El circo

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Director:

Título Original: The Circus / Año: 1928 /  País: Estados Unidos / Productora: United Artists / Duración: 72 min. / Formato: B/N - 1.33:1
Guión: Charles Chaplin / Fotografía: Rollie Totheroh / Música: Charles Chaplin
Reparto:  Charles Chaplin, Merna Kennedy, Betty Morrisey, Harry Crocker, Allan García, Henry Bergman, Stanley J. Sanford, George Davis
Fecha estreno: 06/01/1928 (NY)

Toda la vida seré un clown, nada más ni nada menos, lo que me sitúa a mucha más altura que cualquier político
Charles Chaplin
 
Además de reunir algunos de los mejores gags la filmografía de Chaplin, El Circo tiene la particularidad de situar por primera y única vez al protagonista por antonomasia de su cine, el vagabundo, en el escenario natural del payaso: la pista circense. Y lo hace elaborando una lúcida reflexión sobre la esencia cómica de su personaje y, en definitiva, de toda su obra: el vagabundo de las películas de Chaplin es un personaje cómico a su pesar, un clown involuntario cuya comicidad surge de sus desdichas, nunca de una autoconsciencia como payaso.
 
Hay una secuencia en la película que resume a la perfección esta idea: citado ante el director del circo (Al Ernest Garcia) para demostrar sus dotes cómicas en una prueba (“Adelante, ¡sé divertido!” – fotograma 1), el vagabundo ejecuta unos ingenuos pasos en la pista que no consiguen arrancar ni una simple sonrisa del reducido auditorio (y poco más que una emotiva complicidad en el espectador). Ante el fracaso de la prueba, el vagabundo acabará contratado como tramoyista y será justamente después de una segunda aparición espontánea en la pista (en la que provocará también por segunda vez, y a su pesar, el entusiasmo del público) cuando el dueño del circo se dará cuenta de la mina de oro que tiene en sus manos y decidirá explotarla sin advertir de ello al vagabundo (“Es sensacional pero no lo sabe. Sigue tratándolo como tramoyista”, le advierte a uno de sus encargados).
 
Pero si cabe defender El circo como una extraordinaria película (aunque raramente figure en ninguna de las listas de las mejores películas de su director) no es por su reflexión teórica sobre la comicidad del protagonista chapliniano sino, como ya se ha apuntado, por contener alguno de los más memorables gags de la filmografía de su director (lo que no es decir poco), aun cuando para ello el autor recurra a una trama bastante más simple de las que encontramos en sus obras posteriores (no es casual que El Circo sea justamente el último título de la etapa estrictamente muda del autor).
 
El inicio de la película, sencillamente magistral, podría ser por sí solo uno de los mejores cortometrajes de la filmografía de Chaplin: en él asistimos a las peripecias del vagabundo enfrentado a un carterista (que intenta recuperar la cartera que acaba de robar y esconder en el bolsillo del inadvertido protagonista) y perseguido por el sempiterno policía (que le toma por el carterista) hasta su primera irrupción por accidente en la pista circense que provocará el júbilo del público. Estos primeros quince minutos, desde que descubrimos al vagabundo comiéndose a bocados el pastel de un inocente niño en brazos de su despistado padre (en una hilarante presentación del personaje) hasta que asistimos a la persecución en plena pista circense, son un prodigio de ritmo cinematográfico con una sucesión de gags a cual más brillante: el policía entregando al atónito vagabundo la cartera que el ladrón intentaba recuperar e instando al protagonista a comprobar si contiene todo el dinero (“¡cuéntelo!”); el plano del vagabundo corriendo codo a codo con el carterista para escapar de la policía; la brillante escena en la sala de los espejos (claramente precursora de la celebrada escena de La dama de Shangai de Wellesfotograma 2); la imagen del protagonista y el carterista haciéndose pasar por autómatas de feria para escapar de la policía; o la irrupción final del vagabundo en el circo dinamitando el número de magia del atónito “Profesor Bosco” (George Davis), son todos ellos momentos que demuestran el genio de Chaplin en el terreno de la comedia.
 
Posteriormente, y tras la bella escena del desayuno en la que el vagabundo conoce a Merna (Merna Kennedy), la hija del dueño del circo que vive prácticamente esclavizada por su tiránico padre (una secuencia en la que Chaplin es capaz de hacernos entender todo el diálogo entre la pareja sin necesidad de un solo intertítulo), asistimos a la ya mencionada escena de la prueba, de nuevo una reunión de gags memorables en los que se pone en evidencia la esencia cómica del personaje (y también su incorrupta ingenuidad: el vagabundo es el único que se ríe con el triste número cómico que los viejos payasos representan ante él como muestra para realizar la prueba).
 
Incapaz todavía de percibir la vis cómica del vagabundo, el dueño del circo acabará contratándolo como tramoyista hasta el momento en que descubra el diamante en bruto que tiene en su poder, con la segunda irrupción del vagabundo en la pista perseguido por un caballo desbocado y la consiguiente ovación por parte del público.
 
Justo antes, el mejor momento de la película, con el protagonista encerrado por accidente en la jaula de los leones: un prodigio de puesta en escena para elaborar una de las más geniales secuencias cómicas de la historia del cine (fotograma 3). La estructura de los planos, el montaje y el uso del campo-contracampo de esta escena es una muestra del absoluto dominio del lenguaje cinematográfico de Chaplin. Un dominio que tiene la virtud de pasar prácticamente desapercibido al servicio de la comicidad de las imágenes (una de las características comunes en los maestros del cine clásico).
 
Finalmente, y tras un fugaz momento de éxito, durante el cual el protagonista será consciente de su posición como estrella del espectáculo (como gran parte de la filmografía del autor, toda la película se construye a partir de pequeños golpes de fortuna que se esfuman tan rápidamente como se presentan) la irrupción del funámbulo Rex (Harry Crocker) supone un golpe a las ilusiones que el vagabundo se había hecho respecto a la bella trapecista. Y así, desprovisto súbitamente de su innata vis cómica (y después de otra memorable secuencia en la que se ve obligado a substituir al funámbulo en lo alto del cable de equilibrios), el vagabundo comprende que su sitio se encuentra fuera del circo, tal como nos muestra el magnífico plano final de los carruajes partiendo hacia una nueva población mientras el protagonista se aleja en dirección contraria con su caminar inconfundible para alegrar nuestra existencia con sus desventuras (fotograma 4). En palabras de Chaplin: “mi dolor puede ser la razón de la risa de otro, pero mi risa no debe ser nunca la razón del dolor de otro”.
 
David Vericat
© cinema esencial (diciembre 2013)
 
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puntuación: 
10

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