Nubes dispersas

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Director:
Mikio Naruse

Título Original: Midaregumo / Año: 1967 / País: Japón / Productora: Toho /  Duración: 108 min. / Formato: Color - 2.35:1
Guión: Nobuo Yamada / Fotografía: Yuzuru Aizawa / Música: Toru Takemitsu
Reparto: Yuzo Kayama, Yôko Tsukasa, Yu Fujiki, Mie Hama, Yumiko Iida, Daisuke Katô, Mitsuko Kusabue, Mitsuko Mori
Fecha estreno:  18/11/1967 (Japón)

En la reseña de Tabú (1931), de Friedrich W. Murnau, me refería a la sensación de toma de conciencia de ciertos creadores (citaba también el caso de Ford, con Siete mujeres) de encontrarse ante su obra póstuma, reflejada en una cadencia especialmente pausada, con “una puesta en escena que parece querer despojarse de todo lo accesorio, a la búsqueda de la imagen esencial”. Un comentario que es plenamente asumible en el caso de Nubes dispersas, testamento fílmico de Mikio Naruse y, desde mi punto de vista, una de sus más grandes obras maestras, por cuanto eleva a su máxima expresión una forma de narrar que Akira Kurosawa (antiguo ayudante de dirección de Naruse) definió como estilo río, y que consiste “en colocar un breve plano tras otro, pero cuando los vemos empalmados en la película dan la impresión de formar una sola toma larga. El flujo es tan majestuoso que los empalmes son invisibles. Este flujo de planos cortos, que a primera vista parece plácido y convencional, luego se revela como un río profundo con una superficie tranquila, que disimula una rápida y turbulenta corriente subterránea”. Este estilo alcanza como ya he dicho su punto culminante aquí, gracias en buena parte al extraordinario uso del formato panorámico, que permite a Naruse reforzar la impresión de encontrarnos ante “una sola toma larga”, sublimando la imagen de ese “río de superficie tranquila y turbulenta corriente subterránea” mencionado por Kurosawa.
 
Pero si formalmente podemos considerar Nubes dispersas como la expresión más perfecta de la puesta en escena de Naruse, lo mismo sucede en el aspecto temático, en donde encontramos uno de las planteamientos esenciales de su cine, el de las barreras insalvables (sociales, morales, éticas) con las que se encuentra una pareja de amantes y que les impedirán consumar su relación: aquí reflejada en la compleja historia de amor entre Yumiko (una extraordinaria Yôko Tsukasa) y Mishima (Yûzô Kayama), el conductor que provoca la muerte del marido de ésta en un fatal accidente de tráfico y que a partir de este momento se va a sentir en deuda con la protagonista (una idea fundamental de la cultura japonesa expresada en el término giri, que implica entre otros significados el sentir que estás en deuda con otra persona). Una historia de amor que se articula casi enteramente a través de la mirada de la protagonista, y que vemos evolucionar (con ese flujo de ritmo pausado que le confiere el estilo de Naruse) desde la mirada de odio de Yumiko a Mishima, cuando éste acude al funeral de su marido para presentar sus disculpas (fotograma 1), hasta la mirada de profundo amor de la misma durante el encuentro final de los dos amantes, antes de su separación definitiva (fotograma 2). En el transcurso del recorrido a lo largo de ese río de emociones, seremos testigos del desprecio, la duda, la curiosidad, la aceptación, el temor, el cariño, la inquietud y el deseo, siempre expresados a través de la mirada de la protagonista en sus sucesivos encuentros con Mishima.
 
Miradas que se ocultan, se buscan, se rehúyen, se roban y se encuentran: también por parte de Mishima, consumido por la culpa (fotograma 3). Buscando primero el perdón y más tarde el amor de Yumiko, aun sin atreverse a reconocerlo. Y también miradas acusadoras y coercitivas por parte de una sociedad de moralidad hipócrita y represora: la del jefe de la agencia de Mishima, reprochándole haber provocado la muerte de un funcionario del gobierno (aun habiendo quedado demostrada la ausencia del culpa del protagonista) y poner en peligro la imagen de la empresa  por llevar en el momento del accidente a un cliente y a una geisha (siguiendo las instrucciones de la propia empresa); la de la hermana de Yumiko, Katsuko (Mitsuko Mori), que regenta el hotel familiar al que se traslada la protagonista después de haber sido eliminada del registro familiar de su marido por parte de sus suegros (perdiendo así su pensión de viudedad), recibiendo a la protagonista a su llegada con actitud fría y distante; la de los compañeros de trabajo de Mishima, comentando sin disimulo el accidente que le costó el traslado; o la de los habitantes de la pequeña población de Aomori (adonde es trasladado Mishima y cercana al hotel de Katsuko, lo que propiciará el reencuentro de los protagonistas), observando fijamente a la pareja mientras espera bajo la lluvia el autobús que los ha de llevar de regreso tras un paseo en barca (fotograma 4).
 
Naruse muestra la evolución de la relación entre Mishima y Yumiko en un lento crescendo, marcando visualmente la aproximación de los dos personajes a base de pequeños detalles de puesta en escena que puntúan de manera casi imperceptible esa transformación: 1) en el gesto de Mishima, durante la secuencia de ruptura con su prometida tras el accidente, abriendo las cortinas y ventanas que previamente ésta había cerrado (fotograma 5 - una magnífica secuencia que nos hace pensar en el mejor Antonioni); un gesto que repite de manera casi idéntica Yumiko desde su habitación del hotel de Katsuko (fotograma 6 - justo después de haber pasado una noche cuidando a Mishima de un ataque de fiebre); 2) en las dos secuencias en las que la pareja se da cita en un café de Aomori, en las que les vemos sentados en la misma mesa en ambas ocasiones pero en posiciones intercambiadas (marcando el cambio de actitud entre uno y otro encuentro); o 3) de manera más evidente, en el bellísimo gesto Yumiko cogiendo la mano de Mishima durante su ataque de fiebre (fotograma 7 - el primer momento de contacto físico de la pareja); un instante que supondrá el verdadero punto de inflexión en el desarrollo de los acontecimientos y que dará lugar a su vez a las que para mí son las dos secuencias más conmovedoras de la película:
 
La primera, durante el trayecto en taxi de la pareja hacia el hotel en el que van a pasar la noche antes de que Mishima sea trasladado de nuevo (después de que Yumiko haya acudido a su encuentro para despedirse): vemos a la pareja en silencio, en el asiento trasero del automóvil, casi sin atreverse a mirarse, hasta que el taxi se detiene frente a un paso a nivel, momento en el que Naruse nos muestra una serie de planos cortos de los rostros de Mishima y de Yumiko, azorados por el estruendo provocado por el paso del convoy ferroviario. Un prodigio de montaje en el que parecen aflorar en apenas unos segundos todos los sentimientos hasta ese momento contenidos.
 
La segunda, durante la cena de despedida de la pareja, después de haber sido incapaces de consumar su relación a causa del imborrable peso de la tragedia que provocó su encuentro, en la emotiva canción popular que Mishima entona como regalo a Yumiko (fotograma 8). Una bellísima escena de amor contenida en la canción que, según Mishima, “hace felices a todas las personas que la escuchan” y que será el preludio a la definitiva separación de los dos amantes.
 
David Vericat
© cinema esencial (febrero 2017)

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