Mala sangre

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Director:
Leos Carax

Título Original: Mauvais sang / Año: 1986 / País: Francia / Productora: Les Films Plain Chant - Soprofilms /  Duración: 119 min. / Formato: Color - 1.66:1
Guión: Leos Carax / Fotografía: Jean-Yves Escoffier / Música: varios
Reparto: Denis Lavant, Michel Piccoli, Juliette Binoche, Julie Delpy, Hans Meyer, Hugo Pratt, Serge Reggiani, Carroll Brooks
Fecha estreno:  26/11/1986 (Francia)

En 1984, con apenas veinticuatro años, Leos Carax irrumpía en la escena cinematográfica francesa con su ópera prima Boy meets girl, poema fantasmagórico en el que su protagonista, Alex, buscaba desesperadamente el amor persiguiendo la evanescente figura de Mireille a través de una eterna noche parisina. Dos años más tarde, otro Alex (o el mismo, al fin y al cabo alter egos ambos de Alex Oscar, nombre real del director del que extrajo en forma de anagrama su nombre artístico) sigue recorriendo un París nocturno a la búsqueda de un amor intangible, que tratará de materializar en la figura de la bella Anna (Juliette Binoche), en quien Alex (Denis Lavant) cree reconocer las facciones de una misteriosa mujer vestida de blanco que poco antes el protagonista había perseguido por las calles desiertas hasta desvanecerse en mitad de la noche.
 
Servida esta vez bajo la engañosa apariencia de una historia policiaca (como hiciera un cuarto de siglo atrás Godard en su seminal Al final de la escapada, película a la que el film de Carax hace referencia sin ningún disimulo), Mala Sangre es una nueva entrega en forma de poema visual sobre la búsqueda infructuosa del amor en su concepción más idealizada: después de abandonar a Lise (Julie Delpy), Alex se echa en brazos de Anna, que a su vez está enamorada de Marc (Michel Piccoli), y le reprocha que no le corresponda de la misma manera (“Es absurdo, la vida nos reúne y tú…”), incapaz de asumir la no reciprocidad de sus sentimientos (“La primera vez que una chica se enamoró de mí pensé ‘Ya está, las chicas están enamoradas de mí’. Después lo dejamos, y ya no entendí por qué las que yo amaba no me amaban”).
 
Encerrados en un local comercial abandonado desde el que Marc y su cómplice Hans (Hans Meyer) planean el robo de un antivirus que un laboratorio ha descubierto para combatir una extraña enfermedad que mata “a los que hacen el amor sin sentimiento” (y poder así saldar su deuda con una misteriosa americana - Carroll Brooks - a la que Marc atribuye el asesinato del padre de Álex que presenciamos al inicio de la película), Alex y Anna pasan la noche a la espera de cometer el golpe para el cual el protagonista ha sido resultado por sus habilidades con las manos (Alex se gana la vida haciendo de trilero en el metro). Una larguísima secuencia (más de treinta minutos) que ocupa la parte central de la película (de forma parecida a lo que ocurría con los protagonistas encerrados en la habitación de un hotel en Al final de la escapada) y en la que Carax se sirve de la insólita disposición del espacio escénico (el enorme escaparate del local que nos permite ver desde el exterior todos los movimientos de los personajes y que nos hace pensar claramente en los apartamentos de grandes ventanales que aparecían en Playtime, de Jacques Tati) para hacer aflorar ante el espectador los sentimientos más íntimos de la pareja protagonista. Un espectador que adopta aquí más que nunca la indisimulada actitud de voyeur, identificado aquí con el personaje del mirón (elocuentemente, interpretado por el propio Carax) al que Anna sorprende observando desde la calle a través del escaparate.
 
Será durante esta secuencia nocturna cuando Carax nos brinde algunos de los momentos más memorables de la película: la pelea entre Marc y Álex (sus rostros aplastados contra el escaparate del local – fotograma 1); Álex intentando hacer reír a Anna para consolarla del desdén con que le trata Marc (el plano de sus ojos mirando con asombro los trucos del protagonista – fotograma 2); cruzando la calle con su amada en brazos para llevarla al hotel en el que ésta pretende pasar la noche (y, al regresar, eufórico de amor, volcando un automóvil con la única ayuda de sus manos); los rostros de la pareja en silencio, buscándose y  esquivándose en la oscuridad de la estancia; y, por supuesto, la frenética carrera nocturna de Álex, presa de uno de los ataques a raíz de su extraña dolencia después de su paso por la cárcel (“todas las mañanas hormigón en la tripa”), al son de las notas de Modern Love, de David Bowie, que se escucha en una emisora de radio (fotograma 3).
 
Fiel a su principal referente cinematográfico, Carax  dinamita la narrativa tradicional utilizando sin ningún rubor todos los recursos en su haber: la imagen (descompone, angula, desenfoca, omite); el sonido (utiliza la cita, la voz en off, el silencio); el montaje (fragmenta, repite, altera); al tiempo que propone una paleta cromática en la que destaca el uso casi permanente del color rojo (el rojo de la sangre, de la vida y la muerte, acaso del amor pasional – fotograma 4) que va estar presente prácticamente en todos los planos a través de objetos, prendas de vestir, carteles, mobiliario y otros elementos que puntúan cromáticamente un escenario sumido casi siempre en la oscuridad de la noche. Una presencia, la del color rojo, que va a ser contrarrestada por el blanco del vestido de la misteriosa joven que Álex persigue en la noche (acaso el color del amor intangible - fotograma 5) y, de manera aún más ostensible, por el azul del albornoz que Anna utiliza durante buena parte de la escena que comparte con Álex (acaso el color del amor probable – fotograma 6). Una década más tarde, Kieslowski (quizá no de manera consciente), retomaría esta idea en su célebre trilogía sobre el amor a partir de los ideales revolucionarios de la bandera tricolor francesa.
 
“He vivido mi vida sin ningún orden, como si fuera un borrador. Como una ola que siempre rompe en el océano, que nunca llega a la playa ni a las rocas. Ya es tarde para aprender a vivir, pero pensaba que aun tenía muchos años por delante para poner orden”, se lamenta Álex tras el golpe al laboratorio, herido de muerte por los sicarios de la americana después de burlar su intento de hacerse con el antivirus. Pero la muerte de Alex no será en vano: untado el rostro con la sangre del protagonista, en la misma pista de vuelo desde la que aquél debía emprender su huida, Anna echa a correr brazos en alto hasta arrancar finalmente el vuelo en busca de una existencia lejos de la fatídica presencia de Marc (fotograma 7).
 
David Vericat
© cinema esencial (febrero 2017)
 
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