¡Qué verde era mi valle!

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Director:
John Ford

Título Original: How Green Was My Valley / Año: 1941 / País: Estados Unidos / Productora: 20th Century Fox / Duración: 118 min. / Formato: BN - 1.37:1
Guión: Philip Dunne (Novela: Richard Llewellyn) / Fotografía: Arthur Miller / Música: Alfred Newman
Reparto: Walter Pidgeon, Maureen O'Hara, Roddy McDowall, Donald Crisp, John Loder, Anna Lee, Arthur Shields, Barry Fitzgerald, Patric Knowles
Fecha estreno:  28/10/1941 (New York, premiere) / 26/11/1941 (USA)

Si algún rasgo se pude destacar de buena parte de la filmografía de John Ford es su carácter nostálgico respecto a épocas, valores y costumbres que han acabado sucumbiendo ante la llegada de nuevos tiempos, no necesariamente peores (aunque ciertamente sí en muchos aspectos) pero claramente distintos. En el primer tercio de ¡Qué verde era mi valle!, después de asistir por medio de los recuerdos de su joven protagonista, Huw Morgan (Roddy McDowall), a toda una serie de imágenes que nos describen la apacible rutina de la familia de mineros a la que pertenece (los paseos con el padre, Gilwyn Morgan - Donald Crisp – por el valle todavía verde a que hace referencia el título de la película, la salida de la mina y el cobro del salario al final de la jornada, el aseo, la cena, el reparto de la asignación…), la tranquila existencia de la población minera se ve quebrantada por la huelga provocada por la reducción de los salarios debido a la abundancia de mano de obra. “¿Qué significa, Mr. Gruffydd?”, pregunta extrañado el joven Huw al nuevo pastor de la población (Walter Pidgeon) ante la imagen de los trabajadores regresando cabizbajos a sus hogares; “Significa que el valle ha perdido algo que nunca podrá reemplazar”, es la lacónica respuesta del párroco.
 
Igual que en la posterior El hombre que mató a Liberty Valance con respecto a la desaparición del salvaje oeste ante la irrupción de la ley y el orden impuestos por los nuevos tiempos, hay en ¡Qué verde era mi valle! un llanto sereno y resignado por un mundo de viejos valores que debe ceder paso irremisiblemente a una nueva época marcada por las reivindicaciones laborales y sociales frente a la opresión económica y religiosa de principios del pasado siglo. Y si en el western Tom Doniphon (y su antagonista, Liberty Valance) encarnaría ese universo (mistificado por la leyenda) ya agonizante al que se contrapondría la figura del abogado Ransom Stoddard, aquí es el patriarca de los Morgan quien personifica una época (mistificada por la memoria del narrador) ante la que se van a rebelar sus propios hijos y que tomará también forma en la figura de Gruffydd, el joven pastor enfrentado a su vez al intransigente decano de la comunidad (Arthur Shields – un personaje que, como en el caso del binomio Doniphon/Valance, encarna la otra cara de la misma moneda en la que se encuentra el viejo Gilwyn Morgan).
 
Como ya es habitual en su cine, pero aquí de una manera más patente si cabe, Ford tiene la virtud de emocionar tanto al espectador más afín a sus postulados ideológicos como a aquél que pueda encontrarse a las antípodas de los valores entronizados en sus películas. Ciertamente, resulta casi imposible no empatizar con el viejo Gilwyn Morgan (y qué decir del personaje de la madre - Sara Allgood) en muchos de los episodios de la historia, aun cuando su posición nos puede parecer cuando menos discutible, ya sea en su enfrentamiento con la legítima actitud reivindicativa de los hijos de la familia (en su negativa a apoyar la huelga que éstos defienden para combatir la bajada de salarios en la mina y que va a acabar provocando el exilio de todos ellos – momentos que Ford muestra con la misma discreción con la que actúan los protagonistas, como en el caso de la partida de Owen y Gwilym, con un ligero travelling lateral que va del primer plano de la madre escuchando con el rostro compungido el coro dirigido por Ianto - John Loder  - a la imagen de los dos hermanos alejándose en la oscuridad para abandonar el pueblo – fotograma 1), o en su alegato a favor de la respuesta violenta al ataque sufrido por Huw en su primer día de escuela a manos de sus compañeros de clase (lo que dará lugar a la tan hilarante como políticamente incorrecta secuencia en la que los dos granujas, Cyfartha - Barry Fitzgerald – y Dai Bando - Rhys Williams, acuden a darle su merecido al detestable profesor ante los ojos del atónito protagonista y el resto de escolares).
 
Pero es que, más allá de la visión conservadora (que no reaccionaria) que indudablemente se deprende de la película, hay también una evidente posición en contra de cualquier dogmatismo (ideológico o religioso) encarnada en este caso en la figura del pastor Gruffydd. Él será quien aliente a Ianto y al resto de los hermanos Morgan a formar un sindicato para poder defender sus derechos como trabajadores, y quien acabará enfrentándose a los decanos de su propia iglesia cuando sea acusado por su supuesta relación con la bella Angharad (Maureen O'Hara) con un alegato final que es toda una declaración de intenciones a favor de una visión liberadora de la religión: “Muerte. Miedo. Llamas, horror y ropas negras. Celebrad vuestra reunión. Pero sabed que si lo hacéis en nombre de Dios y en la casa de Dios blasfemáis contra él y su palabra”. Previamente, Gruffydd ya ha dado buena muestra de su particular concepción de la religión (alejada de cualquier dogmatismo y mucho más próximo a un ejercicio de crecimiento personal) cuando le advierte a Huw que rezar no significa “hacer aspavientos con sentimentalismos religiosos. Cuando reces, piensa. Convierte tus pensamientos en cosas sólidas. De ese modo tus oraciones tendrán fuerza, y esa fuerza formará parte de ti, de tu cuerpo, tu mente y espíritu”.
 
Hay un sinfín de momentos memorables, todos ellos relatados a través de la melancólica mirada (tamizada por la memoria) del joven protagonista. Algunos entrañables: su primer encuentro con su futura cuñada, Bronwyn (Anna Lee); la velada en la que, después de abandonar el resto de los hermanos la casa familiar (disconformes con la actitud del cabeza de familia con respecto al conflicto con los patronos de la mina), Huw se queda sólo con el padre sentado al otro extremo de la enorme mesa del comedor y carraspea para hacer notar su presencia en señal de fidelidad (fotograma 2); la visita de Gruffydd, cuando Huw está convaleciente por el accidente en el arroyo helado, en la que el pastor le entrega un ejemplar de La isla del tesoro (“casi desearía estar tumbado en tu lugar con tal de leer este libro por primera vez” – fotograma 3); el reencuentro con la madre, también convaleciente por el mismo percance, a la que descubre atónito repentinamente envejecida (“La nieve se quedó en mi pelo”); sus primeros pasos, de la mano de Gruffydd, tras la larga temporada postrado en cama. Otros aciagos, o directamente trágicos: la muerte de Ianto en la mina, cuyo cuerpo vemos aparecer en brazos de su padre en la plataforma elevadora que los saca al exterior (una imagen que nos remite a La Pietà); Gruffydd observando impotente y desde la distancia a Angharad a la salida de la iglesia tras su boda con el heredero del patrón de la mina (fotograma 4); o, por supuesto, la imagen del propio Huw con el cuerpo sin vida del padre en su regazo tras un nuevo accidente en la mina (de nuevo la referencia a la célebre escultura de Miguel Ángel, ahora con los papeles invertidos: si antes era el hijo muerto en brazos del padre, ahora es el padre el que yace en brazos del hijo – fotograma 5). Episodios que Ford glosa (entre otros) al final de la película para cerrar uno de los filmes más bellos y emocionantes de toda su filmografía.
 
David Vericat
© cinema esencial (enero 2018)

VÍDEOS: 
Trailer

Comentarios

Visión nostálgica y un tanto idílica (reforzada por esos fuertes lazos familiares que tanto gustaban a Ford) del duro mundo del trabajo en las minas de carbón. Sería la adecuación a lo que venga, en contraste con la demanda combativa de Zola en «Germinal». Donald Crips siempre en su papel de patriarca indiscutible, jefe de clan, intentando dominar a sus hijos mayores, preocupados por lo que se les viene encima y nunca dispuestos a una actitud servil propia de la vieja sociedad estamental. La novela de Llewellyn es muy extensa, y fue publicada por Edhasa hace unos años en castellano. Transmite el mismo aroma de nostalgia por un mundo perdido que el guion del filme de Ford. Pero ni el carbón era algo limpio, ni por eso el valle podría ser tan verde. La convalecencia de Huw en cama, y su descubrimiento de la lectura, puede inspirarse en la vida del conservador Sir Walter Scott, niño enfermizo fascinado por el pasado legendario de los Highlanders, cuyas aventuras escuchó y leyó en su postración. «¡Qué verde era mi valle!» es ese Ford por antonomasia: el de los viejos valores tradicionales, el del honor familiar que siempre hay que venerar y mantener por encima de todo (véase «El hombre tranquilo»). Valores que el mundo ha perdido y que solo quedan en la memoria de los mayores, tal vez para la irremisible deriva sin rumbo de sociedades extraviadas.

Muchas gracias por tu comentario, Antonio Ángel