La dolce vita

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Director:
Federico Fellini

Título Original: La dolce vita / Año: 1960 / País: Italia / Productora: Pathé / Riama Film / Gray-Film / Duración: 88 min. / Formato: BN - 2.35:1
Guión: Federico Fellini, Tullio Pinelli, Ennio Flaiano, Brunello Rondi / Fotografía: Otello Martelli / Música: NIno Rota
Reparto: Marcello Mastroianni, Anita Ekberg, Anouk Aimée, Yvonne Furneaux, Alain Cuny, Nadia Gray, Annibale Ninchi, Magali Noël, Lex Barker, Jacques Sernas, Adriano Celentano, Ida Galli
Fecha estreno:  03/02/1960 (Roma) - 07/05/1960 (Cannes Film Festival)

Maaaaaceeello…….vieni qui.
 
La herencia del neorrealismo produjo nuevos artistas y referentes culturales en la Europa de los 60: Fellini, Bertolucci, Passolini, Scola, Monicelli y otros tantos que, al echar la vista atrás, provocan la nostalgia de lo que ahora no existe salvo honrosas y contadas excepciones. De la Italia esplendorosa en el mundo del arte hemos pasado a la zafia y bruta representación del vacio berlusconiano, la mujer objeto, el envoltorio publicitario y la mente en blanco para no pensar en nada y que todo nos lo dirijan hacia el caos, algo de lo que, como precedente, Fellini nos habla en La dolce vita ya en 1960.
 
Marcello Rubini (Marcello Mastroianni) no deja de ser un icono del hombre occidental de la segunda mitad del siglo XX, el individualismo y la búsqueda del placer inmediato, por más que ésta solamente provoque desasosiego e insatisfacción personal. Marcello el deseado, el amado, el buscado, el solicitado, el necesario en todas las fiestas y en todos los eventos que no significan nada para el desarrollo de una persona, ansía justo las dos cosas que parece no tener, un trabajo que le guste y le desarrolle intelectualmente y una mujer a la que amar pese a las muchas que le rodean en esta sucesión de escenas de días y noches en las que, en cada una, aparece una mujer, en apariencia siempre deseables, pero quizás no lo suficiente como para alcanzar un compromiso a largo plazo.
 
Convive con Emma (Yvonne Furneaux), el arquetipo de la mujer romana, amante y madre, celosa y posesiva, asfixiante para que Marcello pueda progresar como persona y como artista (fotograma 1), porque a él lo que le frustra es no poder crear de verdad, por eso envidia a Steiner (Alain Cuny), el intelectual comprometido, burgués acomodado, rodeado de la intelligentzia del momento y también de la farándula que acompaña a la cultura reconocida. Porque Marcello empieza pareciendo un personaje frívolo, fiestero, despreocupado, que mientras persigue a un helicóptero que transporta una imagen de Jesús sobre los barrios menos acomodados de Roma, rumbo a un Vaticano que no parece esperar ninguna nueva buena nueva, es capaz de parar sobre una terraza en la que cuatro jóvenes toman el sol e intenta flirtear con ellas acompañado de Papparazzo (Walter Santesso). Y mientras mantiene su relación pseudomatrimonial no dudará en compartir noche y cama con la mujer que más atracción le provoca pero de la que le separa la diferencia de clase, esa Maddalena (fotograma 2 - espectacular presencia de Ainouk Aimée), elegancia suprema y glamour (aunque ella misma no dudará en definirse como “io sonno una putana”), del mismo modo que perseguirá durante una noche que contiene mucho de onírico, a la explosiva Sylvia (Anita Ekberg) por las calles de una Roma espectral para terminar empapándose juntos en la Fontana de Trevi (fotograma 3), cuya consecuencia culminará con una dosis de realidad en forma de puñetazos por parte del marido celoso.
 
Una noche en la que Marcello y Sylvia no conseguirán comunicarse porque hablan dos idiomas distintos, ni tan siquiera puede decirse que ella se fije en el protagonista y será éste el que siga los pasos de aquélla sin rumbo alguno, dejándose llevar en busca de un objetivo que no logra alcanzar. Marcello frecuentará el mundo del lujo y del aburrimiento continuo, lo que le refleja que no todo éxito implica alegría de vivir, pero también los ambientes populares donde el fanatismo y la sugestión son capaces de movilizar a miles de personas en busca de un falso milagro provocado por una familia de vitelloni dispuestos a enriquecerse a costa de la credulidad ajena.
 
Los días y las noches se suceden, según avanzan podemos ver cómo el hastío de Marcello aumenta, es capaz de vejar e insultar a la única mujer que le ama con tal de que ésta se sienta tan herida como para que le abandone, revelar sus deseos de convertirse en novelista y abandonar la prensa sensacionalista justo antes de que su referente intelectual y vital decida suicidarse y matar a sus propios hijos en una misma noche, participar de una fiesta medieval en el castillo de una familia de la alta burguesía donde no encuentra su sitio y sólo puede revivir al encontrar allí a Maddalena, aunque su declaración de amor en la distancia se la lleve el aire y volvamos a asistir a una de las múltiples escenas de incomunicación de Marcello con las mujeres a lo largo de la película.
 
La última y más larga escena de la película, que culmina con otra fiesta en una casa de la playa, nos muestra al Marcello más desesperado, sin rumbo, nada galante con las mujeres, sólo entre multitud de gente, irrespetuoso, enfrentado en los últimos cinco minutos a su propio futuro, vestido de blanco y frente a un enorme pez blanco inidentificable. Dos pares de ojos frente a frente, ambos con escasa vida en su interior: el pez dentro de una enorme red (fotograma 4), Marcello rodeado de su propia red que le asfixia (fotograma 5). Separado por un pequeño brazo de mar, Marcello reconoce a Paola (Valeria Ciangottini), la joven que le atendió en la ostería donde trataba de escribir su imposible novela, la misma joven, un poco mayor, que intenta hablar con él pero la distancia se lo impide, otra vez Marcello, ahora arrodillado, sin posibilidad de entenderse con quien está dispuesto a escucharle (fotograma 6).
 
Todos sabemos que la llamada de la joven es la tabla de salvación para el pobre Marcello; sólo se trata de cruzar el charco, de mojarse como hizo en la fontana de Trevi. La mirada limpia de la adolescente es el único camino de redención que a la frustrante vida del protagonista se le ofrece para cambiar; volver a lo sencillo, a lo inmediato. Hasta su padre se lo había mostrado hacía poco: deslumbrado por las noches de alcohol y mujeres que le enseña su hijo en Roma, está a punto de caer en la tentación, pero en la tesitura de verse envuelto en la vorágine de esa vida de Vía Véneto, éste advierte la inanidad y abandona Roma inmediatamente. Marcello sabe cuál es la verdad y por qué su padre se marcha precipitadamente, sabe que ese vacío en la mirada de su padre es el que le persigue desde hace tiempo (fotograma 7), y sólo la joven de la playa le sabe mirar en la distancia ofreciéndole salvación. No por nada, la primera vez que coinciden Marcello asegura que posee la mirada de un ángel, aunque solo se dedique a lavar platos y servir mesas.
 
Marcello, no me das envidia. Como dicen en la película, “nuestras fiestas son famosas porque parecen funerales”.
 
Miguel Martín
© cinema esencial (abril 2019)
(Reseña original en noshacemosuncineenorion.blogspot.com)
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VÍDEOS: 
Trailer 1
Trailer 2