Y el mundo marcha

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Y el mundo marcha
Director:
King Vidor

Título Original: The crowd / Año: 1928 /  País: Estados Unidos / Productora: Metro-Goldwyn-Mayer / Duración: 104 min. / Formato: B/N - 1.33:1
Guión: King Vidor, V.A. Weaver, Harry Behn / Fotografía: Henry Sharp
Reparto:  James Murray, Eleanor Boardman, Bert Roach, Estelle Clark, Daniel G. Tomlinson, Dell Henderson
Fecha estreno: 18/02/1928 (NY)

"Y el mundo marcha es una de las películas más ‘mías’, teniendo en cuenta tanto el cine mudo como el sonoro. Había partido de la verdad, de la realidad, consiguiendo unirlas, armonizándolas. La vida de un hombre cualquiera, con todo lo que hay en estas vidas: el nacimiento, el colegio, la muchacha, el trabajo, el matrimonio, los hijos, la muerte...
King Vidor
 
Si en muchas ocasiones las preferencias de los directores por lo que respecta a sus propias películas arrojan resultados cuando menos curiosos (baste señalar como ejemplo que la película entre las suyas que Ford prefería era El fugitivo), parece evidente que ese no es el caso de Vidor: poca gente discutirá que Y el mundo marcha representa la cima de una filmografía que no escatima precisamente en obras maestras. Ciertamente, nos encontramos ante una obra universal e imperecedera, un clásico al que volver una y otra vez como lo hacemos en literatura con Crimen y Castigo, en música con La Pasión según San Mateo o en pintura con Las Meninas.
 
The Crowd (mucho mejor el título original) es, como explica el director, la historia de la vida de un hombre común, uno más entre la multitud, único e individual pero perfectamente reconocible en sus vicisitudes, anhelos, logros y decepciones. Una vida que vemos llegar al mundo en el arranque de la película y que muy pronto recibe un primer y duro golpe (en la que es la primera gran secuencia de la película): después de ver como un coche ambulancia se detiene frente a su casa, el joven John Sims corre hacia la entrada repleta de curiosos para, ya en solitario, ascender las escaleras que le han de llevar a confirmar la muerte del padre (en un plano magistral que individualiza al protagonista con respecto al grupo de vecinos, inmóvil en la entrada - fotograma 1).
 
Asistimos, a partir de este momento, a la lucha del protagonista por “llegar a ser alguien”, a su anhelo por destacar entre la multitud, para lo cual, piensa, lo único que necesita es “una oportunidad” (no en vano estamos en “la tierra de las oportunidades”). Y así, ya en Nueva York, encontramos a John Sims (James Murray) como uno más entre los muchos oficinistas convencidos de que el mundo les tiene reservado un lugar especial. Uno más entre la multitud, como nos muestra el plano que asciende por un imponente rascacielos para entrar en la inmensa oficina en la que el protagonista trabaja (plano que años más tarde Billy Wilder rememoraría en la magnífica El apartamento - fotograma 2).
 
Vidor muestra de manera magistral la vorágine de la vida en la gran ciudad: oficinas, vestíbulos, autobuses y calles repletas de un gentío que se desplaza a toda velocidad y en todas las direcciones, como respondiendo a un designio superior, mostrando un orden en medio del caos aparente (espléndido el plano en el que las jóvenes empleadas  son recogidas a la salida del trabajo por sus pretendientes con una total armonía de movimientos, engranajes humanos de una máquina perfecta). Designio superior que seguramente es el que hace que John Sims,  al igual que la mayoría, se enamore, se case y prosiga con su rutinaria vida de oficinista esperando, siempre esperando, la llegada de “su oportunidad”.
 
Porque, tal como refleja la película, una cosa son las expectativas que todo individuo tiene sobre su porvenir y otra muy distinta la realidad que nos depara el destino: la tierra e las oportunidades (para algunos) es también la tierra de los desengaños (para muchos), y así, la vida que el protagonista había imaginado es cada vez más distinta a la que vive en realidad. El pequeño pero simpático apartamento en el que convive el joven matrimonio es al cabo de poco tiempo un agujero insoportable en el que nada funciona. Su esposa Mary (Eleanor Boardman), la más bella criatura sobre la tierra durante su luna de miel en las cataratas del Niagara, es ahora una mujer torpe y con escaso atractivo a los ojos de John Sims, incapaz de asumir su propio fracaso… hasta que llega el primer hijo, y con éste, un nuevo propósito de felicidad.
 
La película se desarrolla en este constante vaivén en el que pequeños y grandes acontecimientos se alternan con pequeñas y grandes tragedias: al nacimiento del primer hijo (y nuevas expectativas de éxito) le sigue al cabo de unos años la llegada de una hija (y nuevas dificultades económicas) y, poco  después, la gran tragedia con la muerte por accidente de la pequeña, tras unos días de agonía que nos depara una de las secuencias más alucinantes de la película: desquiciado por el ruido exterior que inunda la habitación en la que yace su hija, John Sims sale a la calle para suplicar un poco de silencio a una multitud que prosigue de manera inexorable con su ritmo vertiginoso, ajena a todo sentimiento humano (fotograma 3). Como reza un título en la película, poco después de la muerte de la pequeña, “la multitud ríe contigo siempre…. pero llora contigo solo un día”.
 
Implacable en su demoledora mirada a la masa (temática omnipresente en la filmografía de Vidor y llevada hasta las últimas consecuencias en la controvertida pero magistral The fountainhead), The Crowd se erige a partir (y a pesar) de la tragedia de su protagonista como un firme alegato en favor del individuo (y sus relaciones interpersonales) por encima de la comunidad. Así, tras perder el trabajo, ser repudiado por su esposa y estar al borde del suicidio, John Sims encontrará su última tabla de salvación en el amor y la confianza que su hijo le manifiesta en el momento de máxima desesperación, lo que le llevará a una nueva reconciliación con su esposa y le otorgará nuevas fuerzas para proseguir su lucha en busca de la felicidad.
 
Felicidad que John Sims parece finalmente asumir que sólo puede ser fugaz y momentánea, como la que consigue vislumbrar en un modesto teatro de comedia, junto a su esposa y su hijo, rodeado por una multitud de espectadores que llena el patio de butacas y que ríe ostentosamente junto al protagonista. De nuevo, y a pesar de todo, uno más entre la multitud (fotograma 4).
 
David Vericat
© cinema esencial (noviembre 2013)

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