James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara, Arthur O'Connell, George C. Scott, Eve Arden, Kathryn Grant, Joseph N. Welch
Fecha estreno: 01/07/1959 (Detroit, Michigan)

Detesto a quienes piensan primero en la cámara, y después en las historias que deben representar. ¿Qué le importa al público cómo se mueve la cámara? El público se fija en los personajes, en lo que dicen, en lo que quieren. No sabe nada de imágenes, de luces, de panorámicas, de travellings, y no verifica siquiera su existencia. Salvo los cinéfilos, naturalmente. Pero yo no hago cine para ellos, y nunca lo haré

Otto Preminger

 

Paul Biegler (James Stewart) regresa a su pequeño apartamento después de una jornada de pesca. Por un modesto cartel a la entrada de su vivienda sabemos que es abogado. Tan sólo una nota de su secretaria le recibe en el interior del apartamento. Paul Biegler vive solo. A los pocos minutos llega el viejo Parnell (Arthur O'Connell), dispuesto a compartir trago y penas con el joven abogado (“La botella estaba abierta, has estado bebiendo solo, Pauly. Esto no me gusta”; “Tira la primera piedra letrado, tú que estás libre de pecado”)

 

Además de una excelente película judicial, Anatomía de un asesinato es una magnífica historia sobre la soledad y la relación de dos viejos amigos cuyas carreras profesionales se encuentran en punto muerto (la de Paul después de ser despedido de la oficina del fiscal; la de Parnell, por culpa de su afición a la bebida) y que verán en el caso del lugarteniente Manion (Ben Gazzara), acusado de asesinar al violador de su esposa Laura (Lee Remick), una posibilidad de salir de su monótona existencia (fotograma 1).

 

Acompañado por la extraordinaria banda sonora de Duke Ellington, Preminger filma esta historia de manera seca y directa, con una excelente fotografía en blanco y negro y formato panorámico que le permite centrarse justamente “en lo que dicen y lo que quieren los personajes” ­(“todo el mundo quiere algo o a alguien”, le argumenta Paul a la hija de la víctima, Mary Pilant - Kathryn Grant - en un momento de la película, “a mí me encanta pescar y quiero a un viejo tipo llamado Parnell”). Para ello, Preminger marca muy claramente dos ritmos casi contrapuestos que se alternarán a lo largo de todo el metraje (en una especie de estructura sincopada muy en consonancia con la banda sonora jazzística del film): mientras que las escenas del juicio estarán presididas por una puesta en escena funcional y de ritmo ágil, las secuencias fuera del juzgado (y principalmente las que acontecen en el apartamento de Paul) tendrán un tempo mucho más pausado, centrándose en la relación entre los dos viejos amigos y, en un segundo término, entre Paul y su secretaria Maida (Eve Arden).

 

Sin embargo, y a pesar de las palabras de Preminger citadas al inicio, si algo caracteriza la película es justamente la ambigüedad de todos sus personajes (“como abogado he aprendido que la gente no es solo buena o mala. La gente es muchas cosas”, le explica en otro momento Paul a Mary Pilant - fotograma 2), no únicamente la del acusado Manion y su esposa Laura, sino también la del propio Paul, el viejo Parnell y el resto de personajes: ¿qué tipo de relación tienen en realidad Frederick y Laura Manion?; ¿cuál era la verdadera personalidad del asesinado Barney y su relación con su hija Mary?; ¿a qué responde la aparentemente autoaceptada soledad de Paul?; ¿qué convirtió a Parnell en un alcohólico? Todas ellas preguntas sin una respuesta clara, del mismo modo que la resolución del proceso judicial contra Frederick Manion, cuyo desenlace, si bien sirve para que el jurado pueda emitir su veredicto, no acaba de esclarecer el caso realmente (¿fue realmente Laura Manion violada?). Igual que en el distinto ritmo de las escenas, encontramos aquí también un claro contraste entre la verdad judicial (concisa y desprovista de matices) y la realidad de los personajes fuera del juzgado (mucho más ambigua y llena de claroscuros).

 

Una ambigüedad que se aprecia claramente en las relaciones del protagonista con los personajes femeninos de la película. De hecho, no parece demasiado descabellado hablar de una cierta misoginia de Paul Biegler, mucho más cómodo en sus relaciones con los de su mismo sexo (con el viejo Parnell, pero también con el juez Weaver - Joseph N. Welch – e incluso con su defendido Manion) que con los personajes femeninos: “Estoy acostumbrada, a que casi todos los hombres quieran seducirme. Desde que era niña. Tú, por ejemplo, te intereso”, le asegura Laura Manion a Paul cuando éste le increpa por su actitud poco edificante; y más adelante, cuando Laura le invita a entrar a su caravana (“¿Quieres pasar Paul? Sabes que puedes si quieres”), Biegler reacciona claramente incómodo ante una situación que no parece dominar en absoluto (fotograma 3).

 

Es evidente, en todo caso, que Preminger utiliza esta ambigüedad para elaborar un cínico retrato de los mecanismos de la justicia: Paul Biegler aparece así como un personaje capaz de utilizar cualquier truco para ganar el caso y hacer que su cliente sea declarado inocente, aun mostrando él mismo serias dudas en este sentido (una situación por otro lado común en gran parte de los procesos judiciales y que sitúa al protagonista a no tanta distancia de su contrincante en el proceso, el asistente del fiscal Claude Dancer - George C. Scott). Así lo vemos en su primera entrevista con Manion, cuando el abogado intenta hacerle entender que necesita alguna “excusa” que le haga aparecer como no culpable ante el jurado: “¿Cuál es su excusa?”, le pregunta Paul a su cliente; “Supongo que me volví loco. ¿Me estoy acercando?”; “Se lo diré cuando haya hablado con su mujer. Mientras tanto, a ver si puede recordar lo loco que se volvió”. En otro momento del juicio, cuando Paul provoca la protesta del fiscal y el juez admite la objeción advirtiendo al jurado que debe hacer caso omiso de las palabras del abogado, Manion le pregunta a su defensor “¿Cómo puede el jurado hacer caso omiso de lo que ya ha oído?”, a lo que éste responde de manera concluyente: “No pueden, teniente. No pueden” (fotograma 4).

 

En definitiva, una visión ciertamente poco edificante del funcionamiento de la justicia que Preminger remata irónicamente con  el plano del viejo cubo repleto de basura que cierra la película, lo único que el protagonista encuentra de su cliente cuando acude en su búsqueda para cobrar sus servicios (fotograma 5). Esto, y una escueta nota de Manion con una cínica alusión a la “excusa” con la que Biegler consiguió precisamente convencer al jurado de su inocencia: “Estimado Sr. Biegler, lo siento he tenido que irme de repente dominado por un impulso irresistible”.

 

David Vericat
© cinema esencial (diciembre 2013)

 

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Trailer (V.O.I.)