La noche del cazador

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La noche del cazador
Director:
Charles Laughton

Título Original: The Night of the Hunter / Año: 1955 / País: Francia / Productora: United Artists / Duración: 93 min. / Formato: B/N - 1.37:1
Guión: James Agee (Novela: David Grubb) / Fotografía: Stanley Cortez / Música: Walter Schumann
Reparto: Robert Mitchum, Billy Chapin, Sally Ann Bruce, Shelley Winters, Lillian Gish, Peter Graves, Evely Varden, James Gleason
Fecha estreno: 26/07/1955 (Des Moines, Iowa)

"Desconfiad de los falsos profetas que se cubren con pieles de cordero, pero que en su interior son lobos furiosos. Por sus actos les conoceréis."

 

 

Quizá sea cierto que el único trabajo como director de Charles Laughton, quien prometió no volver a ponerse tras la cámara después de la pésima recepción de la crítica tras el estreno de la película, deje entrever un exceso de “aspiración a genialidad” por parte de su director, tal como apunta José María Latorre en El cine fantástico (Dirigido Por…), como si Laughton se hubiera enfrentado al rodaje de la película “con el mismo espíritu cruel, caprichoso y genialoide del niño que quiere ser el primero de la clase por pura vanidad personal”.  Pero es incuestionable que el extraordinario actor cumplió con creces su propósito, consiguiendo una de las obras más insólitas y originales de la historia del cine clásico norteamericano.

 

Dos son los principales elementos que hacen de La noche del cazados una película extraordinaria: por un lado, el sorprendente tono de cuento infantil que Laughton utiliza (de manera magistral) en la puesta en escena; y por el otro, la excepcional actuación de Robert Mitchum (quien llegó a afirmar que la de Harry Powell fue su interpretación preferida y Laughton el mejor director con el que nunca había trabajado). Si a ello le añadimos el asombroso trabajo de los dos niños protagonistas (cuya dirección, según cuenta la leyenda, Laughton dejó a cargo del propio Mitchum) y de sus dos intérpretes femeninas (Shelley Winters y Lillian Gish), más la espléndida fotografía de Stanley Cortez y la sugerente banda sonora de Walter Schumann, no es de extrañar que nos encontremos ante una obra que sigue fascinando ya sea a cada nueva revisión, o en un primer visionado a los que tienen la fortuna de descubrirla todavía hoy en día.

 

Tras un breve prólogo en el que escuchamos a la anciana Rachel Cooper (Shelley Winters) advertir sobre los “falsos profetas”, el film se inicia con un espectacular plano cenital de un automóvil en el que encontramos a Harry Powell (Robert Mitchum) justificando ante Dios su último crimen: “A veces me pregunto si en verdad me oyes. No te importa que mate, tu libro está lleno de muertes. Pero hay algo que tú odias Señor: los seres perfumados, perezosos, seres con cabellos ondulados”. Corte al interior de un music hall en el que el protagonista presencia con gesto de desprecio la actuación de una bailarina justo en el momento en el que es detenido por el robo del automóvil. Nuevo corte a otro plano cenital de una granja en la que vemos a los pequeños John y Pearl (Billy Chapin y Sally Jane Bruce) jugando en el momento en el que llega su padre, Ben Harper (Peter Graves), huyendo de la policía y con el tiempo justo para esconder el botín de su golpe en la muñeca de la pequeña Pearl, antes de ser detenido.

 

Durante la reunión de los dos convictos en la misma celda (en los pocos días de convivencia antes de que Ben Harper sea ajusticiado), Harry Powell intentará sonsacar a su compañero la información del paradero del botín del robo y, al no conseguirlo, se dirige una vez fuera de prisión a la granja de la viuda Willa Harper (Shelley Winters) con la intención de seducirla para casarse con ella y hacerse con el dinero del golpe.

 

Hay dos breves secuencias que conviene destacar, justo antes de la llegada de Harry Powell a la granja de los Harper: 1) la insólita digresión en la que vemos al verdugo regresar a su hogar tras la ejecución de Ben Harper y, después de observar a sus hijos durmiendo plácidamente, confesar a su mujer, “Mamá, a veces pienso que sería mejor que dejara mi trabajo” (una escena que bien habría podido inspirar a El verdugo, de Jose Luis García Berlanga); y 2) la secuencia inmediatamente posterior, que arranca con la cruel canción del ahorcado (que escuchamos en un primer momento sobre el plano del rostro del verdugo) que el resto de niños le dedican a John y Pearl, y que culmina con la inocente Pearl tarareando la letra de la misma canción antes de ser reprendida por su hermano (secuencia que apunta el que será uno de los grandes temas de la película, que no es otro que el de la crueldad y sadismo que encontramos en el mundo infantil, muchas veces superiores, aun cuando de manera inconsciente – o precisamente a causa de ello -, al del mundo de los adultos).

 

A partir de la llegada de Harry Powell (anunciada por la amenazante silueta de un tren surcando el espacio, en montaje paralelo con la escena en la que la vieja Icey - Evelyn Varden - intenta convencer a la joven viuda de la necesidad de casarse de nuevo) la película se sumerge de lleno en la atmósfera de los cuentos infantiles (con todos los ingredientes de sus versiones más terroríficas). Algo que queda claramente patente desde la primera aparición de Powell, a través de su enorme e inquietante sombra reflejada desde el exterior en la pared del cuarto de los dos hermanos (fotograma 1), justo en el momento en el que John le está contando un cuento a Pearl (evidente plasmación de la figura del hombre del saco de tantos y tantos cuentos infantiles, que se verá reforzada por la canción religiosa que, a partir de este momento, escucharemos entonar al malvado Powell cada vez que aparezca). Las imágenes de Harry Powell como encarnación del mal son numerosas y de una fascinante plasticidad: el plano de la silueta a contraluz de Powell, a punto de descubrir el botín (cuando John está guardando los billetes con los que Pearl juega inocentemente en el porche de la granja); la estilizada secuencia que precede al asesinato de Willma (con una escenografía e iluminación que evoca al cine expresionista alemán y un insólito trabajo gestual de Mitchum que le hace aparecer como un diabólico bailarín – fotograma 2); el grito casi animal del malvado, hundido en la ciénaga, al observar impotente a los dos hermanos huyendo rio abajo en un pequeño bote (de nuevo un momento absolutamente brillante de Mitchum); o, por supuesto, la imagen de la silueta del monstruo cruzando el horizonte al amanecer a lomos de un caballo blanco, ante los ojos atónitos de John Harper (“¿Es que no duerme nunca?”, alcanza a balbucear el joven, en una elocuente expresión de la esencia obstinada e infatigable del mal – fotograma 3).

 

Una tras otro, la película acumula imágenes y momentos de una potencia expresiva abrumadora: la escenificación de la lucha entre el bien y el mal, plasmada en las palabras que Powell lleva tatuadas en los nudillos de sus manos; la travesía de los dos hermanos a lo largo de un río poblado por criaturas tantas veces protagonistas de los cuentos infantiles (sapos, conejos, arañas, tortugas… ); la imagen de la cabellera de Willa Harper mecida por la corriente bajo las aguas del embarcadero (fotograma 4); el duelo musical entre Rachel Cooper y Harry Powell (ella en la mecedora del porche, fusil en mano; él sentado sobre un tronco, a la luz de la luna – fotograma 5)… como si Laughton presintiera que nunca más volvería a ponerse tras una cámara y sintiera la urgencia y necesidad de condensar su talento en la que a la postre sería su personalísima y única gran obra maestra.

 

David Vericat
© cinema esencial (julio 2016)

 

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Comentarios

Estupendo comentario sobre una gran película, no tan conocida/reconocida como debiera. Recuerdo palabras de Frank Zappa sobre críticos de Rock perfectamente apropiadas a este caso: "los críticos son gente que no puede escribir y hacen críticas para gente que no puede leer" (traducc aprox)

Muchas gracias por tu comentario! Un saludo